/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/
Desde que entró la nueva vecina, algo en la calle cambió.
Nadie la veía salir de día, pero de noche se iluminaban sus ventanas y un extraño olor a flores marchitas flotaba hasta mi balcón.
Una noche decidí acercarme.
Tocó la puerta y nadie respondió.
La abrí y la casa estaba vacía… pero sobre la mesa había fotos de todos los vecinos, incluso mías, con anotaciones en rojo: “Siguiente”.
Sentí un escalofrío, y al girarme, las luces se apagaron.
El silencio era pesado, casi líquido.
Entonces escuché pasos detrás de mí.
No había nadie, y aun así algo respiraba muy cerca. Intenté gritar, pero mi voz no salía.
La sensación de ser observado se convirtió en certeza cuando vi un reflejo en el espejo: la vecina estaba ahí, con la misma sonrisa de siempre… y mis ojos dibujados en la palma de su mano.
Me empujó al suelo y cuando quise levantarme, ya no estaba mi casa: la calle había desaparecido, y yo estaba dentro de un cuadro, colgado en la pared, mirando a todos los vecinos entrar y salir, eternamente observado, eternamente siguiente.
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