Debo gritar, pero es Navidad
Es de noche. Una casa de dos pisos se alza al final de un jardín. Las habitaciones están sumidas en la oscuridad. Salvo dos: una con personas reunidas en pequeños grupos, y otra en penumbras en la que solo titila un suave resplandor.
El árbol de Navidad brilla intermitente en el lado de la habitación opuesto a la puerta. Es un árbol grande y está repleto de lucecitas azules. Se escucha el tic-tac de un reloj de péndulo.
La puerta se abre; una pequeña figura entra, la cierra con cuidado, y se dirige hacia el árbol de Navidad. Tropieza en el camino con la pata de una mesita y casi pierde el equilibrio.
Llega al lado del árbol. Saca un cable, fino y largo.
Mira el árbol, se agacha y estira los brazos porque el pesebre le impide acercarse más. Mueve las ramas inferiores, con cuidado de que no se caiga ningún adorno, y agarra uno de los cables de las luces del árbol. Atrae hacia sí una lamparita azul. La desenrosca.
Conecta la punta pelada del cable que tiene en la mano en el agujero donde estaba la lamparita. Pasa el cable por atrás del árbol. Lleva la ficha del cable un metro a la derecha y, todavía agachada, la figura trata de embocarla en el tomacorriente. Lo logra. Sonríe.
Mira el reloj de péndulo que cuelga a la izquierda del árbol. Corre y se esconde detrás de un sillón. Mira el reloj. Mira hacia la puerta. La sonrisa de la pequeña figura se convierte en una mueca de desilusión.
Mira el reloj. Mira hacia la puerta. El árbol. El reloj. La puerta.
Alguien maldice al tropezar detrás de la puerta, y la figura se agita. Una sombra larga irrumpe en la habitación. La luz intermitente del árbol deja ver una barba blanca y un gorro rojo con un pompón en la punta.
Papá Noel trata de acomodarse el gorro, que casi pierde en el tropezón. El reloj de péndulo da la primera de las doce campanadas. Papá Noel está de pie, mira hacia todos lados y pregunta con voz grave si Julieta, Tomás o Nando andan por ahí.
Saca una caja con un moño de la bolsa. La figura detrás del sillón cierra los ojos. Papá Noel deja el regalo a los pies del árbol y sigue sacando los demás, uno por uno. Se agacha para ordenarlos. La figura cierra y aprieta los ojos. Se escucha la última de las doce campanadas.
Papá Noel camina hacia la puerta rápido, alarga la mano para abrirla, pero se detiene. Escucha un zumbido eléctrico. Se da vuelta. Algo está largando chispas en una de las ramas bajas del árbol.
Camina hasta el árbol y nota que las chispas provienen de un cable que está conectado en el casquillo de una lamparita. Papá Noel estira su mano para tocar el cable. La figura se asoma de su escondite.
Papá Noel se estremece frenéticamente aferrado al cable. Cae al piso. Las lamparitas del árbol de Navidad se apagan. La luz de la luna entra por la ventana.
La figura escucha los pasos rápidos que retumban en la madera del pasillo. La nena corre hasta el cuerpo en el suelo. Se trepa encima. Le saca el gorro y la barba. Por un momento, lo mira triunfante.
La puerta se abre con tanta fuerza que choca contra la pared. Entran dos nenes a las corridas. Se detienen de golpe. Una mujer los alcanza. En la habitación se escucha un grito desgarrador.
– Adrián Fares
Nota del autor: Esta es una reescritura completa de un cuento publicado hace años.
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