El aliento de la muerte
Salía de las chimeneas de las casas; de los extractores. Se deslizaba sigilosa, filtrándose por los agujeros de las alcantarillas en plena noche, tiñendo el aire de la ciudad con olor a sangre. Los incautos noctámbulos que lo respiraban cambiaban de inmediato su desenfadada ebriedad por un instinto maníaco; casi asesino. Era el aliento de la muerte, que enrarecía el ambiente y perturbaba las células de cuantos pulmones lo inhalaran. Su sombra procedía de un indeterminado más allá, y su eco solo era escuchado por las mentes predispuestas. Aquel insistente soniquete disfrazado de goteo o escape no dejaba dormir a cuantos se cruzaban en su camino. Al final, la única vía de escape era el suicidio o abandonarse a sus instintos.
En pocos días, la calle principal de aquella bulliciosa ciudad se convirtió en una avenida fantasma. Luego, el mortífero aliento se impulsó de forma inteligente hacia arriba, mecido por el viento, en busca de nuevos lugares que conquistar…










