Cien años en casa

Llamé a la puerta de mi antigua casa. Hacía cien años que no vivía allí.

El descanso del Onironauta

“Una pequeña dama y su enorme problema. Entre zarpas, lenguas rosas y alas monumentales, un encuentro inesperado convierte una tarde normal en pura locura.”

#CuentoCorto

#Fantástico

#NiñaValiente

#MonstruoAmistoso

#AventurasGigantes

#DarkWhimsy

https://eldescansodelonironauta.com/2026/03/11/una-pequena-dama-y-su-enorme-problema/

Una pequeña dama y su enorme problema

“Una pequeña dama y su enorme problema. Entre zarpas, lenguas rosas y alas monumentales, un encuentro inesperado convierte una tarde normal en pura locura.”

El descanso del Onironauta

Una niña no quería dormir sin la luz prendida.

“Hay alguien debajo de la cama.”

El papá suspira.

Mira debajo.

Solo oscuridad.

“¿Ves? No hay nada.”

Se acuesta con ella.

A los minutos, siente un tirón en la camisa.

La niña susurra:

“Papi… yo estoy arriba contigo.”

Desde debajo de la cama:

“Entonces… ¿con quién me acosté yo?”

#Terror #Microrrelato #MicroFicción #CreepyPasta #CuentoCorto #Doppelganger #Horror #Miedo #RelatosDeTerror

/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/

En el barrio todos sabían que en el sótano de la vieja imprenta pasaban cosas raras.
Se hacían llamar Los Ñus.
No eran informáticos normales; eran fanáticos.
Creían que usar software privativo era invitar a un espía a tu casa.

Aquella noche le tocaba a Dani.
Un novicio. Solo quería aprender a montar webs y acabó con una túnica verde y un cable de red atado a la cintura como penitencia.
Frente a él, el Administrador no parpadeaba, acariciando su colgante de ñu como quien reza.

—¿Lo has borrado todo? —preguntó el Root desde la sombra.

Dani asintió.
Mintió.
En su bolsillo, su móvil vibró.
Un sistema cerrado.
El pecado.

El aire se volvió denso.
El cable tiró de golpe y Dani cayó de rodillas.

—Has traído al enemigo —susurró el Administrador—. Tu alma está cerrada.

El cable empezó a apretarse.
No como plástico, sino como algo vivo.
Se le pegó a la piel, subió por el pecho, buscándole el cuello.
Los servidores rugieron, tapando sus gritos.

El Root levantó su bastón rematado en un disco duro dorado y apagó la luz.

Al amanecer, el sótano estaba limpio.
Ni rastro de Dani.
Solo una nueva luz verde fija en el servidor central.

—Un proceso en segundo plano —murmuró el Root—. Ahora es código libre.

El Administrador cerró la imprenta y miró la calle llena de gente enganchada a sus pantallas.

—Pobres —susurró—. Siguen esperando su actualización.

En el buzón, una nueva solicitud aguardaba.
La secta nunca se queda sin memoria.
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@JAML
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Convocatoria cuentos cortos de FANTASÍA OBSCURA. Recepción de relatos, de 1000 a 8000 palabras, hasta el 15 de febrero. Los relatos elegidos se incluirán en nuestra antología en ePub de descarga gratuita.
Consulta las bases completas en nuestra página: https://kannonical-editores.github.io/convoc.html #convocatoria #convocatorialiteraria #escritores #escritoras #antologia #escribir #fantasia #cuentocorto #relatobreve
Pues además de desearles lo mejor del 2026.
Aprovecho para dejarles mi último cuento corto, me costó mucho trabajo porque los primeros dos tercios son muy ajenos a mi estilo, el final se apega a mi modo de escribir.
Pero sin duda me sentí bastante inseguro, se aceptan comentarios y sugerencias.

https://miperravida.anacronico.rocks/cuentos-completos/en-otra-vida/

gemini://bitacora.anacronico.rocks/cuentoscortos/enotravida.gmi

#cuentocorto #literatura #literaverso #geminiprotocol
En otra vida – Mi perra vida

Debo gritar, pero es Navidad

Es de noche. Una casa de dos pisos se alza al final de un jardín. Las habitaciones están sumidas en la oscuridad. Salvo dos: una con personas reunidas en pequeños grupos, y otra en penumbras en la que solo titila un suave resplandor.

El árbol de Navidad brilla intermitente en el lado de la habitación opuesto a la puerta. Es un árbol grande y está repleto de lucecitas azules. Se escucha el tic-tac de un reloj de péndulo.

