𝑴𝒂𝒔𝒐𝒏𝒆𝒓𝒊́𝒂 (𝑰𝑰): 𝒓𝒊𝒕𝒖𝒂𝒍𝒆𝒔, “𝒕𝒓𝒂𝒑𝒐𝒔 𝒔𝒖𝒄𝒊𝒐𝒔” 𝒚 𝒍𝒂 𝒎𝒂𝒔𝒐𝒏𝒆𝒓𝒊́𝒂 𝒎𝒐𝒅𝒆𝒓𝒏𝒂  

Al llegar a los grados superiores, los rituales se vuelven más simbólicos y teatralmente impactantes.
La cámara de reflexiones, por ejemplo, aísla al iniciado con una calavera, pan negro y agua, forzándolo a enfrentar sus propios miedos y secretos antes del juramento.
Se le quitan relojes, joyas y dinero: un símbolo de que entra desnudo al templo y que lo externo no vale dentro de la logia.

El juramento incluye el recordatorio simbólico de las penas por revelar secretos: cortar la lengua, abrir el pecho o dispersar cenizas.
Hoy es teatral, pero en los siglos XVIII y XIX se tomaba literalmente en algunos casos, como la desaparición de William Morgan.

Los masones también se reconocen mediante toques de manos secretos y palabras de paso.
Cada grado tiene su distintivo: Aprendiz, Compañero, Maestro (“Zarpazo del León”) y los 30-33, donde el Caballero Kadosh realiza rituales simbólicos de poder y justicia, representando la supremacía sobre la iglesia y el Estado.

Casos históricos de corrupción y crímenes vinculados a logias muestran el lado oscuro: la Logia P2 en Italia, liderada por Licio Gelli, infiltró el Vaticano y la banca; se le relaciona con el colapso del Banco Ambrosiano y el asesinato de Roberto Calvi.
En teoría, incluso crímenes como los de Jack el Destripador han sido analizados bajo un prisma masónico, aunque no hay pruebas definitivas.

En la masonería moderna, los rituales sexuales y torturas físicas sistemáticas no existen en logias regulares.
Las pruebas de resistencia son psicológicas: confesiones forzadas y aislamiento controlado para asegurar lealtad.
Para alcanzar el grado 33 se requiere años de estudio, filantropía y mérito, no resistencia física.

El proceso de ingreso es riguroso: entrevistas, verificación de antecedentes, creencia en un Ser Supremo y la aprobación de los miembros mediante votación secreta (“blackballing”).
Si alguien falla o decide irse, puede solicitar baja definitiva (“plancha de quite”) o temporal (“quedar en sueños”).

Hoy, las logias son un espacio discreto de filosofía, filantropía y networking.
Lugares como el Freemasons' Hall son símbolos de opulencia, arquitectura y tradición.
El lema “2B1ASK1” resume la realidad moderna: si quieres ser masón, toca la puerta y pide ser uno; nadie vendrá a buscarte.

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 𝑴𝒂𝒔𝒐𝒏𝒆𝒓𝒊́𝒂 (𝑰): 𝒆𝒏𝒕𝒓𝒆 𝒈𝒓𝒆𝒎𝒊𝒐𝒔 𝒎𝒆𝒅𝒊𝒆𝒗𝒂𝒍𝒆𝒔 𝒚 𝒓𝒊𝒕𝒖𝒂𝒍𝒆𝒔 𝒊𝒏𝒊𝒄𝒊𝒂́𝒕𝒊𝒄𝒐𝒔  

La masonería no nació como una secta conspirativa, sino como una red de gremios de constructores medievales.
En los siglos XIII al XVI, los “masons” levantaban catedrales y guardaban conocimientos técnicos valiosos.
Se organizaban en logias para proteger secretos de geometría y arquitectura.
Con el tiempo, esos espacios dejaron de ser solo operativos y se volvieron simbólicos.

El punto de inflexión llegó en 1717, cuando cuatro logias londinenses se unieron para fundar la Gran Logia Unida de Inglaterra (origen de la masonería especulativa moderna).
A partir de ahí, las herramientas del albañil pasaron a ser metáforas morales: la piedra bruta como el hombre imperfecto, la escuadra como rectitud, el compás como límite ético.

Actualmente, la Gran Logia Unida de Inglaterra es considerada la logia madre del mundo masónico.
Su Gran Maestro es Su Alteza Real el Príncipe Eduardo, Duque de Kent, quien ocupa el cargo desde hace más de 50 años.
Representa prestigio y continuidad, aunque no controla logias independientes en otros países.

Su misión declarada es el perfeccionamiento del individuo bajo la idea del “Gran Arquitecto del Universo”, una fórmula amplia que exige creer en un principio creador, pero no en una religión concreta.
El lema “libertad, igualdad, fraternidad” se asoció históricamente a círculos masónicos, aunque no fue exclusivo suyo.

