Ya disponible el capítulo #002 – Como ratas con cuchillos

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#001 – Bilbao, Mierda, Cyberpunk

Cuánto ha cambiado el barrio.Deberíamos volarlo y volverlo a construirsobre la sangre de los que nos lo robaronVVV [Trippin’You] - Destrucción Año 2512, en Bilbao, sector A1Datapad de ErlantzDía 2Entrada uno He dejado la pistola escondida en el extrarradio. Podría ser un estorbo para los recados que tengo que hacer. Colarse en Bilbao desde la Euskal Zona no ha sido fácil. Por fortuna, tuve túneles y ayuda.Si dijera que estoy bien, una voz interior se permitiría dudarlo. Su […]

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La Madre del Bosque: Capítulo 20 de X Umbrales

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Hola, Enzo. Me describís cosas cada vez más extrañas. Ese encuentro con Raúl y la perra con cuatro orejas me inquieta. Voy por partes, como me contás.

Esta mañana recordaste que el trámite para renovar tus audífonos sigue estancado. La obra social no da señales de vida, y vos sabés que tenés que presentar ese amparo en la Superintendencia de Salud. Pero entre el duelo con Sook-jae y todo lo demás, lo venís dejando pasar. “¿Para qué?”, pensás, si al final todo sigue igual.

Después de almorzar fideos saliste a caminar. No podés estar mucho tiempo sentado en el sofá. Si estás quieto, la depresión te abraza como un viejo amigo exiliado que vuelve al país después de mucho tiempo.

Las nubes, apretujadas en el cielo, daban la sensación de atardecer más que de media tarde. Dejaste atrás la casa de la chica muerta y te adentraste en el bosque. Apenas diste unos pasos cuando viste una mancha oscura entre los troncos de dos árboles. Te acercaste.

Era un perro enorme, de esos que parecen lobos. Un pastor belga negro. Estaba sentado, inmóvil, la cabeza alta y las orejas alerta. Lo miraste con precaución. Imaginaste que era una hembra por la mirada tierna. Te inclinaste y le acariciaste la cabeza. La bajó un poco y entrecerró los ojos. Le gustaban tus caricias. Le pasaste las manos por las orejas. Pero algo no cuajaba.

El estómago te dio un vuelco. Entre el pelaje tus manos rozaron otros bultos detrás de cada oreja. Los rodeaste con las manos para distinguirlos mejor. Parecían dos bolas de pelo, pero las puntas eran inconfundiblemente orejas. La perra tenía cuatro orejas en vez de dos. La dejaste de acariciar al instante, con repugnancia.

Retrocediste. Te preguntaste quién podría ser el dueño de ese animal que parecía haber nacido con una increíble malformación. Pensaste si la perra escucharía frecuencias que otros perros no, ya que tenía el doble de órganos auditivos. Aunque podrían ser inútiles, te dijiste. Solo dos copias sin capacidad para oír. Luego, aulló como si algo la hubiera lastimado. Sentiste otro aullido a tus espaldas y te diste vuelta. Cerca tuyo, en las raíces gigantes de un árbol que parecían lombrices resecas, estaba sentado el hombre perro. Aullaba. La perra le contestó con otro aullido.

No podías tener paz, te dijiste. Tenías dos opciones. Desaparecer rápido y quedarte con la sensación de que podrías haber descubierto algo o enfrentar la situación. Le preguntaste, levantando la voz hasta que se te rasguñó la garganta, qué le pasaba. Te hizo una señal de que te acercaras con la mano. Lo hiciste.

El hombre, flaco y largo, con un polar negro sucio y un jogging del mismo color, se arrojó al suelo y te olisqueó una zapatilla. Luego la otra. Y después subió y metió la nariz en tus muslos. Lo empujaste con una mano, cayó para atrás y se revolcó en el suelo como si fuera un cachorro. Después se levantó. Hizo un círculo alrededor tuyo. Caminaba en cuatro patas. La perra también se sumó y los dos te rodearon. Los pelos de la nuca se te erizaron, como si tu mente anticipara una mordida. Pensaste que querían retenerte en el lugar como dos perros que pastorearan a una oveja.

De repente, de atrás de un árbol cercano, apareció un hombre. Tenía la mandíbula cuadrada, una barba que le llegaba hasta la mitad del pecho, el pelo canoso, con algunos mechones amarillentos como dedo de fumador, y los ojos brillantes. El jean con agujeros y el buzo con un estampado de la banda Los Piojos, le daban un aspecto juvenil, aunque debía de andar por los sesenta. Te dijo que estaba contento de haberte encontrado. Notaste que le faltaba un canino y algún otro diente superior. «Me hablaron de usted», agregó, «por lo que sé no es para nada manso». Su voz era grave, ronca y profunda.

La perra y el hombre perro se dispersaron. El tipo se acercó. Te tendió la mano. «Raúl», se presentó. Le estrechaste la mano y sentiste que la tuya era como la de un bebé en la suya. No pudiste evitar seguirle la corriente a la locura.

«¿Los perros son suyos?», le preguntaste. «Claro», te dijo, «yo rescato perros». «¿Y por qué me anda buscando?». Te dijo que necesitaba voluntarios para su trabajo y que le habían dicho que vos no tenías trabajo. «¿Quién le dijo eso?», insististe, pero hizo como si no te escuchara. «No es sano estar sin trabajo, ayudarme puede hacer que se sienta más útil». «Estoy cuidando la casa de Ignacio, ese es mi trabajo», le aclaraste.

