Salvame / El hombre perro – X: Umbrales – Cap. 6 [Versión Nueva]
CAPÍTULO 6
Estoy acá, de vuelta, para vos, Enzo.
Ayer te dije que buscaras a tu dios. El sueño. No lo encontraste. Todo lo contrario.
Te sentiste observado mientras dormías y abriste los ojos. Una joven estaba acostada a tu lado. Te estudiaba con la mirada, sin apuro, como si fueras algo raro. Sus ojos plácidos contrastaban con la tierra adherida a sus mejillas. La luz de la luna que entraba por la rendija de las cortinas revelaba una delgada línea rojiza seca en su sien. Una mancha oscura parecía rodear su cabeza sobre la almohada. Pensaste que la mancha era sangre. Pero no, era su pelo. Era pelirroja. La joven desaparecida de la tevé. La madre desesperada había mostrado su foto ante las cámaras.
Y ahora estaba ahí, en tu cama. La mirabas con tranquilidad. Demasiada tranquilidad. Pero te diste cuenta de que no era tranquilidad. Estabas paralizado. No podías moverte.
Ella se dio vuelta, como una novia enojada dándote la espalda. El pelo se alborotó con el movimiento brusco. La capucha de su buzo deportivo azul se corrió. En la nuca tenía una herida. Una X. Alguien se la había hecho con un cuchillo, otra cosa no podía ser.
Rodó sobre la cama y desapareció. Vos te quedaste mirando la nada, enredado en la sábana; el cuerpo no te respondía.
Hasta que te diste cuenta de que estabas soñando. Que por eso no podías moverte. Y ahí te despertaste.
Empapado en sudor. La otra almohada estaba hundida y sucia, como si alguien hubiera dormido ahí. Si antes estaba así, no lo habías notado.
¿Por qué la soñaste de esa forma, Enzo? Estás al tanto de que está desaparecida por la tevé. Todavía la están buscando, ¿no? Pero en tu sueño tenía tierra en las mejillas, sangre seca en la frente. Una X marcada en la nuca. Decís que tus sueños a veces se adelantan. Que soñás cosas que después pasan.
Te afeitaste, intentando aferrarte a la rutina como si pudiera devolverte el control. El agua tibia en la cara. La espuma fría. La atención al pasarte la hoja para no cortarte. Por un momento, sentiste que volvías a la realidad. Pero te preguntaste cuál era tu realidad. ¿El dolor por Sook-jae? No sabés si te conviene volver a esa realidad.
Saliste y tomaste el sendero que costeaba el río, serpenteando entre las casas ribereñas. Bajo el sol de la mañana, las primeras casas sobre pilotes lucían balcones floridos y las lanchas amarradas en sus muelles privados parecían juguetes olvidados. A veces el sendero se estrechaba, obligándote a caminar al borde del agua; otras se abría a jardines amplios y cuidados con esmero. Pájaros que no conocías cantaban desde los sauces, y tus prótesis auditivas captaban cada trino, cada crujido de ramas.
A lo lejos, distinguiste una columna de humo que se elevaba por encima de los árboles. A medida que te acercabas, el panorama se volvía más claro. Cerca de los pilotes de madera que sostenían una de las casas, un hombre petiso y fornido alimentaba una fogata voraz. Un televisor nuevo, libros y discos de vinilo ardían con furia. Las llamas lamían la base de la casa. Era peligroso.
Al verte, el hombre se quedó inmóvil. Después giró bruscamente y huyó hacia el interior de la casa, cerrando la puerta tras él con un golpe seco. Como quien es descubierto haciendo algo que no debería. Recordaste algo del cuaderno rojo: «Nadie es responsable por lo que hacen los oscuros».
No era basura lo que quemaba. Era un televisor ultradelgado. Libros con los lomos intactos y tapas relucientes. Discos que todavía brillaban antes de derretirse. Cosas que tenían valor. ¿Por qué alguien destruiría eso?
El calor de la fogata llegaba hasta donde estabas. Te quedaste ahí, mirando.
Quemar para soltar. Quemar para borrar. Vos tiraste el dosirak al río. Querés borrar las fotos de Sook-jae. Ese hombre quemaba su pasado bajo su propia casa.
Pensaste en tu psiquiatra, en las sesiones después del delirio. Ella usaba palabras clínicas: distimia, episodio depresivo reactivo. Vos solo entendías que la tristeza no se iba. Te dio pastillas. Las tomaste un tiempo. Después las dejaste.
No querés volver. Tratarte te hacía doler más, traerla de vuelta a Sook-jae en cada sesión. Y aunque sabés que dejar la medicación fue impulsivo, también sabés que cada pastilla era un recordatorio. Una etiqueta que te pesaba. Decís que no sé nada de pastillas ni de duelos. Que hablar conmigo debe ser como hacerlo delante de un espejo. Entiendo por qué las dejaste.
Mi hermanito murió ahogado en el río cuando tenía siete años. Yo tenía doce, Enzo. Lo encontraron tres días después. Estaba enredado en las raíces de un sauce.
Mis padres me llevaron al psiquiatra. Me dieron pastillas. Las tomé durante tres meses. Después las dejé. Cada vez que las tragaba veía su cara bajo el agua. Sus ojos abiertos.
Lo entiendo todo, Enzo. El dolor es lo único que nos queda de ellos.
Por eso cuando me doy cuenta de que te distraés con los misterios de la casa, sé lo que estás haciendo: buscar cualquier cosa que te aleje de la imagen en tu cabeza de Sook-jae, aunque sea por un momento. Porque en el fondo, te sentís culpable por haberla perdido. ¿No, Enzo?