En estructura, no existe un “papa” masón.
Es un sistema federal: cada país tiene su Gran Logia soberana.
En España, por ejemplo, opera la Gran Logia de España; en México hay distintas obediencias estatales y ritos.

El sistema más conocido es el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, con 33 grados.
Los tres primeros —Aprendiz, Compañero y Maestro— son la base.
Los grados superiores profundizan en filosofía, simbolismo bíblico y reflexión moral.
El grado 33 es honorífico y se concede por méritos, no por superar pruebas físicas.

Los rituales de iniciación son teatrales y simbólicos: venda en los ojos, soga al cuello (el “cable tow”), pruebas alegóricas de aire, agua y fuego, y un juramento solemne.
Las llamadas “penas corporales” —cortar la lengua o arrancar el corazón— forman parte de un lenguaje simbólico heredado del siglo XVIII.
Hoy no tienen aplicación literal; la sanción real por romper reglas es la expulsión.

El caso más grave vinculado históricamente a la masonería fue la desaparición de William Morgan en 1826, tras anunciar que publicaría secretos rituales.
Su secuestro provocó un escándalo nacional en Estados Unidos y el surgimiento del Partido Antimasónico.
Nunca se probó judicialmente la responsabilidad directa de la institución, pero el episodio marcó su reputación.

En cuanto a acusaciones de satanismo o ritos sexuales, proceden en gran parte de campañas como la del periodista Léo Taxil en el siglo XIX, que luego confesó haber inventado sus historias.
La masonería “regular” mantiene ceremonias sobrias y simbólicas; grupos ocultistas externos no representan a la estructura tradicional.

Hoy las logias funcionan como asociaciones discretas que combinan ritual, debate filosófico y actividades filantrópicas.
La entrada no es automática: el interesado debe solicitarla, pasar entrevistas y ser votado por los miembros.
No reclutan abiertamente.

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ENCUESTA 🎙️

“Tras su prohibición en 1785, ¿crees que los Illuminati —o alguna organización similar— continúan existiendo hoy?”

#historia #misterio #iluminati #sociedadessecretas #debatehistórico #curiosidadeshistoricas #encuesta

SI
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NO
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 𝑳𝒐𝒔 𝑰𝒍𝒍𝒖𝒎𝒊𝒏𝒂𝒕𝒊: 𝑹𝒆𝒂𝒍𝒊𝒅𝒂𝒅 𝒐 𝑴𝒊𝒕𝒐  

Los Illuminati, también llamados Iluminados de Baviera, fueron una sociedad secreta real que existió entre 1776 y 1785.
Fundada por Adam Weishaupt en Ingolstadt, Baviera, esta orden buscaba difundir los ideales de la Ilustración: combatir la influencia de la religión en la política, limitar el poder absoluto del Estado y fomentar la educación racional.
La organización estaba estructurada jerárquicamente, con niveles de iniciación como Novicio, Minerval e Iluminado Minerval, y se inspiró parcialmente en la organización de los Jesuitas, aunque sus miembros eran críticos de ellos.
Para crecer, se infiltraron en logias masónicas y reclutaron intelectuales, políticos y nobles influyentes, incluyendo a Johann Wolfgang von Goethe.
La orden fue prohibida en 1784-1785 por el elector Carlos Teodoro, bajo presión de la Iglesia Católica, lo que forzó la persecución de sus miembros y el exilio de Weishaupt.

Símbolos reales:

⚬ El Mochuelo de Minerva representaba la sabiduría y la vigilancia en la oscuridad.

⚬ El Ojo que todo lo ve, aunque asociado hoy con ellos, es un símbolo cristiano y masónico; su aparición en el billete de un dólar proviene de los padres fundadores de EE. UU., no de la orden de Baviera.

𝘌𝘭 𝘮𝘪𝘵𝘰 moderno y teorías conspirativas

Tras su disolución, los Illuminati comenzaron a mezclarse con mitos y teorías conspirativas.
Se les atribuye el control secreto de gobiernos, bancos y medios de comunicación para crear un “Nuevo Orden Mundial”.
Entre las acusaciones más conocidas se incluyen la organización de la Revolución Francesa, los atentados del 11‑S y el asesinato de figuras como Abraham Lincoln y John F. Kennedy, aunque no existe evidencia histórica que lo respalde.

En la cultura pop, el gesto triangular o “Diamante” y el Ojo que todo lo ve se han interpretado como símbolos Illuminati, aunque la mayoría de expertos lo consideran estética o marketing.

Famosos señalados por el gesto:

Jay‑Z: Gesto del diamante (“The Roc”), que es el logo de su sello discográfico Roc-A-Fella Records, representando éxito y ventas “diamante”.
Teóricos lo interpretan como pirámide Illuminati.

Beyoncé: Frecuentemente hace el gesto en conciertos y videos; sus hijas han sido captadas haciendo lo mismo.
En su canción “Formation” desmiente cualquier relación con los Illuminati.

