"—Entonces —aventuró la reina—, debes haber visto algo. En ella. En Tavore Paran...
Pero Krughava negó con la cabeza.
—Todo lo que sabía de ella... todo lo que sabía, bueno, llegó de las visiones de los senescales. El Dios Caído estaba herido. Sufría un gran dolor. Como una bestia, como cualquiera de nosotros, atacó a sus torturadores. En aquel punto fue más lobo que nosotros. O hubiera deseado serlo. Alteza, un cuchillo en su garganta sería piadoso, para tantos... debes entenderlo, tanto ha convergido ahora para alimentarse de su dolor, para beber el dulce veneno de su sangre enfebrecida. Más incluso, al presenciar su aprisionamiento y su agonía, se sintieron elevados... los hizo sentir poderosos, y ese poder solo entiende una moneda de cambio: la crueldad. Al fin y al cabo, ¿no ha sido esa siempre nuestra forma de actuar?
—¿Los sueños de los senescales, Krughava? ¿Qué ofrecían?
—Una alternativa. Una salida. En aquellos sueños había una mujer, una mortal, inmune a todas las magias, inmune a la seducción del sufrimiento eterno del Dios Caído. Y sostenía algo en su mano, era pequeño, sí, tanto que nuestros soñadores no fueron capaces de discernir de qué se trataba, mas no se lo quitaban de la cabeza... oh, ¡no se lo quitaban nunca de la cabeza!
—¿Qué sostenía? —preguntó Abrastal, inclinándose hacia delante—. Debes tener una idea.
—¿Una idea? Ay, tengo cientos, alteza. Lo que ella sostenía contenía el poder para liberar al Dios Caído. Tenía el poder de desafiar a los dioses de la guerra, y a cualquier otro dios. Era un poder para arrebatar la vida a la venganza, a la retribución, al castigo merecido. El poder para quemar la mismísima seducción del sufrimiento. —Su mirada titiló con la luz del farol —. ¿Te imaginas algo así?"