La puerta se abre; una pequeña figura entra, la cierra con cuidado, y se dirige hacia el árbol de Navidad. Tropieza en el camino con la pata de una mesita y casi pierde el equilibrio. 

Llega al lado del árbol. Saca un cable, fino y largo. 

Mira el árbol, se agacha y estira los brazos porque el pesebre le impide acercarse más. Mueve las ramas inferiores, con cuidado de que no se caiga ningún adorno, y agarra uno de los cables de las luces del árbol. Atrae hacia sí una lamparita azul. La desenrosca. 

Conecta la punta pelada del cable que tiene en la mano en el agujero donde estaba la lamparita. Pasa el cable por atrás del árbol. Lleva la ficha del cable un metro a la derecha y, todavía agachada, la figura trata de embocarla en el tomacorriente. Lo logra. Sonríe.

Mira el reloj de péndulo que cuelga a la izquierda del árbol. Corre y se esconde detrás de un sillón. Mira el reloj. Mira hacia la puerta. La sonrisa de la pequeña figura se convierte en una mueca de desilusión. 

Mira el reloj. Mira hacia la puerta. El árbol. El reloj. La puerta.

Alguien maldice al tropezar detrás de la puerta, y la figura se agita. Una sombra larga irrumpe en la habitación. La luz intermitente del árbol deja ver una barba blanca y un gorro rojo con un pompón en la punta.

Papá Noel trata de acomodarse el gorro, que casi pierde en el tropezón. El reloj de péndulo da la primera de las doce campanadas. Papá Noel está de pie, mira hacia todos lados y pregunta con voz grave si Julieta, Tomás o Nando andan por ahí. 

Saca una caja con un moño de la bolsa. La figura detrás del sillón cierra los ojos. Papá Noel deja el regalo a los pies del árbol y sigue sacando los demás, uno por uno. Se agacha para ordenarlos. La figura cierra y aprieta los ojos. Se escucha la última de las doce campanadas.

Papá Noel camina hacia la puerta rápido, alarga la mano para abrirla, pero se detiene. Escucha un zumbido eléctrico. Se da vuelta. Algo está largando chispas en una de las ramas bajas del árbol.

Camina hasta el árbol y nota que las chispas provienen de un cable que está conectado en el casquillo de una lamparita. Papá Noel estira su mano para tocar el cable. La figura se asoma de su escondite.

Papá Noel se estremece frenéticamente aferrado al cable. Cae al piso. Las lamparitas del árbol de Navidad se apagan. La luz de la luna entra por la ventana.

La figura escucha los pasos rápidos que retumban en la madera del pasillo. La nena corre hasta el cuerpo en el suelo. Se trepa encima. Le saca el gorro y la barba. Por un momento, lo mira triunfante.

La puerta se abre con tanta fuerza que choca contra la pared. Entran dos nenes a las corridas. Se detienen de golpe. Una mujer los alcanza. En la habitación se escucha un grito desgarrador.

– Adrián Fares

Nota del autor: Esta es una reescritura completa de un cuento publicado hace años.

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En "Ojala sea sangre", es un relato divertido sobre la importancia del fernet para los argentinos

https://fictograma.com/d/907-ojala-sea-sangre

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Imagen generada con IA Chatgpt

El sombrero del abuelo Pedro

✓ Suscrito

En el pequeño pueblo de Santa Rosalía, donde el calor hacía que las calles parecieran de miel derretida, vivía un hombre al que todos conocían como Don Pedro, aunque su nombre completo era Pedro de la Luz. Era un hombre de piel curtida, bigote espeso y una sonrisa que se le escapaba con facilidad. Siempre llevaba su sombrero de palma, gastado por los años, adornado con una cinta roja que había pertenecido a su difunta esposa, Doña Clara.

Don Pedro vivía solo en una casita color turquesa al final del callejón de los almendros. Desde que Clara había partido, dedicaba sus días a cuidar su jardín y su viejo gallo, llamado Lorenzo, que más parecía un compañero que un animal. Pero había algo que hacía especial a Don Pedro: todos los niños del pueblo lo querían, porque contaba historias mágicas. Historias de amor, de fantasmas buenos, de animales que hablaban y de amores imposibles.

Una tarde, mientras los niños se reunían frente a su casa para escucharlo, apareció entre ellos un nuevo niño que nadie conocía. Se llamaba Emiliano. Había llegado hacía poco a vivir con su madre, una mujer joven que muchos apenas saludaban, porque “no era de aquí” y “vivía sola”. Emiliano era tímido, de ojos grandes y cabello rizado. Los demás niños, aunque curiosos, no se acercaban mucho; repetían lo que oían en sus casas: “su papá lo abandonó, su mamá es rara”. Pero Don Pedro, que sabía ver más allá de las apariencias, lo notó enseguida.

