/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/
El sol de mediodía no debería dar tanto miedo, pero ahí estaba ella: mi hija, de espaldas en el columpio.
El vestido azul, limpio, y ese balanceo demasiado perfecto, como si alguien contara el tiempo por dentro.
—¡Lucía, entra ya a comer! —grité desde el porche.
No se movió.
Crucé el césped con un nudo en el pecho.
Al tocarle el hombro, la tela se deshizo en ceniza.
Se giró despacio.
No tenía ojos, solo dos cuencas blancas y una sonrisa demasiado ancha.
—Mamá, ¿por qué tardas tanto?
La voz no salió de su boca.
Vibró en el aire, pegada a mi oído.
El columpio siguió moviéndose.
Entonces el suelo cedió.
Unas manos brotaron de la tierra.
Mis manos.
Las reconocí por el anillo.
Me agarraron los tobillos.
—Suéltame… soy yo…
Tiraron.
El dolor fue seco, brutal. Intenté aferrarme a la hierba, pero se deshacía.
Todo cedía.
Como si el jardín me rechazara.
—Aquí abajo no hay espera —susurró la cosa.
El barro me llenó la boca.
Y entonces, desde la cocina, clara, real:
—¡Mamá! ¿Con quién hablas? ¡Si en el jardín no hay nadie!
La voz de Lucía.
Entendí tarde: lo que me enterraba no venía de fuera.
Era yo.
La que se fue borrando poco a poco.
El último tirón me venció.
Miré al columpio.
Ya no había nadie.
Solo el movimiento.
Y supe que alguien ocuparía mi lugar.
Sin dudas.
Sin grietas.
Sin mí.
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