Durante los primeros meses de la Guerra Civil, La Sauceda adquirió un papel clave como refugio. Hasta este enclave llegaron combatientes del bando republicano y, sobre todo, numerosos civiles que huían de la represión franquista procedentes de la campiña de Jerez y de otros puntos de la provincia de Cádiz. Málaga, que aún resistía, se convirtió en destino de escape, y La Sauceda fue una parada estratégica en ese camino.
Su orografía, con caminos angostos y cerrados, dificultaba el avance de un ejército regular, lo que permitió frenar temporalmente a las tropas sublevadas. Sin embargo, esa ventaja natural no fue suficiente para evitar el desenlace.
El asalto y la destrucción del pueblo
El 31 de octubre de 1936 marcó el principio del fin de La Sauceda. Aviones modelo Breguet bombardearon el enclave, y al día siguiente varias columnas del ejército sublevado llevaron a cabo un ataque envolvente. El pueblo fue completamente destruido. De las edificaciones originales apenas quedaron en pie algunos restos, siendo la ermita uno de los elementos más reconocibles entre las ruinas.
Tras la caída del pueblo, se desencadenó una represión brutal. Fusilamientos, torturas y asesinatos marcaron aquellos días. Muy cerca de La Sauceda, el cortijo de El Marrufo fue utilizado como cuartel, convirtiéndose en uno de los escenarios más oscuros de este episodio. En sus alrededores se localizaría posteriormente una de las fosas comunes más grandes de España, con restos de numerosas víctimas civiles.
El historiador Fernando Sígler ha definido lo ocurrido en La Sauceda como un auténtico genocidio, al tratarse de la eliminación sistemática de un núcleo de población completo
El pueblo de Málaga que fue arrasado en la Guerra Civil y hoy es un refugio y paraje de cuento
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