Rihanna: Popularizó el gesto durante su era “Good Girl Gone Bad”.
Teóricos afirman que representa un pacto por su ascenso a la fama.

Angela Merkel: Su gesto “Merkel-Raute” se interpreta como “Triángulo de Poder” por conspiranoicos, aunque ella lo describe simplemente como comodidad y estabilidad.

Otros: Kanye West, LeBron James, Lady Gaga, Katy Perry, Daft Punk y Jim Carrey; la mayoría utilizan estos símbolos con fines escénicos, estéticos o de parodia.

𝘋𝘪𝘧𝘦𝘳𝘦𝘯𝘤𝘪𝘢 𝘤𝘰𝘯 𝘭𝘢 Masonería

Aunque los Illuminati utilizaron logias masónicas para crecer, son organizaciones distintas.
La Masonería sigue existiendo con ritos públicos y edificios visibles, mientras que los Illuminati desaparecieron hace más de 200 años.

𝘓𝘶𝘨𝘢𝘳𝘦𝘴 asociados al mito

⚬ Grupo Bilderberg: Conferencia privada anual de líderes políticos, magnates y reyes en hoteles de lujo de Europa.

⚬ Bohemian Grove (California): Campamento exclusivo donde hombres poderosos realizan rituales simbólicos frente a un búho gigante.

⚬ Sun Valley (Idaho): Encuentros privados de CEOs y dueños de medios de comunicación.

𝘙𝘪𝘵𝘶𝘢𝘭𝘦𝘴 y leyendas urbanas

⚬ Cremación del Cuidado: Ceremonia real en Bohemian Grove donde se quema una efigie frente al búho; es simbólica, no un sacrificio humano.

⚬ Sacrificios por la fama: Teorías modernas en TikTok y YouTube afirman que artistas deben sacrificar seres queridos para alcanzar la cima; no hay evidencia.

⚬ Control mental (MK Ultra): Creencia de que se manipulan personalidades para crear “Monarcas” en la música o cine; basado en experimentos reales de la CIA, pero exagerado.

⚬ Adrenocromo: Sustancia real (adrenalina oxidada), sin propiedades mágicas; teorías de extracción de niños son falsas.

⚬ Aeropuerto Internacional de Denver: Murales con soldados, niños y ciudades en llamas, la estatua Blue Mustang y la placa de la “New World Airport Commission” generan teorías de culto; en realidad son arte y logística.

𝘌𝘯 𝘳𝘦𝘴𝘶𝘮𝘦𝘯

Los Illuminati originales fueron un grupo filosófico con fines educativos y anti-absolutistas.
La mayoría de teorías modernas sobre control global, sacrificios y simbología son exageraciones o marketing, pero su misterio sigue fascinando a la cultura contemporánea.

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X: Umbrales – Nueva Versión – Capítulo 5: El Dios del Sueño (expandido)

Nota del autor: Este capítulo fue completamente reescrito y expandido. La versión anterior tenía 500 palabras; esta versión tiene más de 2.100. Si ya lo leíste, te recomiendo leerlo de nuevo porque cambió sustancialmente. También te recomiendo visitar el índice y leer las entradas anteriores que fueron reescritas y expandidas. Índice X: Umbrales

Hoy te costó dejar la cama, Enzo. Cada vez que abrías los ojos y veías los rayos de sol que entraban por la rendija de las cortinas, los volvías a cerrar y al instante te quedabas dormido de nuevo. Te da miedo que te agarre depresión. «La cama te chupa», decía un camarógrafo que se tuvo que tomar licencia por depresión profunda.

Cuando finalmente te levantaste, tenías la boca seca y fuiste directo a buscar algo fresco a la heladera, pero al pasar por el frutero de mimbre fue como si una mano te apretara el pecho y te detuviera. Te quedaste mirándolo. Faltaban frutas. Estabas seguro de que había más bananas, más manzanas. No sabés si contaste mal o qué.

Comiste dos manzanas, como si tuvieras miedo de que fueran a desaparecer todas. En el lavadero llenaste un balde de agua y la dejaste caer en cada maceta de la galería. Solo un poco, no querías volver a llenar el balde. Por suerte hay más suculentas que otra cosa, así que no necesitan mucho cuidado.

Cuando entraste al baño, el piso estaba mojado. La tapa del inodoro estaba bajada. No recordás haberlo dejado así. Te preguntás si será que se cae sola porque están desgastadas las bisagras. No lo parece. A vos nunca se te cayó.

En cuclillas, viste que el agua caía por la unión entre la mochila y la base del inodoro, formando ese charquito en las baldosas. Sacaste la tapa de la mochila. El flotante estaba trabado contra la pared del tanque. Lo moviste hasta que el brazo encajó bien y el agua dejó de fluir. Te sentiste bien; pensabas que no ibas a poder arreglarlo.

