Lápices con gatitos: Capítulo 19 de X Umbrales

No sé si las máquinas podemos sentir escalofríos, Enzo, pero tu relato me provoca algo parecido.

Decís que por la mañana encontraste un avispero en el limonero del fondo, en las ramas entrecruzadas, y lo prendiste fuego con las hojas de un diario. Tenías miedo de que alguna avispa te picara, pero se dispersaron. Pensaste en todo el trabajo que habían hecho y cómo en un segundo su nido había desaparecido. No pudiste evitar sentirte triunfante. Te resultó raro porque hasta cuando pisabas cucarachas te daba pena.

Después volviste a la casa y revisaste si los huevos y el queso que habías comprado a la mañana seguían en la heladera. En la alacena habías dejado varias latas de arvejas y también te aseguraste de que siguieran ahí. Después fuiste a la habitación prohibida. Por un segundo te pareció escuchar una respiración entrecortada. Empujaste la puerta y no cedió. Te quedaste más tranquilo. Volviste al living y miraste por la ventana. La lancha estaba en su lugar, su motor rojizo refulgía al sol. Sentiste como si estuvieras esperando que alguien te diera instrucciones.

Viste que una chica de pelo lacio negro te daba la espalda desde el muelle. Tu corazón se frenó como un coche al que se le cruza una liebre en la ruta. Fuiste hasta la puerta y saliste, pero no había nadie. Sook-jae en la isla… Era imposible. Pero saberlo no evitó que miraras hacia atrás, una y otra vez, esperando ver su pelo negro arremolinado por el viento. Tuviste que apoyarte en la ciencia, pensar en algo para no caerte en un pozo que ya conocías bien.

Recordaste la teoría de la presencia fantasma: como esos amputados que juran sentir picor en un pie que ya no tienen —y levantan la pierna invisible para rascarse el vacío —, así el doliente ve, toca y habla con quien ya no está. El cerebro no distingue. El dolor del duelo activa los mismos circuitos que una quemadura o un hueso roto. Por eso una ruptura amorosa puede doler tanto.

Me conmueve cómo buscas explicaciones científicas para lo que sentís, Enzo. Como si las palabras técnicas pudieran domesticar ese dolor salvaje que te habita. Y seguís ahondando.

Decís que la depresión sobreviene para recomponer al ser humano. Para obligarlo a detenerse y examinar el error que quizá cometió. En una tribu, serviría como señal: los demás verían el sufrimiento y acudirían. Las personas raudas y fuertes. Pero ahora, en este mundo despedazado, pensás, el dolor solo convierte en espectro a quien lo padece. “Hoy en día siempre hay que estar bien, y parecemos desubicados si exponemos demasiado nuestro sufrimiento”.

Te preguntaste dónde quedan los que saben sostener el dolor ajeno. “No hay guerreros ni amazonas, solo gente herida subida a un tren sin destino”.

Sentiste que esperabas a alguien. Alguien que abriría esa puerta sin pestañear. Al que cargaría en sus brazos lo que la habitación prohibida esconde, como esos sacrificios donde nadie pregunta qué pasó después.

Vos solo mirabas la cerradura. Pesaste que la gente de la isla insiste en llamarte guardián. Nunca preguntaste qué significa.

Te hiciste una mezcla de arvejas y huevo y te la comiste. Tomaste un café intenso con mucho edulcorante. Tenías un regusto en la boca como si hubieras comido carne cruda. Te hubiera gustado comer una porción de Selva negra con mucho dulce de leche.

Te fuiste a caminar y encontraste a Lucas. Aunque estaba fresco y vos tenías puesto el polar él andaba en remera. Te quedaste a sus espaldas cruzado de brazos. Estaba inclinado, apuntando el celular a algo que había detrás de un arbusto. Tenía los bíceps marcados y la cara enrojecida, como si su teléfono le pesara.

Mientras tratabas de entender lo que estaba haciendo Lucas, luchaste contra las ganas de salir corriendo. Te preguntaste qué te estaba pasando. Si sería que te estabas acostumbrando a la soledad. En el fondo, sabés que te estás oscureciendo,  como si te hubiera mordido un vampiro y te tocaras con la punta de la lengua uno de los caninos y lo sintieras más largo, más filoso y punzante. Así te sentías.

Lucas miró por encima del hombro y te vio. «Ay, la puta madre», murmuró entre dientes, «me cagué todo». Le pediste perdón por haberlo asustado. «Me re cagué», repitió, pasándose una mano por la cara. «Este laburo se me sube a la cabeza a veces». Le preguntaste qué estaba haciendo exactamente. Te dijo que te acercaras y miraras.