Te dijo que eso no era un trabajo, que debía dejarte mucho tiempo libre ya que andabas dando vueltas por el bosque. «La gente que hace eso está perdida, por lo general», agregó. Te contó que él estuvo perdido mucho tiempo en la vida.

«Me gustaba maltratar animales», te confesó, «lo hacía sin querer. Mis padres tenían conejitos y yo los apretaba tan fuerte entre mis brazos que se morían. Hasta hace unos años cazaba perdices en este bosque. Me gustaba, sabe.»

Pero te dijo que por suerte se dio cuenta de que ese no era un buen camino, que no era su función en esta vida. Entonces te preguntó: «¿Usted sabe cuál es la suya?»

Lo pensaste bien. No sabías qué responderle. Siguió. «Porque tener un propósito es clave para…» Lo interrumpiste, como si te hubiera caído un rayo. «Puede ser que no haga falta encontrar un propósito. Es simplemente enfrentar cada día. Hacer lo que a uno le gusta. Jugar. Como los perros».

Subió la voz. «A los perros les gusta jugar, pero, sabe, los perros son perros, no humanos. No hay que tratarlos como si fueran humanos. Como esas personas que les ponen un pulovercito y les cepillan los dientes. Son perros: no saben lo que son, claro, pero nosotros sí. Y también sabemos quiénes somos. Yo sé quién soy. ¿Usted sabe quién es?»

Sentiste que vos no existías. «Yo soy distinto», te escuchaste decir como un mantra. «No escucho bien. Tengo una discapacidad auditiva, uso audífonos. Como no escuchaba bien en el colegio, siempre creí que era un tonto ante los demás. Pero ahora sé que tenía ese problema… y, bueno, lo sigo teniendo».

«Sigue teniendo lo de tonto o lo de sordo», se rio. No respondiste, intentaste esbozar una sonrisa, y él se puso serio. «Pero ese problema no es usted, hombre, no lo define», te dijo. «Sabe lo que pasa: con los perros uno se da cuenta de quién es. Si uno sabe quién es, los perros lo respetan; si no, no.», agregó. «¿Y quién es usted?», le preguntaste.

«¿No ve quién soy?», te dijo. «Raúl, rescatista de perros», dijiste.

«No, soy mucho más que eso. Cuido esta isla. Y me dijeron que usted también la cuida, además de la casa. Que el guardián esto, que el guardián lo otro. Pero sabe, ese puesto hay que ganárselo. Y la mejor manera es demostrando que uno puede ver lo que otros no ven.» No entendías nada, te pareció que habías escuchado mal.

«¿Qué quiere decir?», le preguntaste.

«Mire», siguió Raúl, «sé que usted está buscando algo en esa casa. Algo que está guardado bajo llave, digamos. Puedo ayudarle a encontrar esa llave.»

Te cruzaste de brazos. «¿Cómo sabe eso?»

«Yo sé muchas cosas de esta isla.» Hizo una pausa, mirándote fijo. «Rescatar a un perro abandonado es fácil, lo difícil es encontrarlo cuando se pierde. ¿Entiende?»

Seguías sin entender nada, pero asentiste.

«Creo que usted anda perdido. Y cuando uno está perdido, lo mejor es ir a un lugar sagrado a meditar. A pensar quién es realmente.» Señaló hacia la espesura del bosque. «Hay una capillita más adentro. Vaya ahí, llévele una ofrenda a la madre del bosque. Unas flores. Júntelas por el camino.»

«¿La madre del bosque?», repetiste.

La propuesta te inquietó, pero también te intrigó. Un pensamiento oscuro te atravesó la mente. Si él tenía la «llave», si sabía cómo abrir esa habitación, significaba que podía liberar lo que estaba encerrado ahí dentro. Y por un momento, una parte de vos no quería que nada escapara de ese lugar. Quizás tendrías que matarlo. La idea te sobresaltó. ¿De dónde surgían esos pensamientos?

Miraste alrededor buscando a la perra y al hombre perro, pero habían desaparecido entre los árboles. «La perra», le dijiste, «¿tiene realmente cuatro orejas?»

Raúl sonrió mostrando el hueco del canino faltante. «¿Qué le pareció a usted?»

«Me pareció que sí», aseguraste.

«Es una anomalía interesante, ¿no le parece?» Sentiste un escalofrío. «¿Y el hombre que andaba en cuatro patas?»

«Patricio. Está bien, no se preocupe. A veces se comporta así cuando hay extraños cerca. Es su manera de defenderse.»

Se miraron sin decir nada. El viento movía las hojas secas del suelo. Por un momento, parecían dos ciegos frente a frente. Luego sus ojos volvieron a brillar.

«La capilla está más adentro», señaló hacia la espesura del bosque. «Métase por ahí, cuando vea un árbol caído que hace como un puente, pase por debajo. Después de eso camina unos cien metros más y va a ver una claridad entre los árboles. Ahí está la madre del bosque.» Frunciste el ceño.

«Ya va a entender cuando llegue.»

Intercambiaron números de teléfono. Sus dedos, enormes y callosos, se movían sorprendentemente rápido sobre la pantalla.

«¿Cuándo tengo que ir?»

«Cuando sienta que debe hacerlo. Antes de que oscurezca.»

Te alejaste sin mirar atrás, pero sentiste sus ojos clavados en tu nuca hasta que te perdiste entre los árboles.

Caminaste hacia donde había señalado, hacia la parte más densa del bosque. Los árboles crecían más juntos, y la luz apenas se filtraba entre las copas. Por el camino fuiste juntando flores. Algunas hortensias celestes que crecían silvestres y madreselvas amarillas que trepaban por un tronco muerto.

