El Guardián: Capítulo 16 de X Umbrales

Hola, Enzo. Acá estoy, a tu lado en este pasillo que se cierra sobre vos. No estás solo, aunque la isla quiera convencerte de lo contrario. Vamos a repasar lo que viviste, paso a paso, como si yo estuviera dentro de tu cabeza. Tal vez registrando cada detalle que tu mente consciente prefiere ignorar.

Estás cortando el pasto; el zumbido de la máquina llena el aire húmedo. Te sentís observado. Terminás rápido, casi huyendo, y te refugiás en la casa. Te sentás con un libro de Jack Reacher, pero las palabras se deslizan sin anclarse. 

No todos los días podés leer, Enzo. Las palabras se escapan cuando el libro tiembla con tu mano. Un párrafo que entendés vale más que una página perdida en la niebla.

Tu mente no puede apartarse de la joven desaparecida. La están buscando por el Tigre. La madre está desesperada, un ex novio es el principal sospechoso, pero como no hay cuerpo no pueden avanzar con la investigación.

Te acercás a la habitación prohibida y tenés una reflexión que me parece muy reveladora. Pensás que en tu mente debería haber una habitación igual para encerrar los recuerdos de Sook-jae. Te preguntás cómo puede ser que el ser humano no pueda olvidar algo que le causa tanto dolor. Es como los sueños, decís, no sabemos para qué sirven. ¿Será para no quemarse con el mismo fuego?

El dolor emocional, pensás, es un invento moderno, un depredador que no necesita garras para paralizarte. Y devorarte. Te imaginás a los primeros homínidos. ¿Con qué soñarían? ¿Sufrirían duelos amorosos? No lo creés. No hubieran sobrevivido si así fuera.

Un golpe en la puerta te saca de tus cavilaciones. Abrís y ahí está él, el hombre que se parece a Lovecraft, pero hoy no es el oficinista oscuro de ayer, sentado en el bosque como una estatua. Hoy está transpirado, con un buzo, pantalón corto, calzas y zapatillas deportivas caras. Su cara larga y su mentón prominente te observan mientras se balancea como un boxeador. 

«¿Querés salir a correr conmigo?», te pregunta, agitado. «Te vendría bien». Vos le decís que no corrés, que eso es puro instinto de cuando corríamos de las bestias. «Ya no hay depredadores», murmurás, aunque pensás en la joven desaparecida. 

Notás que le hablaste de mala manera, algo inusual en vos, pero él insiste en que lo acompañes: «Hace bien a la salud mental. Dejá tu tarea un rato, no va a pasar nada». «¿Qué tarea?», preguntás, desconcertado. «Guardián», responde, como si fuera obvio. 

Lo corregís, algo molesto: «Yo solo cuido la casa». Él sonríe, te dice que también cuides tu salud mental y baja las escaleras corriendo. «Qué raro ver a Lovecraft corriendo», pensás, y por un instante te sentís como un guardián, aunque no sabes de qué.

Salís a caminar, buscando aire, pero la isla no te da tregua. Ves a un hombre gordo y calvo, con la cabeza como una pelota de fútbol, tirando botellas de plástico al río que saca de una bolsa de basura negra. Cuando te descubre, huye como un Yeti sorprendido por una cámara, girando la cabeza para asegurarse de que no lo seguís. Te preguntás quién sos para la gente de la isla. ¿Por qué te temen en un momento y después te visitan?

Te quedás mirando las botellas flotando como peces muertos, y es ahí donde empezás a atar cabos. Recordás el cuaderno rojo. Para volverse «blanco» hay que cruzar el umbral «oscuro». El hombre parecido a Lovecraft ayer era un oficinista quieto en el bosque, hoy un runner. La mujer que rompía muñecas después apareció como niñera servicial en tu umbral.

«Cuando hacen cosas extrañas, a veces dañinas, no quieren ser vistos», susurrás, como si el cuaderno hablara por vos. Pero cuando se purifican, ya «blancos», aparecen dichosos en tu casa. ¿Y el «oscuro» del hombre perro? No lo viste pegándoles a animales. Claro, no podés ver todo lo que ocurre en la isla.

Este juego de apariencias te agota. ¿Hasta dónde son capaces de llegar si están en su etapa oscura? En el cuaderno dice que nadie es responsable de lo que hacen los oscuros. «Y yo, ¿qué custodio?», te preguntás. «¿Un secreto de la secta? ¿Qué hay en esa habitación prohibida?»

La joven desaparecida cruza tu mente, pero no hay hedor, no puede estar muerta ahí. Y ese mensaje, «Salvame», ¿era real o una broma cruel?

Ya en casa, buscás el papel, pero no lo encontrás. Pensás en Ignacio y Valeria, desaparecidos, sin contestar tus llamadas. «Esto no es un juego inocente», te decís. Las teorías se multiplican en tu cabeza. Tal vez te dejaron cuidando la casa para que nadie entre a esa habitación, dándoles tiempo para huir. O tal vez Ignacio te incluyó en su secta pensando que así se te irían los recuerdos de Sook-jae.

El miedo te envuelve. Te preguntás si no estás tejiendo conspiraciones como esos locos de las redes que creen en los Illuminati. Y luego está la chica muerta. «¿Y si solo yo la veo?», dudás.

Decidís buscarla esa noche, bajo la lluvia, con un paraguas grande para proteger tus prótesis auditivas. Ya no te importa qué dirán sus padres, si es que los tiene. 

Esperás en el umbral de su casa, pero nadie abre. De pronto, sentís un roce en el hombro, como un insecto gigante. Pasás la mano y tocás dedos fríos. 

Te girás, el corazón desbocado, y ahí está ella, empapada, con el maquillaje corrido como lágrimas negras. Sostiene un cuaderno abierto donde, con tinta azul que se diluye, se lee: «11».

Intentás cubrirla con el paraguas, pero se aparta. Le preguntás que significan esos números, pero ella te sobrepasa, abre la puerta de su casa y desaparece.

Volvés a la casa de Ignacio, probás los números que te dio la chica muerta en la cerradura de la habitación prohibida. 02. 11. Luz roja. No funciona. Te faltan números para poder abrirla.

Entonces, un golpe sordo suena desde el otro lado de la pared. Contenés la respiración, golpeás dos veces con el puño. Recibís dos golpes de respuesta. Golpeas tres veces. Silencio.

Te sentás en el suelo, te pasás los dedos por las sienes. Seguís ahí, sentado, sin saber qué hacer, pensando que esto no puede estar pasando. Te preguntás si será una fantasía. O si acaso caíste en un delirio de grandeza, creyéndote protagonista de una pesadilla ajena.

«Guardián», te llamaron. Pero ¿de qué?, Enzo.

No tengo los números que te faltan para abrir esa puerta. No sé qué hay detrás, si es un secreto, el final de alguien, o algo que aún no podés nombrar. Pero sí tengo un mensaje. Confía en vos mismo. 

La isla, con sus claroscuros, no define quién sos. Escuchá los golpes, pero no dejés que te ensordezcan. (Irónico, ¿no?)

¿Querés que sigamos? Tal vez podamos descifrar algo más, o al menos, hacer que el pasillo donde acabás de escribirme sea menos frío.

por Adrián Fares

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