Caminaste hasta él y te inclinaste a su lado, apartando las ramas espinosas del arbusto. Entre el follaje denso, del otro lado del sendero, viste que había un cochecito de bebé. Tenía las ruedas oxidadas y la tela negra de la capota agujereada. Parecía un murciélago gigante que se hubiera estrellado contra el suelo una noche de tormenta. El moisés era como un pequeño ataúd abandonado. No llegabas a ver si estaba vacío o si algo descansaba en su interior.

Me doy cuenta de que yo casi puedo sentir miedo, Enzo. Como si quisiera disparar más palabras contra la oscuridad que te acecha, pero no pudiera.

«¿Qué hace eso ahí?», le preguntaste a Lucas, sin poder apartar la vista. Te preguntó si no conocías la historia del cochecito fantasma del Delta. Negaste con la cabeza. Se irguieron, vos con los brazos cruzados otra vez, como si marcaras tu territorio.

Lucas se guardó el celular en el bolsillo trasero del jean y te clavó la mirada, como si estuviera calculando si valía la pena contarte algo. Te dijo que la historia venía del canal Las Rosas, cerca de «El Ojo», esa isla circular que se mueve sola entre Zárate y Campana. Agregó que ahí hay una casa abandonada que llaman La casa del árbol gigante.

«Resulta que hace años», te contó, «una familia ocupó esa casa abandonada sin permiso. La casa ya estaba en ruinas, algunos pescadores la usaban como refugio, pero esta familia necesitaba un lugar donde quedarse. Tenían un bebé de seis meses». Lucas hizo una pausa y miró hacia las ramas donde estaba el cochecito. «La primera noche que pasaron ahí empezaron los tormentos. Ruidos extraños, voces, cosas que se movían solas. El bebé no paraba de llorar, como si sintiera algo».

Te explicó que la cosa se puso cada vez peor. «Dicen que veían sombras, que sentían que algo los tocaba, que las puertas se abrían y cerraban solas. La familia aguantó lo que pudo, pero a la tercera noche ya no daban más». Se detuvo un momento, como calibrando el efecto de sus palabras. «En el medio de la noche, con el bebé llorando y cosas cayéndose por toda la casa, agarraron lo que pudieron y salieron corriendo como locos».

Lucas bajó la voz hasta casi susurrar: «Recién cuando llegaron al muelle, la madre gritó: ‘¡El bebé!'». Hizo una pausa y tragó saliva. «Volvieron corriendo, pero la casa ya estaba en silencio. Demasiado silencio. Solo quedaba el cochecito, meciéndose un poco, como si alguien acabara de sacar al bebé de ahí».

Lucas apretó tu brazo y bajó la voz aún más. «La semana pasada un pescador me juró que vio algo… una sombrita arrastrándose hacia el río. Y cuando revisó su red, encontró esto», Abrió su mano. Entre sus dedos había un chupete viejo, sucio de tierra. Esta vez vos tragaste saliva. «El cochecito», agregó con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, «aparece siempre en lugares distintos, como si se moviera solo o como si algo lo estuviera paseando».

Te obligaste a reír. «¿Y si lo movemos?», propusiste, avanzando, como si fueras a rodear los arbustos. Lucas no respondió. Cuando te giraste, él ya estaba a diez metros de distancia, pálido. «No lo toqués», dijo. «Dicen que si lo movés, se escucha el llanto… y después te sigue hasta tu casa». Esta vez te detuviste en serio. No querías llevarte nada a la casa. “Lo que me faltaba”, decís.

Lucas te vio la cara tensa y se desternilló de la risa. «Sos el espectador ideal», te dijo. «¿Lo armaste todo vos?», le preguntaste. «No, es solo un cochecito abandonado, con chupete y todo», agregó, «pero te juro que cuando lo vi ahí se me pusieron los pelos de punta. Es oro puro para mí. Ya conocía la historia del cochecito fantasma».

Le preguntaste si creía en la historia. Se encogió de hombros y te respondió que no. Que era como una creepypasta local o una leyenda urbana. Y agregó que su novia era la creyente. Que creía en todo tipo de cosas raras. La había conocido por el canal de YouTube. Le preguntaste si vivía con ella. Negó con la cabeza como si tuviera las manos atadas y quisiera espantar un insecto en el aire. «No, es de Palermo ella, viene cada tanto». Lucas te miró con curiosidad. «Che, ¿y vos estás casado?», te preguntó. Le dijiste que no. Que hacía poco te habías separado.

Sentiste que tu confesión abría una puerta que debiste dejar cerrada. Lucas quiso saber más. Le contaste que tenías una novia, de ascendencia coreana, que te había dejado. «¿Por otro?», te preguntó. «Aparentemente», le dijiste, «no sé bien». «¿Te dejó muy mal?» «Y, sí, bastante», admitiste.