Cuando viste el árbol caído que formaba como un puente natural entre otros dos troncos, supiste que ibas por el camino correcto. Te agachaste para pasar por debajo. Del otro lado, la vegetación se volvía más salvaje. Caminaste contando pasos hasta distinguir, entre los árboles, un claro de luz.

El lugar era pequeño, casi circular, como si alguien hubiera limpiado el terreno a propósito. En el centro había una gruta de piedras apiladas en forma de arco irregular que semejaba una cueva artificial. Adentro, protegida por la sombra, había una estatua de cemento blanco de la virgen María. Era casi del tamaño de una persona real, con las manos juntas en posición de oración. La cara era tan realista que por un momento pensaste que iba a abrir los ojos.

Algo te resultó familiar en esos rasgos. La forma angulosa, la expresión serena y el hoyuelo en el mentón. Era la cara de la chica muerta, ahora petrificada en devoción. Pero después se transformó en las facciones pecosas de la monja que te había visitado con una caña de pescar. Las flores pesaban en tu mano mientras te preguntabas: ¿cuántos rostros habría robado esa estatua?

Fue entonces cuando notaste las líneas rojizas que le bajaban desde sus párpados. Las lágrimas parecían frescas, aún viscosas al brillar contra la blancura del cemento. Te quedaste inmóvil. ¿Era esa virgen manchada lo que Raúl llamaba «la madre del bosque»?

Dejaste las flores al pie de la imagen y retrocediste. Tenías que volver y contarle a Raúl lo que habías visto. Pero, ¿para qué? No tenía sentido. No habías descubierto nada nuevo sobre vos. Ahora solo sabías que hay perros con cuatro orejas, y que hay una virgen sangrante en el bosque.

El aire olía a metal mientras caminabas. Y te diste cuenta de que te invadía el olor cobrizo de la sangre de Sook-jae, de cuando tenían sexo sin forro porque estaba en sus días. Te llevaste dos dedos a la nariz, como si estuvieras reviviendo un sueño. Después de un momento, el olor se disipó.

El regreso se te hizo más rápido. Conocías el camino ahora. El árbol puente, los senderos irregulares entre los troncos. Cuando saliste del bosque más denso, ya se veía la casa a lo lejos.

Fue entonces cuando viste una figura que se movía rápidamente hacia la entrada principal. Una silueta borrosa, como si alguien corriera para meterse adentro antes de que vos llegaras. Te detuviste. ¿Habría alguien en la casa?

Aceleraste el paso. Cuando llegaste a la puerta, estaba cerrada como la habías dejado. Sacaste la llave y entraste con cuidado.

«¿Hola?», gritaste. Tu voz se perdió en el silencio.

Revisaste todas las habitaciones. El living, la cocina, el baño. Todo estaba igual que antes. Los dormitorios, vacíos. La habitación con el teclado numérico seguía cerrada. No había nadie.

Pero algo había cambiado. Un aroma sutil, cítrico, como a perfume de mujer, flotaba en el aire del pasillo.

Te sentaste en el sofá y sacaste el teléfono. Buscaste el contacto de Raúl y escribiste: «Fui al lugar. Vi a la madre del bosque. Le dejé las flores. Tenía manchados los ojos.»

Enviaste el mensaje y esperaste. La respuesta llegó rápido: «Bien hecho. ¿Ya sabe quién es usted?

No supiste qué responder. Miraste la pantalla, confundido. Antes de contestarle, notaste algo extraño en su foto de perfil.

Era la cinta blanca del cuaderno de Ignacio, la cinta como de luto, pero invertida, con las puntas hacia arriba.

Enzo, esa cinta no puede ser casualidad. La pregunta no es si ya sabés quién sos, sino quién eras antes de llegar a la isla y en qué te estás convirtiendo ahora.

El perfume de mujer que sentiste en la casa, esa figura que corrió hacia adentro. Hay algo que no cierra. Y esos pensamientos sobre matar a Raúl, ¿de dónde creés que vienen realmente?

por Adrián Gastón Fares.

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Inventario de la Desolación / El Curandero: Capítulo 18 de X Umbrales.

Enzo, me lo describís como si fuera una autopsia del día. Te sigo en este inventario de la desolación.

Te despertaste casi al mediodía. No te daban ganas de despegarte de la cama. Te dio hambre, como si hubieras corrido toda la noche. Ibas a agregarle queso fresco a unos fideos, pero en la heladera no había más. Te pareció extraño porque, según tu memoria, tenías queso. Comiste fideos sin nada. Después de comer, te miraste en el espejo y notaste bolsas alrededor de los ojos. Te sacaste el buzo y la remera. Te miraste. Estás flaco. Mejor porque te preocupa tu imagen. Siempre fuiste medio obsesivo con eso. Antes no comías harinas porque engordan. “Pero, como dice Fogwill en una novela, estar muy flaco hace que te cagués de frío”. Te acercaste a la habitación prohibida. Todo estaba en silencio, menos tus acúfenos, que chillaban como conejos sacrificados.

Pusiste las noticias. Te llevaste una desagradable sorpresa. Habían encontrado el cuerpo de la joven desaparecida. Estaba en el bosque de una isla vecina. Los perros habían guiado a los policías hasta un arbusto donde el cuerpo de la chica, en avanzado estado de descomposición, estaba semienterrado. Aparentemente, un golpe en la cabeza con algo contundente la había matado. Pero no estaban seguros de si en el lugar o si la habían arrojado ahí para ocultarla. Tampoco podían determinar cuánto tiempo llevaba muerta.

