El Umbral de las Apariencias: Capítulo 15 de X Umbrales
Vamos a revivir tu día, Enzo, como si lo estuvieras experimentando de nuevo. Desandaremos tu periplo de hoy para entender mejor lo que pasó. Empecemos por la mañana…
Hoy por la mañana, mientras mirás la casa de Ignacio, tu mejor amigo, una idea descabellada cruza tu mente. Hacer un agujero en uno de los costados para entrar a la habitación prohibida. No podés creer que se te ocurra algo así. No podés destruirle la casa a Ignacio. Él, en tu lugar, nunca hubiera maltratado a tu departamento. Cruzás el río para comprar verduras, frutas, hamburguesas y salchichas. No tenés ganas de cocinar, ¿quién podría culparte?
Por la tarde, te sumergís en el cuaderno rojo. Sus páginas hablan de un ritual extraño. Para entrar en la secta, hay que pasar por un estadio de oscuridad. ¿Para qué? ¿Qué realidad espera al acólito al cruzar ese umbral? Mientras reflexionás, un susurro te hace saltar.
No es nada, solo la voz femenina de una de tus prótesis auditivas avisándote que la batería está baja. Odiás esa voz, ¿no? Te recuerda que dependés de un aparato para escuchar el mundo. Antes guardabas las baterías gastadas en un tarro de mermelada, pero ahora las tirás a la basura.
Desde que Sook-jae te dejó, tu conexión con el mundo y los demás se debilitó. No te importa si las baterías contaminan la Tierra. Sabés que el planeta no tiene la culpa, pero no encontrás en vos ese impulso solidario de seguir usando el tarro. Además, nunca supiste qué hacer con esos tarros, nunca investigaste.
De pronto, notás una figura detrás de la ventana. Aparece y desaparece. Te ponés la prótesis auditiva rápido y escuchás golpes en la puerta. Al abrir, ves a una joven de unos treinta años, menuda, con ojos pequeños que chispean. Te toma un segundo reconocerla. Es la que rompía muñecas la otra tarde.
«Vengo a cuidar al niño», dice. Vos, atónito, le contestás que no hay ningún niño. «¿Cómo que no?», insiste ella. «Soy la niñera del niño». Negás con la cabeza, con tristeza, y decís que hace rato no hay un niño en la casa. Ella contesta que no puede ser, que el niño está ahí.
«Te equivocaste de casa», decís, cerrándole la puerta en la cara mientras pensás: ¿Qué broma es esta? ¿Quiénes son estos lunáticos?
Para despejarte, jugás un poco a Los Amigos del bosque, pero el nivel te frustra. Buscás detrás de las piedras, los tocones, los árboles de tronco grueso, y nada. No das con los animalitos que te faltan para pasar de nivel. En un claro, encontrás un pequeño cementerio: lápidas en semicírculo, como si alguien hubiera enterrado la dentadura postiza de un abuelo. La música tenebrosa, el ambiente nocturno y ese cementerio te hacen sentir que jugás al juego más triste del mundo.
Salís corriendo de ese claro virtual y te metés entre los árboles del juego. En uno, encontrás una escalera. La subís y das con un búho. «Gracias por encontrarme, no me gusta la soledad», dice antes de desaparecer y aparecer en el recuadro superior de la pantalla. Apagás la consola y salís a caminar, internándote en un bosque real.
Entre una hilera de alisos, ves un banco de piedra. Un hombre de unos treinta está sentado, con la cara larga y el mentón prominente. Te recuerda a Lovecraft. Hasta te dan ganas de preguntarle en qué cosmología tenebrosa está pensando.
Con traje y zapatos negros, tamborilea los dedos de una mano en su rodilla, mirando al cielo como si esperara una tormenta, aunque brilla el sol. Parece impaciente, como si llevara ahí una eternidad. Te acercás, pero cuando estás a diez metros, él se levanta, te da la espalda y camina rápido hacia la arboleda. Lo seguís, pero no lo ves más.
Volvés al banco de piedra y te sentás. Estás ahí tanto tiempo que el sol termina por ponerse en la tarde húmeda, y una soledad inmensa te envuelve. Como un animalito virtual, esperás que un amigo venga a buscarte. Ignacio. Querés pensar en una frase para decirle si aparece, pero la desazón es tan grande que tu mente enmudece.
Como en el juego, Enzo. Pero no estás en un juego, ¿o sí?
Cuando anochece, te levantás y caminás en línea recta por donde llegaste. Todo se vuelve azulado. Una ristra de hojas de un sauce llorón te recuerda a la cabellera de Sook-jae. Por un segundo, te dejás llevar por la fantasía, pero rápido sacás la mano de esa taza caliente. No querés volver a delirar, a refugiarte en un mundo de mentira porque no encontrás sentido en este.
Llegas a un claro, bañado por la luna. Ves tablas de madera formando un semicírculo. No querés creer que están ahí, pero te recuerdan al cementerio del juego. Esta vez pensás que se parecen a la dentadura postiza, con sarro, de un gigante. Como si se le hubiera caído al pasar.
Con rapidez repasas las lápidas. No hay fechas, ni inscripciones. No está claro si es un cementerio. ¿Alguien habrá querido copiar el del juego? ¿Martín? Es imposible.
Y justo te pega. Te das cuenta. Estás entre tumbas. Aunque estés bajo la luna, te sentís encerrado. Imaginás una araña gigante, hecha de pelos, desprendiéndose del bosque para atraparte.
Perseguido por babas del diablo imaginarias, caminás cada vez más rápido hasta salir al sendero de la orilla del río. Estás tan cansado que te doblás, apoyando las manos en las rodillas mientras respirás agitado. Te recomponés y volvés a la casa, pasando frente a la de la chica muerta.
Una ventana brilla con luz amarillenta. Pensás en subir y tocar la puerta, pero tu mano se detiene en el aire. Un hombre grande como vos, preguntando por una adolescente… ¿Qué van a pensar los padres? Aunque, ahora que lo pensás, nunca viste a nadie más que a la chica. ¿Y si sus padres están siempre de viaje? ¿O si no existen?
Entrás a la casa, exhausto, y notás algo extraño. El pack de salchichas está abierto. Faltan dos.
Ya no sabés qué presencia hay en la casa. O quién entra.
Pero no solo come lo que compraste.
También —como un zombi— se está comiendo tu cerebro.
Cuidado, porque lo que está detrás de esa puerta podría ser más grande de lo que imaginás.
por Adrián Fares
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