Las criadas de 1969: ángeles malignos en el lavadero de las conciencias
En 1969, la revista Kena, ese manual de vida aspiracional para las señoras de la época, decidió «estudiar» a las criadas. Sí, así, con todo el desdén que encierra el término. Como si fueran personajes de una novela costumbrista ajena, escrutadas desde la comodidad de un sillón tapizado, mientras sus vidas eran ignoradas con la misma eficacia que sus derechos. Augusto Monterroso, con su habitual tono irónico, se sumó al tema en su texto Las criadas, pintando un retrato que oscila entre el elogio cruel y la resignación ante un sistema que perpetúa las desigualdades.
Monterroso las «ama». Las ama porque son irreales: llegan, limpian, aguantan, pero no terminan de pertenecer a la vida que sostienen. Las ama porque no buscan su «Mary Poppins». No, estas mujeres no buscan a una señora ideal que les resuelva todos sus problemas—que, dicho sea de paso, incluyen no solo jornadas eternas y miserias económicas, sino también tragedias desgarradoras como el abuso sexual por parte de un hermano mayor, según Monterroso menciona como si fuera un pie de página de menor relevancia. ¿Cómo puede alguien observar todo eso y seguir viendo las estructuras sociales que las explotan como un mal menor?
«Las amo», dice, «porque siempre dicen sí, pero no». Esa frase encapsula la resistencia silenciosa de quienes, a pesar de estar atrapadas en un sistema que no les ofrece ninguna Mary Poppins, enfrentan la vida con una sonrisa y un sí, pero no. Mientras las señoras ruegan que no abandonen el lavadero y les agradecen con una aspirina, estas mujeres no se rinden a la servidumbre completa. Llegan, limpian y se marchan, llevando consigo una comprensión más profunda de los seres humanos, y quizás un poco más de sus mezquindades.
Pero el punto más oscuro del texto radica en su indiferencia hacia el trasfondo de las criadas. Monterroso menciona su contexto—padres dependientes, hermanos menores, y el abuso—como si fueran detalles coloridos en la acuarela de su ironía. No son detalles menores: son las cicatrices de una sociedad que las ha condenado a ser «las otras», las invisibles, las explotadas. Amar a las criadas desde este lugar no es amor: es un intento literario de embellecer su tragedia.
¿La moraleja? Las criadas no necesitan «amor» irónico ni discursos grandilocuentes que perpetúen su invisibilización. Necesitan derechos, reconocimiento y dignidad. Pero claro, eso no cabe en las páginas de una revista como Kena, ni en un texto que romanticiza el mal necesario que sostenía las vidas de quienes podían darse el lujo de ignorarlo.
Las criadas de Augusto Monterroso
Amo a las sirvientas por irreales, porque se van, porque no les gusta obedecer, porque encarnan los últimos vestigios del trabajo libre y la contratación voluntaria y no tienen seguro ni prestaciones ni; porque como fantasmas de una raza extinguida llegan, se meten a las casas, husmean, escarban, se asoman a los abismos de nuestros mezquinos secretos leyendo en los restos de las tazas de café o de las copas de vino, en las colillas, o sencillamente introduciendo sus miradas furtivas y sus ávidas manos en los armarios, debajo de las almohadas, o recogiendo los pedacitos de los papeles rotos y el eco de nuestros pleitos, en tanto sacuden y barren nuestras porfiadas miserias y las sobras de nuestros odios cuando se quedan solas toda la mañana cantando triunfalmente; porque son recibidas como anunciaciones en el momento en que aparecen con su caja de Nescafé o de Kellog’s llena de ropa y de peines y de mínimos espejos cubiertos todavía con el polvo de la última irrealidad en que se movieron; porque entonces a todo dicen que sí y parece que ya nunca nos faltará su mano protectora; porque finalmente deciden marcharse como vinieron pero con un conocimiento más profundo de los seres humanos, de la comprensión y la solidaridad; porque son los últimos representantes del Mal y porque nuestras señoras no saben qué hacer sin el Mal y se aferran a él, le ruegan que por favor no abandone esta tierra; porque son los únicos seres que nos vengan de los agravios de esas mismas señoras yéndose simplemente, recogiendo otra vez sus ropas de colores, sus cosas, sus frascos de crema de tercera clase ocupados ahora con crema de primera clase ahora un poquito sucia, fruto de sus inhábiles hurtos. Me voy, le dicen vigorosamente llenando una vez más sus cajas de cartón. Pero por qué. Porque sí (¡oh libertad inefable!) Y allá van, ángeles malignos, en busca de nuevas aventuras, de una nueva casa, de un nuevo catre, de un nuevo lavadero, de una nueva señora que no pueda vivir sin ellas y las ame; planeado una nueva vida, negándose al agradecimiento por lo bien que las trataron cuando se enfermaron y les dieron amorosamente su aspirina por temor a que al otro día no pudieran lavar los platos, que es lo que en verdad cansa, hacer la comida no cansa. Amo verlas llegar, llamar, sonreír, entrar, decir que sí; pero no, siempre resistiéndose a encontrar a su Mary Poppins-Señora que les resuelva todos los problemas, los de sus papás, los de sus hermanos menores y mayores, entre los cuales uno las violó en su oportunidad; que por las noches les enseñe en la cama a cantar do-re-mi, do-re-mi hasta que se queden dormidas con el pensamiento puesto dulcemente en los platos de mañana sumergidos en una nueva ola de espuma de detergente fab-sol-la-si, y les acaricie con ternura el cabello y se aleje sin hacer ruido, de puntillas, y apague la luz en el último momento antes de abandonar la recámara de contornos vagamente irreales.
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