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La arquitectura del estigma: La construcción social de la figura de la bruja.
El estigma no es un fenómeno espontáneo, sino un artefacto cultural diseñado para segregar aquello que desafía las estructuras de poder establecidas. En el caso de la brujería, la transformación de la mujer sabia, partera o conocedora de la botánica en una figura de maldad absoluta respondió a una necesidad de control social y uniformidad religiosa. Este proceso de estigmatización se fundamentó en la deshumanización del otro, convirtiendo conocimientos empíricos en supuestos pactos sobrenaturales para justificar la persecución y el despojo.
La construcción de este prejuicio funcionó como una herramienta de cohesión para la mayoría, que encontró en la figura de la "bruja" un chivo expiatorio para explicar desastres naturales, enfermedades o crisis económicas. Al etiquetar conductas independientes o conocimientos fuera del canon oficial como desviaciones peligrosas, las sociedades coloniales y europeas solidificaron jerarquías de género y clase. El estigma, una vez internalizado por la colectividad, permitió que la violencia fuera percibida no como un crimen, sino como un acto necesario de purificación y defensa del bien común.
Lamentablemente el estigma sobrevive en la actualidad bajo nuevas etiquetas. La mecánica de señalar, ridiculizar y marginar a quienes operan en los márgenes del pensamiento hegemónico sigue siendo la misma. La comprensión de esta construcción social es indispensable para identificar y entender cómo se fabrican los prejuicios contemporáneos y cómo la historia ha utilizado el miedo a lo diferente para suprimir la autonomía individual y la diversidad de saberes.
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