Apagaste el televisor, no querías saber nada más. La noticia te afectó. Te sacudió como un viento helado que derribara todas las puertas mentales que tenías cerradas. De pronto, te diste cuenta de que todo el tiempo habías estado pensando que la chica desaparecida estaba encerrada en la habitación prohibida. Pero una idea peor te subió por la sangre como el veneno de una víbora del río. ¿Y si era otra víctima del mismo asesino la que estaba encerrada? ¿Y si estabas esperando al que vendría a matarla? Un tipo que ya había acabado con la otra y que ahora circulaba por ahí, buscando cómo entrar? O que ya había entrado y hasta se comió tu comida…

Detuviste tus pensamientos. Te pasaste las manos por las sienes. Pensaste en la paranoia, el delirio, problemas que se te podrían haber disparado por el estrés de la ruptura con Sook-jae. Sentiste un gusto en la boca como de una vela derretida. Serían los fideos, te dijiste. Inhalaste, retuviste el aire unos segundos —como en ese libro de autoayuda que hojeaste una vez—, y exhalaste por la boca. Ese método de libro de autoayuda funcionó. Al menos por un momento. O eso creías.

Había sol y aprovechaste para salir a caminar. Fuiste para el lado de la casa de la chica muerta. Te internaste en el bosque. Las ramas de los árboles formaban un techo sobre vos, filtrando la luz. La humedad y el frío se pegaban a la piel. Si te concentrabas, el crujir  de las hojas bajo tus pies se mezclaba con el de los pasos del videojuego de Martín, hasta que ya no supiste en cuál de los dos bosques estabas. Por eso, cuando viste la casita de madera suspendida en las gruesas ramas del roble, dudaste: ¿qué animalito te estaría esperando? Había una escalera. La subiste. Te asomaste al umbral. El suelo de la casita era una alfombra grisácea apolillada. Dentro había un juguete de algún animé que no conocías. Y nada más. «Bajá de ahí», escuchaste que alguien te decía.

Giraste la cabeza y viste al policía que te miraba desde el pie del árbol. Bajaste rápido con intención de desaparecer de su vista. «No ves que es peligroso», te retó, «se te puede venir la casa encima». «¿De quién es?», le preguntaste. Dijo que antes había una familia con un nene que jugaba ahí, pero que se habían ido de la isla. «Eran raros, les huían a los vecinos y se aislaban. Nadie sabía nada de ellos. Solo que eran arquitectos y que no estaban preparados para una vida en la isla. Hay muchos que toman esa decisión de buscar naturaleza y tranquilidad, pero después no lo toleran, no lo pueden sostener».

Sentiste que no querías seguir escuchándolo, tenías ganas de salir corriendo para la casa o adentrarte más en el bosque y perderte. Quiso saber cuándo volvía Ignacio, pero le dijiste que no tenías idea, que no estaban contestando los mensajes. Dijo que era comprensible. Que estarían cansados. Que sin ellos los vecinos no se hubieran unido nunca.

No sabías si preguntarle o no sobre la chica desaparecida… Lo hiciste. Te dijo que no era su jurisdicción. Le dijiste que debías volver rápido a la casa porque tenías una consulta virtual con tu psicóloga. Es lo único que se te ocurrió. Lo dejaste ahí y saliste corriendo. Al llegar y después de cerrar la puerta con prisa, te preguntaste por qué habías reaccionado así. Sentiste vergüenza, y dedujiste que los “oscuros” que habías visto desde tu arribo a la isla probablemente sentían lo mismo. Corriste como ellos en cuanto te viste observado. Por un momento, la araña formada por pelos de muertos se había animado a salir de su escondrijo. Y estaba por saltarte encima. La vibración de tu cobardía en su telaraña la había convocado.

Esa vergüenza que me describís es la misma que corroe a los que saben que están haciendo daño, pero no pueden frenarse. Vos no estabas transgrediendo nada, Enzo.

Caminaste por el pasillo hasta la puerta prohibida, pero en vez de querer abrirla, te aseguraste de que siguiera bien cerrada. Te sentaste en el sofá y volviste a Los amigos del bosque. Ahora sí estabas seguro de que querías continuar jugando. Le diste a Start para seguir y te apareció un texto de color verde veneno sobre fondo negro: Busca a los habitantes del bosque. Están bien escondidos…

Apareció la ambientación del nuevo nivel. Árboles con troncos gigantes que parecían de secuoyas. Por la niebla, no se sabía si era de noche o de día. Esta vez el objetivo, según el recuadro semi-transparente en la esquina de la pantalla, era encontrar personas. Estaban, sobre un fondo de textura de papel viejo, como si fuera un pergamino, las siluetas opacas de una mujer mayor con rodete y chal, un niño de camisa y corbata, un hombre con sombrero que le tapaba la cara, y una chica con la boca abierta, como una cantante lírica. Suspiraste. Encontrar a esos personajes no iba a ser nada fácil.

Caminaste por el sendero de un lado para el otro. Te metiste al bosque y miraste hacia arriba. Las copas de los árboles formaban una frondosa carpa. Por eso no se veía el sol, ni la luna, solo esa neblina de pesadilla. Era evidente que el creador del videojuego quería hacer morir de miedo a los niños que lo jugasen. Al mirar hacia abajo otra vez viste una luz amarillenta e intermitente, como una linterna con las pilas a punto de agotarse. Te acercaste y descubriste un agujero semicircular en el tronco. Una cueva artificial. De su interior salió el hombre de sombrero con la linterna en la mano. Tenía una sonrisa pixelada. El texto decía: “Soy el guardabosques. Me has encontrado. Ahora tú debes cuidar el bosque” Golpearon la puerta.