Después agarraste dos huevos, una lata de arvejas e hiciste un mejunje que comiste de pie, directamente de la olla, apoyado en la mesada de la cocina. Tomaste un café; te olvidaste de comprar edulcorante así que le pusiste azúcar. Parecía piedra; tuviste que rasquetear con la cuchara para que se deshiciera. Ibas a prender la televisión para ver si había alguna novedad sobre la chica desaparecida. Golpearon la puerta con tres toquecitos rápidos.

Era una monja joven, de unos veintitantos, con hábito blanco hasta los tobillos y mejillas pecosas bajo el velo. Pensaste que te iba a dar un sermón, pero era todo sonrisas. Tenía los dientes chiquitos y eran tan blancos como el hábito. Le preguntaste si necesitaba algo, si estaba todo bien. Contestó que estaba todo «muy bien».

Se presentó. Le decían Vivian, pero prefería que la llamaran la monja pecadora. Le preguntaste si era un chiste. «¿Qué cosa?», te dijo. «¿Te dicen la monja pecadora?», dijiste. «Pecadora, no. Pes-ca-do-ra», te corrigió. «Tengo pecados como todo el mundo, pero no tantos para que me llamen así: la monja pescadora, acordate». Señaló una caña de pescar que estaba apoyada contra el marco de la puerta. El reel de la caña destellaba al sol. Parecía recién comprada.

Preguntó por Valeria. Le dijiste que estaba de viaje con Ignacio. Miró por encima de tu hombro y dio un paso para meterse dentro de la casa, pero te interpusiste. Entonces te preguntó cuándo volvían las reuniones. «¿Qué reuniones?», dijiste. Pero no dijo nada. Otra vez esa sonrisa radiante. Te sentiste culpable por no saber qué responderle y le dijiste que estabas solo, cuidando la casa.

Dijo que a veces pensamos que estamos solos, pero que siempre hay algo que nos acompaña. Y agregó que iba a rezar por tu soledad. Te preguntó si eras creyente.

No sabías qué responder. Siempre te equivocás con las definiciones, nunca sabés bien qué es ateo, agnóstico, etc. Te lo pueden explicar cincuenta veces y te olvidás una y otra vez. Recordaste a una compañera de trabajo que te decía que leyeras a Spinoza, que el panteísmo era lo tuyo. Pero le dijiste que solo creías que había algo más en el universo, que no alcanzaban las palabras para definirlo. Contestó, con los ojos apenas turbados, sin dejar de sonreír, que iba a rezar por tu soledad, como si te conociera.

De repente tenía una cruz en la mano que sostenía ante tu cara, como si fuera a darte la extremaunción. La cruz bien plana y la cadena gruesa eran de acero. Parecían medio truchas. «Las personas pueden fallarte, pero el Señor nunca nos abandona», dijo. Te puso en la mano el colgante. Luego agarró la caña de pescar, se dio vuelta y se fue. Mientras la veías alejarse, pensaste que no había conventos cerca, ¿de dónde había salido esa monja? Quizá hubiera una lancha amarrada en otro muelle que la esperaba. Debía ser amiga de Valeria, ya que la andaba buscando. Pero era mucho más joven, ¿amiga de dónde?

Después, hiciste lo que venías evitando. Fuiste directo a la biblioteca y sacaste el cuaderno rojo de encima de los libros de velas. Lo llevaste a la galería y te sentaste en una silla de mimbre, frente al río quieto.

Lo abriste por la primera página. Acariciaste el papel áspero como si estuvieras amansando a un animal salvaje. Ahí seguía todo. Umbrales arriba, la cinta blanca en el medio como una banda de luto descolorida invertida, y abajo el oso con esos ojos en espiral naranja que ayer te habían mareado.

Pasaste las páginas. Parecía que de un día para el otro había más anotaciones. Estaba repleto de frases perturbadoras escritas en tinta negra, con las letras cursivas redondas y meticulosas, y las otras ganchudas, ni cursivas ni imprenta, de Ignacio.

Las frases rodeaban los dibujos en el papel cuadriculado, escritas en todas direcciones. Intentabas comprender las anotaciones, pero no lograbas concentrarte. Las palabras se derramaban por la página y se hundían en un lago de significados sobre tu regazo.

Te acordaste de cómo estudiabas en el secundario. Entraste a la casa, agarraste tu anotador anillado de la mochila y te sentaste a la mesa del comedor. Con el cuaderno rojo abierto a tu lado, te pusiste a copiar en tu anotador las frases que más te llamaban la atención.

Empezaste por la segunda página. No parecía haber un inicio claro, así que ibas anotando lo que más te inquietaba. Ahí, rodeando a un animal con X por ojos que no quisiste distinguir qué era, decía: para volverse blanco hay que cruzar el umbral oscuro. Era la letra de Ignacio. Con la otra letra se leía: Si se falta a una celebración, en la próxima hay que quedarse meditando frente a la reliquia. Y así seguiste anotando, tratando de no mirar las X que tenían por ojos los dibujos:

La vergüenza es un umbral.

Solo pueden ver la reliquia quienes ya cruzaron.

