# de Valentín Tomé
Imagínese que un hombre acude a un mercado y se encapricha de un caballo, es hermoso y parece fuerte y rápido. El vendedor le pide por él un precio, no es barato, pero decide hacer un esfuerzo y comprarlo. A partir de ese momento, el hombre pondrá en él todo tipo de atenciones, o al menos su suerte no le resultará indiferente, pues querrá poder disfrutarlo el máximo tiempo y en el mejor estado.
Ahora bien, alguien le habla de otro mercado en el que también ofertan caballos, pero en este, los alquilan por el tiempo que se desee. Y lo que es más importante, una vez terminado el tiempo de alquiler, el cliente podrá devolverlo en el estado que desee, incluso muerto, sin tener que asumir ningún gasto extra ni responsabilidad. Al oferente le sobran caballos. Y si así lo desea, al día siguiente el mismo cliente podrá alquilar cualquier otro, el que más le guste. El hombre se frota las manos. Ahora, al cabalgarlo, podrá poner el caballo al límite, incluso reventarlo.
Al primer caballo, en el que su propietario pone todo su interés en su cuidado, se le llama esclavo. Al segundo, el reemplazable, el que puede ser usado durante un tiempo y devuelto al redil en cualquier condición, se le llama trabajador.
Es por ello que defender los derechos del segundo se hace más urgente incluso que los del primero. Pues un trabajador despojado de cualquier derecho es algo de inferior categoría que un esclavo.
¡Feliz uno de Mayo!