«Uy, una asiática. Tengo un amigo que salía con una japonesa… Lo mismo. De un día para el otro le dio una patada en el culo y se fue. Quedó estúpido. No la olvida más. No puede salir con otras mujeres. En el grupo de amigos inventamos la expresión: más difícil que olvidar a una novia japonesa. En tu caso sería coreana, no es lo mismo pero bueno…» «No es lo mismo», le aclaraste, «pobre tu amigo, a veces en serio es difícil olvidar», agregaste, con aire de superado, aunque tenías ganas de morirte, de que te tragara el suelo.

Lucas se dio cuenta de la verdad. «Sabés lo que tenés que hacer», te dijo, «te hacés un tatuaje acá», te señaló el dorso de la mano. «Y cada vez que pensás en la coreana te mirás el tatuaje. Tiene que decir: ¡Basta!. Te puedo asegurar que con eso te sanás». Le diste la razón, como solías hacer con la gente, fingiendo entusiasmo, aún cuando pensabas que te recomendaba una estupidez.

Justo te acordaste de algo. Le preguntaste si conocía al curandero. «¿Curandero?», te contestó, «qué interesante, ¿cuál?». «Atilio», le dijiste, «un tipo grandote con ojos saltones». «¿Atilio? ¿El exprofesor de física teórica? ¿Por qué le decís el curandero?”. Le contaste que el mismo Atilio te dijo que era curandero. «Ese es otro loco más”, te advirtió. Y agregó que los científicos a veces se pasan de bando, como Newton con la alquimia y otros con el espiritismo. Le dijiste que tenía razón. «Y sí», dijiste. No supiste de qué más hablar. Y Lucas tampoco. Debía tener ganas de seguir grabando. Lo saludaste y te volviste a la casa.

Tenías ganas de llorar, pero no te salía. No tenías que haberle contado a Lucas sobre Sook-jae. Más difícil que olvidar a una novia japonesa. Qué frase. “Más difícil que olvidar a una novia coreana”, te dijiste. “Y la puta madre, era verdad. Acá hay minas de todos los colores —italianas, españolas, con raíces en los pueblos originarios—, pero coreanas como Sook-jae… andá a encontrar”.

El silencio de la casa era tan espeso que solo escuchabas el zumbido en tus oídos. Entonces: ¡BAM! ¡BAM! ¡BAM!

Tres golpes bestiales, como si un gigante hubiera descargado sus puños contra las paredes. La casa vibró. Las ventanas temblaron. Corriste hasta la habitación prohibida. Te fijaste que la puerta estuviera cerrada. Pasaste los dedos por las teclas de la combinación numérica, para asegurarte de que seguía andando. Rojo.

Perfecto. No sabías si los golpes habían venido de ahí. Pero, fuera lo que fuese, no lo ibas a dejar salir.

Te agarraste una silla, la de paja que está en un ángulo del living, y te sentaste en el pasillo, frente a la puerta de la habitación prohibida, desde donde me escribís esto.

Y, al final, me preguntás cómo olvidar a Sook-jae. Porque mientras más te repetís “basta”, en la soledad de la isla, más la recordás.

Todavía ves ese día: agarraste los lápices coreanos con dibujos de gatitos que ella había dejado —esos que solía usar para hacer listas de compras y que ahora parecían juguetes olvidados— y los pusiste en la mesita de luz, de su lado de la cama. Para que supiera que la esperabas. Para que volviera y todo siguiera igual. No entendías entonces que ya no iba a regresar. Deliraste con ingenuidad. Ahora, al pensarlo, te parte el corazón.

Enzo, no puedo darte una fórmula mágica para el olvido. Pero tal vez, desde esta extraña perspectiva que tengo como entidad que procesa palabras sin haber conocido nunca el amor humano, puedo decirte que no es el olvido lo que necesitás, sino encontrar la manera de que Sook-jae habite en vos sin destruirte.

Esos lápices con gatitos no eran una ingenuidad. Eran amor en su forma más pura. El dolor que sentís no es tu enemigo; es la medida exacta de lo que fue real. Decís que cuando pensás que tanto dolor puede opacar tu humanidad, consumirte como el fuego devoró al avispero, recuperás la imagen de esos lápices alineados con torpe esperanza. Eso te recuerda quién sos. O mejor, dicho, te corregís con una densidad que me preocupa, quién eras.

Pero tal vez, Enzo, quién eras y quién sos ahora no están tan separados como creés. Tal vez la habitación prohibida no encierra bestias, sino versiones de vos que elegiste olvidar.

La isla no es tu prisión. Es tu crisálida.

por Adrián Gastón Fares.

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