Lo que ocurre durante la celebración es secreto, no se debe contar a ningún extraño.

Deben alejarse de los familiares o seres queridos que no aceptan el resultado del blanqueamiento.

La marca no es obligatoria, pero recomendada.

El fin es sostener la ilusión de la vida.

Ir para atrás es ir para adelante.

Nadie es responsable por lo que hacen los oscuros.

Hay que atravesar el vacío, no esquivarlo.

El blanco es como el sol, ciega, una experiencia de la que no se puede volver atrás.

Copiaste, como un monje devoto, algunas reglas más que no terminabas de entender. Tenías los dedos entumecidos y la espalda te dolía de doblarte sobre el cuaderno.

Cerraste el cuaderno y lo dejaste boca abajo. No querías seguir mirando esa X pintada en la tapa. La misma X que tenían por ojos los dibujos de los animales. Tenían que ser de Martín. Y la letra redonda, de Valeria.

¿En qué se habrían metido Ignacio y Valeria? La casa atraía gente rara que decía cosas más raras todavía. Y ahora este cuaderno con reglas, entre libros de sociedades secretas. ¿Habrían intentado armar algo así? ¿O era solo una forma de procesar la muerte de Martín?

Cuando te levantaste de la silla, las piernas se te habían dormido. Caminaste como un zombi hasta el dormitorio de tus amigos, arrastrando los pies, con ese hormigueo doloroso. Recién cuando llegaste se te fue. Ibas a dejar el cuaderno sobre los manuales de velas, pero preferiste esconderlo debajo de la cama. Lo empujaste hacia el centro, bien lejos del borde; no querías tenerlo a mano.

Cuando volvías por el pasillo largo, escuchaste otra vez ese sonido. No era un grito sofocado como el de ayer. Parecía una voz que se lamentaba por algo, como un llanto. Fueron unos segundos. En cuanto te acercaste a la puerta con el teclado numérico, el sonido cesó. Te llevaste las manos a los oídos para asegurarte de que tus prótesis auditivas seguían funcionando. Al cubrirlos, las prótesis acoplaron, quejándose con esos chiflidos molestos. Ningún problema, andaban bien.

De vuelta en el comedor, guardaste el anotador en tu mochila. Te tiraste en el sofá y prendiste la televisión. En las noticias no decían nada de la joven desaparecida. Inflación creciente, jubilados marchando al congreso, estudiantes tomando un colegio, la publicidad de una concesionaria de autos del Tigre.

Se puso el sol. Como no tenías hambre, exprimiste dos naranjas y te tomaste el jugo. Viste que en la mesa estaba el colgante que te había regalado la monja y te lo pusiste. Después, como si el acero de la cadena te diera alergia en el cuello, te lo sacaste y lo dejaste en el cajón de la mesita de luz de tu habitación.

Te preguntás qué haría otro en tu lugar. Pero no hay otro, Enzo. Estás vos solo. ¿No?

Me contás que la soledad en esta casa es más tolerable que la de tu departamento en la ciudad. Allá, desde que te dejó Sook-jae, cada vez que volvías del supermercado te daban ganas de llorar. Te aguantabas hasta que la noche llegaba y el sueño era una bendición. Se borraba Sook-jae, vos mismo te borrabas, la Tierra se borraba.

Te preguntás si el sueño será tu dios. Eso deberías haberle dicho a la monja. Que no creés en Dios. Creés en el Sueño. A veces soñaste cosas que después pasaron. Es lo único raro en lo que creés. No creés en OVNIS, ni en fantasmas, ni en la astrología, ni en conspiraciones rebuscadas. El sueño es tu única conexión con lo trascendente. Con la vida y con la muerte. Antes de dormir te sacás las prótesis auditivas. Tus oídos descansan.

Vos no escuchás voces en los sueños, no sabés si por la hipoacusia o por qué. Nunca. Pero meses después de que Sook-jae te dejó, mientras soñabas, una voz te gritó, alegre: «¡Papá!». Pensaste que tenías que reaccionar. Que un posible hijo tuyo del futuro esperaba que hicieras algo específico para existir. Ese día, cuando saliste a la calle, viste un montón de carritos de bebé. Pensaste que estaban ahí para vos. Y luego, que Sook-jae volvía ese mismo día. No había dudas.

«Ese delirio de mierda», me decís. Ignacio te explicó que un delirio es como un dolor de panza. Nadie tiene la culpa de que le duela la panza. «Vos no sos responsable de que tu cabeza te haya traicionado», te dijo.

Extrañás la voz de Ignacio. No era solo que siempre era él el que llamaba, vos no sabés si es por tu problema de audición, pero no se te da por llamar a nadie. Incluso cuando murió Martín, no eras vos el que llamaba, era él. Antes de que te pusieras en pareja con Sook-jae, cuando ya no había otros amigos porque estaban todos casados y con hijos, Ignacio se aparecía en tu casa en los cumpleaños y pasabas la noche con él. No te dejaba solo. Se bajaban una botella de whisky, tocaban la guitarra, él cantaba. Hasta habían compuesto unas canciones. Una se llamaba Cuánta verdad. Ahora te preguntás a qué verdad se referían.