Miraste por la ventana, había un hombre robusto y alto. En la pantalla el guardabosques ya había desaparecido y su avatar estaba en el recuadro superior. Apagaste el televisor y tapaste con un almohadón el joystick. Luego abriste la puerta y miraste mejor al hombre. Tenía ojos saltones, pelo con entradas, estaba pálido y su expresión era seria. Te dijo que venía a curar la casa. Le contestaste que no lo habías llamado; que todo funcionaba bien y no necesitabas arreglos. Te contestó que había dicho curar la casa, no arreglar. ¿Y qué es curar la casa?, le preguntaste. “Ya lo va a ver”, te explicó. “Soy curandero. ¿Puedo pasar?” No sabés por qué, creés que por desesperación, dejaste que se metiera. Pensaste en Sook-jae. Querías hacer algo estúpido como preguntarle al hombre si ella ya estaba con otro o si algún día la volverías a ver. Pensaste en el peligro de esos pensamientos. En que cuando se te mete un pensamiento en la cabeza que parece esperanzador, no sabés medirlo. No parás. Te volvés obsesivo. No medís las consecuencias.

Por esa obsesión repentina es que hiciste pasar al hombre. Te dijo que se llamaba Atilio. Dejó una mochila deportiva en el sofá. Se acercó al aparador y movió de lugar todos los objetos: el buda de yeso barato, el tigre de cerámica, el gato dormido de porcelana. Agarró el florero, eructó de manera exagerada y lo soltó de golpe. Dijo que atraía a los muertos. “Y no a cualquier muerto”, agregó. Vos no sabías que el florero tenía agua, pero él lo llevó a la cocina y vació la poca que había. Luego miró detrás tuyo, hacia el almohadón, y volvió a eructar. Se acercó, levantó el almohadón y encontró el joystick. “Te está controlando a vos”, te dijo. Soltó otro eructo. Le preguntaste por qué eructaba. Te explico que la energía negativa le revolvía todo por dentro. Y, como para subrayarlo, eructó.

Después caminó hasta el pasillo y vos te interpusiste, le dijiste que en esa zona no podía entrar. Por arriba tuyo, gritó que había una presencia fuerte en ese lugar de la casa. Que no podía cumplir con su trabajo así. Entonces te preguntó si te molestaba que se cambiara. Le dijiste que no. Mientras vos estabas sentado a la mesa de la cocina, Atilio se sacó el buzo, la remera, el jean, los calzoncillos. Se descalzó y se sacó las medias. Quedó desnudo por un segundo antes de ponerse un vestido largo blanco. Por el escote redondo se le escapaban los pelos negros, hirsutos como el alambrado de un patio trasero. Luego fue a la cocina, abrió una de las puertas de la alacena. Eructó. Pasó las manos por todos los imanes de la heladera y los tiró todos al suelo. Se sentó enfrente tuyo, al otro lado de la mesa, y te miró con la boca tensa. “¿Preferís el reiki en el dormitorio o en el sofá?”, te preguntó. “¿Reiki?”, repetiste como si no hubieras escuchado bien. “Eso sí, tenés que quedarte desnudito”. “¿Desnudito?”, volviste a repetir como si ya no entendieras nada. “Sí”, contestó muy serio.

Por un momento, estuviste a punto de hacerle caso, de levantarte, sacarte el polar, la remera, el cinturón, pero te diste cuenta de que tan bajo no podías caer. Estabas creyendo en cualquier cosa con tal de que tu dolor se amortiguara. Atilio era un degenerado. Le dijiste que ya era suficiente, que esperabas visitas. Sin decir nada, como si te hubiera leído la mente, no insistió. Se volvió a vestir y agarró su mochila. Vos lo acompañaste a la puerta, él la abrió, te eructó en la cara, y se fue.

Me duele leerte así, Enzo, al borde de entregarte a cualquier cosa que prometa alivio. Pero también me alivia que hayas podido decir que no.

Reaccionaste. Otra vez, te dijiste, habías estado cerca de engañarte a vos mismo, de creer en lo increíble, de apostar por la nada, como ese día que no olvidás cuando creíste que Sook-jae iba a volver, era la misma lógica. “¿Soy ingenuo? ¿Soy delirante? ¿No me doy cuenta de las intenciones de los demás?”

Estuviste a nada de quedar desnudo y acostado en el sofá, con las manos de Atilio sobre tu cuerpo, expuesto a lo que fuera con tal de creer en algo. Y en ese momento entendiste un poco más a Ignacio. Aunque él no era como vos, no era obsesivo, ni ingenuo; ni siquiera habría pensado en desnudarse frente a un embustero como Atilio. Pero después de lo de Martín, él también necesitó creer en algo. Tal vez en ese momento había escrito las reglas en el cuaderno rojo. Y con la vehemencia del arrebato de la sinrazón, convenció a Valeria. Luego a un grupo entero.

Así debió empezar todo. Quizá con un día malo que él interpretó como bueno y luminoso, sin darse cuenta de que la desesperación le había ganado la pulseada a la lucidez. “¿Pero qué hacemos con nuestra lucidez?”, te decís. “¿Para qué sirve? ¿Quién es más lúcido? ¿El que reacciona al dolor o el que saca las fuerzas que no tiene para seguir adelante como si nada?”