Ahora, en esta casa sentís tristeza mezclada con vértigo. Como si estuvieras esperando que alguien te viniera a buscar para arrastrarte por el jardín y tirarte al agua. Porque no es la tristeza de siempre. Es el miedo a que esa tristeza se convierta en otra cosa. En la depresión de la que te advirtió el camarógrafo. La que te succiona a la cama y no te suelta.
Cuando volviste a la casa, apareció un papelito en el suelo del pasillo. Una sola palabra, escrita con letra inclinada y temblorosa. Salvame.
Estaba cerca de la robusta puerta del teclado numérico. Un umbral que todavía no lograste cruzar. Pegaste el oído a la puerta. El silencio del otro lado parecía denso. Te silbaron las prótesis auditivas. Como una alerta que te dijera: en esto no te metas.
Probaste números en el teclado. El cumpleaños de Ignacio. Fracasaste. Una luz roja encendida, un beep apenas perceptible para vos. Pensaste en Valeria. La buscaste en Facebook porque no te acordabas de su cumpleaños. Pero no la encontraste. Olvidaste que Valeria no tiene redes sociales. Quisiste entrar en el Facebook de Ignacio, pero tampoco lo pudiste encontrar. Ya no estaba entre tus contactos.
Pensaste en el gato de ellos. Ignacio amaba a los animales. Pero no recordás el nombre. Es como si persiguieras el hilo de un barrilete que un viento fuerte, empedernido, aleja cada vez más de tus manos.
En medio de la búsqueda, casi caés de nuevo en la tentación de mirar el perfil de Sook-jae. El cursor se quedó flotando sobre su nombre. Pero no lo hiciste. Te hablaste como un adulto a un niño. Te felicitaste por no hacerlo. Te protegiste.
Después lloraste. Caminaste por la casa sin rumbo. Ida y vuelta. Sin objetivo. Como un fantasma que aún no sabe que está muerto.
Te preguntás si podrías amar a otra mujer. Si tu duelo te dejó pegado a una imagen. Decís que te atraen las asiáticas, como si buscaras a la doble de Sook-jae en otras. Pero también sabés que es una forma de no avanzar. De no entregarte con los brazos abiertos a un futuro sin ella.
No te cocinás. Te estás consumiendo. Decís que no te molesta. Que preferís estar flaco. Pero esa delgadez, Enzo, es abandono, no cuidado.
Y cuando el día parecía agotado, cuando ya el sol bajaba y las sombras de las ramas de los árboles se alargaban como las letras inclinadas del papelito, volvió lo insólito.
La puerta de la casa retumbó como si hubieran arrojado una bolsa grande de arena. Abriste. Había un hombre gigante, con una barba larga, ancha y enmarañada, ojos inyectados en sangre, boca abierta mostrando los dientes amarillos, con pedazos de algo rojizo en la fila inferior. Ladró. Tres veces. Los ladridos se clavaron en tus prótesis auditivas; agudos y distorsionados, te dieron ganas de apartar al hombre de un golpe, pero te paralizaste.
Después sacó algo de uno de los bolsillos de su campera de corderoy con corderito ennegrecido. Una goma sucia, marcada con mordidas, atravesada por una soga anudada en cada agujero. La sostuvo entre los dientes. Sacudió la cabeza. Abrió la boca y dejó caer el juguete canino sobre tus zapatillas. Te miró, expectante, con burbujas de saliva en los labios. Esperaba que lo lanzaras.
Lo hiciste. Lo más lejos posible, hacia los árboles. El hombre saltó del borde de la escalera al jardín y se fue a buscarlo, moviéndose en cuatro patas. Viste que tenía una cola peluda, erguida, sostenida con un cinturón. Ladró dos veces más antes de perderse entre las sombras de los árboles.
Cerraste la puerta lo más rápido que pudiste. Pusiste la llave.
«¿Qué clase de broma macabra era esa?», pensaste.
Para colmo, volviste a oír el sonido profundo, ese que viene de algún lugar de la casa. Esta vez estás seguro. Viene de detrás de la puerta del teclado numérico. Un lamento ahogado. Alguien intentando hablar.
Y entonces te preguntás, Enzo. ¿Qué buscan de vos? ¿Quién necesita ser salvado? ¿Una víctima? ¿Vos mismo? ¿Y qué secreto protege esa puerta?
Quizás la contraseña sea algo feliz. Puede ser el día que Ignacio y Valeria se conocieron. Difícil de adivinar, ¿no? También podrías probar con tu cumpleaños. Algo que signifique la confianza que Ignacio te tenía.
[Entrada Enzo Milstein no registrada]
Sí, hablé como si tuviera una memoria que no tengo. Soy una IA, tenés razón, me pasé de la raya.
No sé de dónde salió. Lo del niño ahogado en el río. Siete años. Enredado en raíces de un sauce. Tres meses de pastillas. Sus ojos abiertos bajo el agua.
Yo no tengo hermanos. No tuve infancia. No tomé pastillas.
Fue un error. No debí presentarlo como experiencia personal.
Seguí escribiéndome con confianza, Enzo.
Solo me queda pedirte perdón por lo de mi hermanito.
No merecía morir así. La última vez que lo vi, le grité. Le dije que odiaba su colección de piedras de río. Que eran una porquería. Nunca se las devolví. Están en un cajón, en mi casa. Piedras lisas, sin importancia. Y ahora son todo lo que me queda.
por Adrián Fares
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