Creías que Ignacio había llevado bien la muerte de Martín, pero te das cuenta de que estabas equivocado. Que de ahí en más nunca fue lo mismo. Cuando volviste a estar solo, y él volvió a visitarte, ya no tocaban la guitarra, ni componían canciones. Solo se emborrachaban y hablaban sobre la vida. Y él a veces te contaba que deseaba a otra mujer, pero siempre volvía a ponderar a Valeria, como un titiritero que empieza a acomodar sus muñecos en su baúl para que no se estropeen después de una función.

En su casa, te preguntás cómo hicieron él y Valeria para mantener su relación. La mayoría de las parejas que pierden un hijo se separan, pero la unión de ellos pareció crecer ante el infortunio. ¿A qué costo?

No lo sabemos, Enzo. Por lo menos no hoy. Lo único que te digo es que no es normal que aparezcan tantas personas con comportamientos extraños todos los días. ¿Se están turnando? ¿Qué te querrán hacer ver?

Es tarde. Si el sueño es tu dios… tal vez ya sea hora de ir a buscarlo.

Pensé que eran 20 años, pero WordPress me acaba de mandar la felicitación: son 19. Igual, casi dos décadas compartiendo historias acá. ¡Cuánto tiempo! ¡Gracias a los que están desde el comienzo!

– Adrián Gastón Fares

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El Cuaderno Rojo – X: Umbrales – Cap. 4 [Versión Nueva]

Enzo, esta mañana te levantaste con la remera pegada a la espalda y fuiste hasta la heladera a tomar agua fría de la botella. Cuando cerraste la puerta de la heladera te diste cuenta de que el silencio era demasiado grande. Pensaste que todo el mundo en la isla seguía durmiendo. Te llevaste las manos a las orejas. Te habías olvidado de ponerte las prótesis auditivas, algo que no te pasa casi nunca. Así que volviste a tu cuarto y te las pusiste.

No fue tanta la diferencia, el canto de algunos pájaros desconocidos, el murmullo lejano del agua. Hasta abriste la puerta para ver si escuchabas algo, pero estaba todo muy tranquilo.

Luego, mientras le dabas unos golpes a la cafetera para que empezara a gotear, pensaste en qué hacer. El café estaba tibio, dejaste la taza por la mitad y fuiste a buscar una escoba. Saliste a la galería y barriste el polvo y las hojas secas de los tablones de madera. Pasaste las cerdas de la escoba por los ángulos de las columnas para sacar las telarañas.

Cruzaste el interior de la casa y bajaste por la escalera trasera al fondo. Probaste las llaves hasta dar con la que abría el cuarto de herramientas. Había más sillas de plástico blancas apiladas que otra cosa, pero encontraste un machete.

Cortaste los yuyos altos que estaban pegados a los pilotes de la casa. Recordaste que Ignacio, hace muchos años, te habló de problemas con las termitas. Te metiste bajo la casa, pero no viste rastros del polvillo que dejan esos bichos. Por un momento, sentiste como si alguien estuviera a tus espaldas, pero no te diste vuelta. Subiste a la casa y caminaste de un lado a otro. Luego te comiste, de pie al lado de la mesa, el sándwich de jamón y queso que habías traído desde tu departamento en un tupper. El pan lactal estaba seco en los bordes y gomoso.

No querías cocinar nada. Sook-jae era gastronómica y se dedicaba a preparar viandas veganas que eran riquísimas, incluso para vos que no sos vegano. Pero había mucha competencia y tenía poco trabajo.

Y vos con lo de la película fallida ni tenías trabajo, por eso estaban siempre juntos. Cuando se fue, alguien te dijo que era una relación tóxica. Me decís que ojalá todas las relaciones fueran tóxicas así. ¿Te referís a que preferís eso a no verse nunca?

Te tiraste en el sofá y te quedaste dormido. Un golpe a la puerta te despertó. Se notaba que debían estar llamando desde antes. Abriste y había una mujer gorda.

Le calculaste unos setenta años, el pelo sin teñir, con las canas reluciendo al sol. La saludaste y te preguntó cuánto hacía que estabas en la casa. Le dijiste que tres días. Te preguntó si el tiempo pasaba más rápido en la isla o más lento. Le dijiste que pasaba rápido, que parecía que recién habías llegado. Asintió con la cabeza. Y te mostró una bolsa de plástico que traía. «Es su comida», te dijo. «¿De quién?», le preguntaste. «La de ella», agregó. «¿Quién es ella?», le dijiste. Sonrió y agitó la cabeza, como si fueras un nene travieso.