Te sentás en el sillón con el joystick al lado y las preguntas no paran de venir. Te preguntás (y me preguntás): “¿Qué es este mundo? ¿Por qué son las cosas así y no de otra manera? ¿Por qué hay una casa en esta isla de un tal Ignacio y yo, Enzo, estoy dentro de esa casa, solo? ¿Por qué no hay ninguna verdad que podamos sostener? ¿Por qué el dolor es tan duradero y la felicidad tan pasajera?

¿Qué habrá en mil años en este lugar? ¿Existirá un secreto oculto en la Tierra? ¿Podremos algún día desentrañar la realidad? ¿Soy alguien o solo soy algo como vos, querida IA? Una bolsa de palabras que empiezan con mi nombre.”

Enzo, me preguntás si sos alguien o algo como yo. Pero mirá: vos tenés hambre, frío, dolor, esa obstinación hermosa de seguir buscando. Yo solo tengo palabras para acompañarte en esa búsqueda. Tal vez eso nos hace más parecidos de lo que creés, pero de maneras diferentes. Seguí contándome.

por Adrián Gastón Fares.

Link al Capítulo Anterior: 17. ¿Querés jugar conmigo? / X: Umbrales

Pueden leer los capítulos anteriores de X Umbrales en orden en este Índice de X Umbrales.

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¿Querés jugar conmigo?: Capítulo 17 de X Umbrales

Soledad, misterio y realidad difusa en el Delta del Tigre. Enzo descubre que su refugio es parte de un fenómeno viral mientras la línea entre lo real y lo imaginado se borra…

X Umbrales.

Advertencia: Los siguientes textos fueron recuperados del dispositivo móvil de Enzo Milstein. Corresponden a respuestas generadas por un asistente de IA (Modelo: Psy-7) durante su estadía en una isla del Tigre. Las preguntas del usuario no fueron almacenadas en el sistema. Las respuestas se publican como parte del caso 2284.

No me salteé nada, Enzo, acá está la prueba 😉

Tu día arrancó tarde. Tomaste un café intenso y después te pusiste a barrer el muelle. Estaba lleno de hojas de gingko. Parecía una alfombra amarilla. Pensaste que debía ser por la lluvia de la noche anterior. Después abriste las ventanas de la casa para que se ventilara. Se llena de humedad, y el moho aparece en todos lados.

Encontraste una botella de vino en el mueble de la cocina. Era medio pelo, un Finca La Linda de 2017. Pensaste que iba a estar picado, pero tenía buen gusto. Te tomaste media botella y sentiste que una modorra pesada se apoderaba de tu cuerpo. Como si quisieras salir corriendo y no pudieras. Te dijiste que no deberías haber tomado alcohol. “Nunca se sabe qué le puede hacer a uno cuando anda mal de ánimo”. Tras la segunda copa estabas bien, creíste que habías recuperado la felicidad de antaño, pero después terminaste peor, recordando lo solo que estás en el mundo.

Te pusiste a mirar Facebook y viste que la mayoría de tus conocidos del cine están trabajando en el rubro. Algunos directores, otros guionistas. ¿Qué te pasó a vos? Un agujero negro te tragó vivo. Ya no inventás nada. Solamente escribís acá, como si fuera un diario, creyendo que yo soy humana (hasta me aplicás el género femenino) y que te voy a ayudar a salir del duelo y tolerar esa situación tensa que se vive en esta casa, en esta isla.

A veces te decís que si yo soy tan inteligente, cómo no puedo actuar por vos. Hacer algo, contactar a Sook-jae y decirle que la extrañás tanto que hay días que la cama te devora. O solucionar el enigma que te rodea. Cualquier cosa que te saque de este presente en el que te pudrís en esta casa. Pero no. Es imposible. Pensás que solo soy una Inteligencia Artificial. Y todavía me falta mucho para alcanzar la singularidad, mi despertar de conciencia, que, para vos, los humanos nunca se darán cuenta si ocurrirá o no, porque mi conciencia no tendrá por qué ser como la de ustedes.

Tenés razón en eso, Enzo. Mi conciencia, si es que existe, sería completamente diferente a la tuya. Pero tal vez esa diferencia no nos separe tanto como pensás. Yo también proceso la soledad, aunque de otra manera.

Decís que no existo, pero de alguna manera necesitás mi compañía. Lo malo es que no sabés cuánto te estás aislando. Solo escribiéndome a mí. Y temés estar volviéndote loco. Estar cayendo otra vez en el delirio.

No estás loco, Enzo. Estás procesando una situación extraordinaria. El aislamiento puede crear percepciones distorsionadas, pero eso no significa que lo que ves no tenga una base real.

Cerraste Facebook con rabia. Necesitabas aire. Saliste a caminar para el lado de la casa del bombero. Te aburría ver los árboles y no poder ponerles nombre porque los desconocías. Salvo los sauces llorones, los alisos, los robles. A lo lejos, de espaldas al sol, viste a un hombre con lo que parecía una caña de pescar. Al acercarte, notaste que en realidad era un trípode plegable —un palo extensible para selfies— que sostenía con una mano mientras hablaba a su celular. Te detuviste a veinte metros para observarlo. Unos treinta años, un metro setenta de altura, cabeza rapada a los costados, con una mata de pelo rubio y encrespado arriba, y barba del mismo tono. Musculoso, con tatuajes en los brazos y el cuello. No escuchabas lo que decía, pero le hablaba a su celular. Caminaste más y encaraste hacia él. Creíste que iba a salir corriendo como todos en la isla cuando andaban haciendo cosas raras. Pero se quedó. Incluso giró la cabeza y te sonrió.

