/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/
Marcos quería algo "con fuerza", algo que impusiera.
Cuando salió del estudio con aquel demonio de ojos vacíos ocupándole toda la espalda, se sentía poderoso.
"Es solo tinta, Rosa, no seas antigua", le decía a su mujer mientras ella se santiguaba al ver esa mirada de hollín que parecía seguirla por el pasillo.
Pero la tinta no tardó en cobrar intereses.
Empezó con el frío.
Un frío seco, de cripta, que se instalaba en el dormitorio aunque fuera agosto.
Luego vinieron los susurros.
Rosa juraba que, cuando Marcos dormía, la piel de su espalda siseaba.
Una noche, lo vio.
Bajo la luz tenue de la mesilla, los músculos de Marcos se retorcían, pero no por una pesadilla.
El tatuaje se movía.
Las garras del dibujo se hundían en la carne real, abriendo surcos que supuraban un líquido negro y denso.
Marcos cambió.
Se volvió huraño, violento, con unos ojos que ya no eran los suyos, sino los de la bestia que cargaba.
Una noche, Rosa despertó sintiendo un peso muerto sobre ella.
No era su marido.
Era una sombra con escamas de tinta que se despegaba de la columna de Marcos, materializándose en la oscuridad.
—Solo es un dibujo —balbuceó ella, con el aire escapándose de sus pulmones.
Pero el dibujo sonrió.
Y en esa sonrisa, Rosa comprendió que el tatuador no había usado agujas, sino un puente.
Marcos no llevaba una imagen; era el estuche de algo que llevaba siglos esperando una invitación.
Ahora, en esa casa, ya no vive un matrimonio.
Vive una cosa que se alimenta de los gritos de una mujer que ya no puede huir, porque la puerta que abrieron no tiene cerradura por dentro.
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