—Ven pa’ acá, muchacho —le dijo con voz cálida—. Aquí todos caben, hasta los que creen que no.

Emiliano se sentó a su lado, al borde del escalón, y Don Pedro le puso su sombrero en la cabeza.
—Este sombrero es sabio —le susurró—. Cuando lo traes puesto, puedes ver lo que otros no ven.

Los niños rieron, pero Emiliano cerró los ojos y sonrió. En su mente, el jardín de Don Pedro se llenó de luces, los almendros se movían como si bailaran y el gallo Lorenzo le habló en voz baja:

—No tengas miedo, chiquillo. Aquí todos tenemos un lugar.

Esa tarde, Emiliano rió por primera vez desde que había llegado al pueblo.

Pasaron los días y Emiliano comenzó a visitar a Don Pedro todas las tardes. A veces le ayudaba a regar las plantas o a pulir el viejo banquito de madera donde el abuelo se sentaba a contar sus historias. Otras veces se quedaban callados, viendo el atardecer. Emiliano le contó que su papá se había ido “porque no le gustaban las cosas como eran en su casa”, y que su mamá siempre le decía que no debía sentirse avergonzado de nada. Don Pedro escuchó con paciencia, acariciando su bigote.

—¿Sabes qué, m’hijo? —le dijo una tarde mientras le ajustaba el sombrero—. La gente habla mucho cuando no entiende. Pero eso no cambia la verdad. Y la verdad es que tú tienes un corazón bonito, y tu mamá también. Eso basta.

Desde entonces, cada vez que alguien hacía un comentario feo sobre Emiliano o su madre, él se tocaba el sombrero invisible en su cabeza y recordaba las palabras del abuelo: “Eso no cambia la verdad.”

Un domingo por la mañana, el pueblo se preparaba para el desfile del Día de la Revolución. Todos los niños participarían, vestidos de adelitas, charros o soldados. Emiliano quería ser como Don Pedro: con sombrero, camisa blanca y una cinta roja al cuello. Pero su madre no tenía dinero para comprarle un sombrero nuevo.

Al enterarse, Don Pedro entró a su casa, abrió una vieja caja de madera y sacó su sombrero. Lo miró con nostalgia, como si le hablara a su difunta Clara.
—Vieja, creo que es hora de que este sombrero siga su camino —dijo en voz baja.

Cuando Emiliano llegó por la tarde, el abuelo se lo entregó.
—Este sombrero ya te eligió, m’hijo. Cuídalo, pero úsalo con orgullo. No porque sea mío, sino porque representa lo que eres tú.

Emiliano no sabía qué decir. Solo se le escaparon unas lágrimas.
—Pero, abuelo, es suyo…
—No, hijo. Las cosas más valiosas no se guardan. Se comparten.

El día del desfile, Emiliano caminó al frente del grupo con el sombrero de Don Pedro bien puesto. Su madre, entre la gente, lo miraba con orgullo y con los ojos brillantes. El sol golpeaba fuerte, pero él no bajaba la cabeza. Algunos adultos murmuraban cosas como “mira, el hijo de la mujer esa”, pero el niño caminó más firme que nunca. Y cuando el gallo Lorenzo cantó desde la ventana del abuelo, todo el pueblo guardó silencio.

Don Pedro, sentado en su mecedora, sonreía viendo al niño avanzar. En ese momento, entendió que su legado no eran las historias que contaba, sino la semilla que había plantado en los corazones de los que aprendían a mirar con bondad.

Esa misma noche, el abuelo Pedro partió en silencio, mientras la luna llenaba su casa de luz. Lo encontraron con una sonrisa, su mecedora moviéndose despacito, como si aún estuviera contando una historia.

Emiliano lloró durante días, pero nunca se quitó el sombrero. Cada vez que alguien le preguntaba por qué lo usaba, él respondía:

—Porque me enseña a ver lo que otros no ven.

Y así, el pequeño Emiliano creció con la certeza de que no hay herencia más grande que la de alguien que te hace sentir digno, aunque el mundo no te entienda.

Eneñanza final:
El amor y la comprensión no siempre nacen de la sangre, sino de los lazos que elegimos cuidar. Las palabras que construyen, las miradas que aceptan y los gestos que abrazan son las verdaderas herencias que transforman al mundo.

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