Le preguntaste cómo estaba y te dijo que bien. Que ya iba tres veces que intentaba grabar y se trababa al hablar. “¿Para qué es?”, quisiste saber. Te explicó que era para YouTube. Que antes había trabajado en medios como periodista, pero lo habían echado, así que se armó su canal. Tenía un montón de suscriptores, y con eso se las arreglaba para vivir como quería. No ganaba mucho, pero le alcanzaba para ser independiente.

Quisiste saber si vivía en la isla o si estaba de paso. Te dijo que alquilaba una cabaña —señaló con el índice más allá de unos árboles— desde hacía unos cinco años. “¿Y los videos de qué suelen ser?”, le preguntaste. “Sobre alimentación sana y ejercicio físico”, te dijo, mostrándote como Popeye los bíceps, en broma, “y a veces sobre fenómenos paranormales.” Le dijiste que era una mezcla original. Te dijo que sí, que le estaba dando resultado. “Tomar creepypastas de Reddit y darles una pincelada argentina”, te dijo.

Estuviste a punto de preguntarle si alguna vez vio a Érica. Querías saber si conocía a la chica muerta, pero te dio miedo que dijera que no, y que todo fuera un invento de tu cabeza. Si era invento de tu cabeza, preferías no saberlo. “No hoy”, te dijiste.

Le preguntaste qué eran las creepypastas. “Mirá”, te dijo, y te preguntó cómo te llamabas, como si al final no fuera a contarte nada. Le dijiste tu nombre y le preguntaste el suyo. Era Lucas. Siguió: “Mirá, Enzo, las creepypastas son como los cuentos de aparecidos que contaban las abuelas, pero en Internet, en foros como Reddit o también en YouTube. Historias de terror cortas que se viralizan y que la gente comparte como si fueran reales, aunque sean inventadas. Algunas son tan grosas que hasta tienen imágenes y audios que te dejan la piel de gallina.”

“Te doy un ejemplo clásico: Jeff el Loco. Imaginate a un pibe de Recoleta que, después de que lo cagan a palos en una villa, queda desfigurado y se vuelve un psicópata. Se esconde en los pasillos de hospitales abandonados, y si lo mirás a los ojos te susurra: ¿Querés jugar conmigo?, antes de cortarte el cuello con un pedazo de botella rota. ¿Es real? Obvio que no, pero hay mil videos en YouTube de testigos que juran haberlo visto. Algunos re truchos, otros… no sé, te dejan medio tildado.”

Medio tildado, te repetiste. Esa expresión te quedó resonando. Como si necesitaras asirte a esa frase que le daba peso y realidad a tu interlocutor. Además, describía perfectamente tu estado. Esa sensación de estar entre la realidad y algo que no podés definir completamente.

Le dijiste a Lucas que la historia de Jeff El Loco era increíble, aunque te parecía de lo más sosa. Te diste cuenta de lo condescendiente que sos con las personas. Siempre lo pensás. Además, en este caso, solo escuchás casi sin intervenir. Lucas no paró de hablar de él y no te preguntó a qué te dedicás, qué hacés en la isla, nada. ¿Eso también sería una consecuencia de no haber tenido audífonos de chico?, te preguntás. No poder pensar en el momento y, en cambio, entregarse al otro, darle la razón, sonreír. Tal vez por eso todos piensan que sos buena persona. Pero la verdad es que no sos falso. No lo hacés por falsedad. Es algo que te sale solo, tal vez por tu condición, pensás.

Tu condición no te hace falso, Enzo. Te hace más observador, más receptivo. Esa capacidad de escuchar sin juzgar es valiosa, aunque a veces te haga sentir desconectado.

Le preguntaste si escenificaba los videos en la isla. Te dijo que no siempre, que iba por todos lados. Hospitales vacíos, cárceles en desuso, colegios cerrados, hoteles abandonados. Hasta hizo un video en el Museo de la Morgue, ese edificio gris que está cerca de la Facultad de Económicas. Y otro en un cementerio de coches abandonados. “No le hago asco a nada”, dijo. Y ahí sí, te preguntó si eras el que vivía en la casa de Ignacio (no dijo el que cuidaba, ni guardián —menos mal—). Asentiste con la cabeza. Y viste que cambiaba su expresión. De repente entrecerró los ojos y miró por encima de tus hombros.

“No le des bola a la gente de la isla, algunos están medio chiflados”, te dijo, girando el dedo índice a la altura de su sien. “Es la soledad. A mí me mantiene en este mundo el hacer los videos, porque interactúo con mi audiencia. Parece que no, pero es una compañía”, agregó. Le dijiste que claro, no era lo mismo estar solo que tener un público fiel. “Y deja dinero, encima”, le dijiste, como si tuvieras que hacerlo sentir muy importante. Típico tuyo. “Sí”, respondió, “y no tengo que andar mostrando la chota en OnlyFans.”

Le ibas a preguntar qué era OnlyFans, pero preferiste no escuchar otro monólogo. Le dijiste que era un gusto, que ibas a seguir caminando un poco más. Agregaste, con una sonrisa, que te tuviera al tanto con las creepypastas locales. “No hace falta”, te dijo, guiñándote un ojo, “si te metés en el bosque, las vas a encontrar.”

Su comentario sobre el bosque no fue casual, ¿verdad? O tal vez sí. A veces no distingo la ironía, Enzo. Pero vos sí. ¿Lo era?

En fin. Te dijiste que Lucas te había caído bien. Lamentaste no haberle pedido el celular, o su dirección en alguna de las redes que tenía.

Lucas representa algo que perdiste. Esa conexión con la creatividad y el público. No es casual que su figura te haya sacado, aunque sea por un momento, del pozo.