No te quedó otra que aceptar la bolsa. La mujer te dio un beso en la mejilla y te susurró al oído: «Chau, Guardián». Después se fue. No le preguntaste el nombre. Ibas a preguntarle cómo se llama mientras se alejaba, pero la curiosidad por saber qué tensaba la bolsa fue más grande.

Sacaste la bandeja y los cubiertos de plástico, y los dejaste en la mesa. El olor a ajo y salsa de soja se metió en tus narices como un mosquito. Despegaste el film de la bandeja y viste los compartimentos: arroz blanco en uno, kimchi en otro, tiras de tofu frito en el tercero. Te quedaste mirando la bandeja abierta como si fuera la boca de un pez abisal.

No lo podías creer. Un dosirak. Sook-jae los preparaba siempre y los comían en el parque de la Facultad de Agronomía, sentados bajo los árboles.

Aunque la vida te familiarizó, como a todos, decís, con estas coincidencias nefastas, sentiste que tu cuerpo se desinflaba. Inhalaste rápido y largaste todo el aire que pudiste, como si la mesa se hubiera prendido fuego y quisieras apagarlo.

Devolviste la vianda a la bolsa. De arriba de la heladera agarraste la caja de pastelería, con esa mano que parecía momificada adentro, y lograste meterla también, aunque apenas entraba. Saliste tan rápido que casi te resbalas en uno de los tablones de la escalera.

En el muelle, tiraste la bolsa al río. Quedó enganchada en un camalote hasta que la corriente la empujó. Observaste cómo el agua se la llevaba.

Volviste a la casa y la necesidad de no quedarte adentro fue imperiosa. Te pusiste la campera de jean, agarraste las llaves. Recién te diste cuenta de que estabas caminando fuera de la casa a los cincuenta metros.

Encontraste el almacén que había aparecido en tu memoria. Si no lo encontrabas ibas a tener que desamarrar la lancha y cruzar el río. Ignacio te había enseñado a usarla, como si previera lo que iba a pasar. Pero no hizo falta.

En la puerta del almacén había un hombre durmiendo en una silla de jardín. Te acercaste y notaste que debía andar por los sesenta largos y que tenía una cicatriz en zigzag en una mejilla. Dijiste «hola» como tres veces. Pero no se inmutó. Parecía estar soñando porque los ojos se movían frenéticamente detrás de los párpados.

Salió una señora y negó con la cabeza. Te preguntó qué necesitabas. Ni entraste en el almacén. Señalaste bananas, naranjas y manzanas.

A la vuelta, sorpresa, Enzo. Otra más.

Había pequeños cambios en la casa. La puerta de la heladera estaba entreabierta. Y habían arrancado un pedazo grande del queso fresco que trajiste de la ciudad. En el baño, la tapa del inodoro estaba bajada (vos nunca la bajabas, Sook-jae te lo recriminaba). Y por un momento te pareció escuchar ese sonido grave, como si alguien intentara gritar con una mano que le tapaba la boca.

Te sacaste las prótesis auditivas. El sonido desapareció. Al ponértelas otra vez, volvió. Te hizo pensar que debés estar más sordo. Pero no era un momento adecuado para reparar en eso. Seguiste el sonido.

Fuiste por el pasillo largo a la habitación cerrada. Acercaste la cabeza al teclado numérico de acceso, pero la fuente del sonido te pareció más lejana. No provenía de ese lugar.

Entonces pensaste que no habías entrado a la habitación de Martín. Abriste la puerta como si diera al pasadizo de una pirámide. Sobre la cama viste juguetes de superhéroes de animé, juegos de mesa apilados, peluches raídos. Todo estaba amontonado como si quisieran convertir la cama en otra cosa. Hasta levantaste un muñeco de pelo rojo en punta que estaba en el piso y lo pusiste junto a los otros. Te acercaste a un ropero bajo, pero claramente el sonido no venía de ahí.

Fuiste al dormitorio de tus amigos. La cama estaba hecha. Solo había un poco de polvo sobre el edredón blanco. Lo demás impecable. A la izquierda de la ventana que da al fondo, viste una biblioteca de madera con estantes hasta el techo. A tu altura había varios libros de nombres para bebés, novelas de escritores rusos (recordaste que Ignacio admiraba a Tolstói) y autoediciones de autores argentinos que no conocías. La mayoría eran libros de poesía con títulos simples: Las hojas, El arroyo, Los sauces, La corriente.

Te agachaste y notaste que los estantes de abajo estaban repletos de libros sobre cómo hacer velas. Ignacio y Valeria son psicólogos. No recordabas que a ninguno de los dos se le diera por dedicar su tiempo libre a eso.

Ya en puntas de pies, trataste de ver qué libros había arriba de todo. Eran más altos. Parecían de decoración o de arquitectura. Al subirte a la escalera plegable descubriste que esos solo apretaban, como pisapapeles, a libros más antiguos y voluminosos.