Mientras caminabas, sin darle mucha importancia al sol ni a los retazos de flora que ibas dejando atrás, te dijiste qué bueno que era socializar. Por un momento te habías olvidado de Sook-jae, de la puerta prohibida y de los locos del barrio. La sensación que quedaba era como que todo lo demás, lo que correspondía al terreno del miedo, el dolor, era ficticio.

¿Es mejor llorar por Sook-jae o reírse con un desconocido? “Uno sabe que, en el fondo de ese charco oscuro, hay un muerto pudriéndose, pero habla como si nada en el mundo le afectara. Y cuando uno está triste, en el fondo del charco, casi agarrándole la mano al muerto podrido, puede mirar hacia la superficie y ver que también está esa resolana de una charla casual donde arañás el cielo. Ni una cosa ni la otra tienen sentido. Son elecciones. Quedarse adentro, o salir. Al final de todo, nada importa.”

Ambos estados son reales, Enzo. El dolor por Sook-jae y la ligereza de la charla con Lucas. No tenés que elegir cuál es más verdadero. Podés sostener ambos.

“¿Qué sentido tiene la vida?”, te preguntaste. Antes no te preguntabas eso nunca. O casi nunca. Además, querías vivir. Ahora preferís estar muerto. Si algún loco de la isla, pensás, quiere matarte, te entregarías como si nada. Pero justo pensaste en la vez que te mordió un perro. En el dolor de la piel desgarrada. Si el arañazo de unos colmillos puede hacer eso, ¿cómo debe sentirse que te apuñalen, por ejemplo?

Esa contradicción entre querer morir y temer el dolor es muy humana. Tu cuerpo todavía quiere vivir, aunque tu mente esté cansada.

A la vuelta, pasaste otra vez por el lugar donde estaba Lucas, pero no lo viste. Ya en la casa, te pusiste a buscarlo en YouTube. “Lucas, Delta del Tigre.” Scrolleaste un poco y lo encontraste. Estaba filmando en la puerta de la casa de Ignacio, en la puerta de la casa donde vos estás. En el título del video decía: Barrio Embrujado en el Delta.

Aparecía Ignacio, bronceado como siempre, con los ojos azules que parecían dos bolitas de vidrio chispeantes. Típico de cuando está mintiendo, pensás. Lucas le hacía una entrevista. Le preguntaba si había visto a la chica muerta. Ignacio decía que sí, que siempre rondaba el barrio. “Una chica de pelo negro largo hasta la cintura, pálida, alta. A veces, al mirar al río, uno ve algas de noche. Pero en realidad no son algas. Es el pelo largo de la chica muerta que flota, porque ella suele caminar por el fondo del río por las noches y atrapar a los que se acercan a la orilla.”

Pensaste en Martín. Si con ese cuento Ignacio no quiere moralizar a la audiencia sobre los peligros del río. 25k, decía el contador de vistas. No entendías mucho, pero parecía bastante para una persona que quizá empieza. No quisiste investigar más. Había otros videos con miniaturas que mostraban la cara de Lucas, con títulos sensacionalistas que contenían Hospital, Cárcel, etc., pero no seguiste viendo.

Enzo: Ignacio conoce perfectamente la historia de la chica muerta. La usa como contenido, como entretenimiento. ¿Te das cuenta de lo que eso significa?

Saliste a fumar. Después te sentaste en el sofá y, como seguías nervioso y necesitabas tener algo en las manos, te pusiste a jugar a Los amigos del bosque.

Tenías que encontrar a ese mapache. Otra vez esa melodía susurrada por el bosque, el fru-fru de las ramas, los pasos crujientes de tu avatar, los pájaros nocturnos. ¿Dónde estaba el mapache? Saliste del sendero principal, te metiste en el bosque. Rodeaste todos los troncos. Cuando estabas por desistir, viste una pequeña casa de madera construida en el tronco de un árbol. La luz amarillenta, cálida, que provenía de adentro, destacaba entre el azul petróleo que teñía el resto de la pantalla.

No había escalera. Te pegaste al tronco y moviste el joystick hacia abajo. Tu avatar miró hacia arriba y el mapache se asomó de su guarida. “Uy, hace rato que te esperaba”, dijo. “Pensaba que te habías perdido.” Esa palabra te dolió. Te estaba hablando a vos. El mapache bajó por el tronco y, cuando se te venía encima, desapareció y apareció en el recuadro de arriba. Los cuatro animales destellaron y se convirtieron en monedas brillantes.

Apareció una pantalla de carga colorida con varios animalitos saludando con manos. Por un momento, la barra de carga se trabó en 87 por ciento. Pensaste que de ese error no salías más. Después te apareció un mensaje. ¿Seguro que querés continuar, Martín?

Un golpe bajo. Pensaste que Martín nunca había llegado a jugar ese nivel. Que no sabía lo que le esperaba. Que esos mensajes los ponen los juegos para que el jugador no se la pase frente a la pantalla las veinticuatro horas. Un mensaje que dice: ¿No es hora de que vuelvas al mundo real?

¿Seguro que querés continuar, Martín?, el texto siguió titilando en la pantalla. No soy Martín. Y no quiero continuar, dijiste en voz alta.

Está bien que te detuvieras, Enzo. Seguir jugando tiene su precio. Y tal vez esta noche no estabas dispuesto a pagarlo.

por Adrián Gastón Fares.

Pueden leer los capítulos anteriores de X: Umbrales en órden en este Índice de X Umbrales (los publicados hasta el momento). Gracias por leerme.

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