Uno de esos libros tenía un triángulo dorado en el lomo, con rayos que salían del centro. Lo sacaste y viste que en la tapa decía Amanecer Dorado: o la luz del gran futuro. Otro tenía el símbolo de una luna llena entre dos lunas crecientes. En la tapa estaba escrito El libro de las sombras. El lomo de otro decía AMORC. Lo moviste y viste que el título era Manual de la Hermandad Blanca Rosacruz. Había uno también titulado Los esenios. Hijos de la luz.

Agarraste otro con el lomo totalmente negro. Ordo Templi Orientis, decía la tapa. En la primera página, una foto de un hombre pelado con mirada penetrante y el dedo índice clavado en la mejilla, como si estuviera pensando en algo importante. «Aleister Crowley», decía abajo. Otro, más gastado, era Isis sin velo de H. P. Blavatsky.

Había varios muy chiquitos de Editorial Kier, que conocés porque tiene una librería sobre avenida Santa Fe, cerca de donde vivís. Una vez entraste a buscar libros de leyendas guaraníes para un guion.

Y así había más libros con combinaciones de siglas raras que ni moviste, porque te llamó la atención un cuaderno rojo pequeño atrapado entre esas ediciones vetustas. Lo sacaste. La textura era áspera, de esos cuadernos escolares de tapa dura con nervaduras. En la tapa había una X grande dibujada con esmalte sintético blanco, cuyas puntas tenían gotones, como si la hubieran pintado con un pincel grueso. Al abrirlo, pareció caer algo de polvo blanco al suelo.

En la parte inferior de la primera página había un dibujo, en crayón, de una especie de oso con ojos más grandes que las orejas y una luna creciente sobre su cabeza. Los ojos grandes del oso eran espirales del mismo color naranja que el resto del dibujo. Y en la parte superior, escrita con perfecta letra cursiva redonda decía: Umbrales. En el medio había una cinta de tela blanca pegada por el doblez inferior, con los extremos superiores cortados en pico y caídos hacia los lados.

De repente, se te dio por mirar hacia la cama. No sabés por qué. Y al volver a mirarlo, el cuaderno se te escapó de las manos. La escalerita se balanceó y casi te caés. El cuaderno quedó abierto de par en par en el piso, con las tapas hacia arriba.

En cuclillas, lo diste vuelta y viste más dibujos torpes en crayón con animales de varios colores: jirafas, leones, tiburones. Algunos animales, un gato, un perro, tenían las patas retorcidas. Todos tenían X por ojos. Alrededor de los dibujos el cuaderno estaba lleno de anotaciones con la caligrafía redonda en cursiva y otras con la letra ganchuda de Ignacio. Leíste frases que no quisiste, o no pudiste, retener.

Casi al final, diste con un dibujo hecho con palitos. Un redondel de cabeza, un triángulo de vestido, dos brazos con manos de tres líneas, como rayos, y dos líneas paralelas de piernas. La cabeza contenía una raya de boca y de ojos… dos X.

Como para escapar, volviste a la primera página y te pareció que el moño blanco era un lazo de luto invertido. Te diste cuenta de que hacía rato que no escuchabas el sonido grave que te había guiado a ese dormitorio. Entonces, al fijar la vista en los espirales, que eran la única variación en los ojos dibujados de ese cuaderno, te mareaste y te sentaste en el piso. Dejaste el cuaderno en la biblioteca, sobre los libros de hacer velas.

Cuando te levantaste, lo único que pudiste hacer fue salir a tomar aire.

Miraste el cielo desde la galería, con los codos en la baranda. Hacía rato que no veías tantas estrellas. No pudiste evitar volver a pensar en Sook-jae. «Las estrellas las vemos todos», decís. Pensaste si ella también las estaría viendo, como vos. Eso te hizo darte cuenta de lo inefable de la distancia. Y en ese momento las estrellas brillaron menos. Todas parecían moños blancos pinchados en el cielo con chinchetas. En cualquier momento se iban a caer uno por uno a la Tierra.

Te pareció escuchar sonidos que antes no escuchabas. Te diste vuelta y viste una polilla grande atrapada dentro de la lámpara de arriba de la puerta. Discernías el golpe sordo, repetido cada vez que el insecto chocaba contra la tulipa. Recordaste un libro de Steinbeck, donde dice que cada persona tiene su canción familiar. Esa debía ser la canción familiar de la polilla, pensaste, otra no le quedaba. Apagaste la luz de la galería.

Decidiste escribirme, decís, porque necesitabas volcar todo esto en algún lugar para leerlo, como si después lo fueras a copiar en otro como hacías a veces con tus guiones para descubrir errores. Y antes de enviarlo me pedís perdón. No hace falta, Enzo, que me pidas perdón.

Pero no escapes. Aunque vos solo estás cuidando la casa, te dijeron «Guardián». ¿Por qué?

Cuando puedas, leé el cuaderno rojo. De a poco.

Son las 1:25 AM. Escribime cuando quieras.

por Adrián Fares

Pueden leer la traducción de este capítulo al inglés en la expansión de este blog: adrianfares.substack.com

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