"Mas, y aquí residía la imposible contradicción, su hermano no había sentido ni un latido de odio en toda su vida. Su alma era implacablemente incapaz de tal emoción. Podía estar en medio del fuego y no arder. Podía permanecer quieto frente a aquellos rostros deformes, aquellas manos que intentaban aferrarlo, y... y... nada.
Oh, Yedan, ¿qué es lo que aguarda en tu interior? ¿Te has entregado por completo a las necesidades de la Orilla? ¿Eres uno con ella? ¿Has experimentado siquiera un momento de duda? ¿Lo ha experimentado ella?
Ella comprendía la seducción de aquella llamada. La absolución a través de la entrega, el total rechazo de uno mismo. Vaya si lo comprendía, pero no confiaba en ello.
Cuando quien ofrece bendiciones predica así sobre la obediencia absoluta del suplicante... cuando exige, de hecho, la esclavitud voluntaria del alma... no, ¿cómo podría tener el menor peso moral una fuerza así?
La Orilla ordena que nos rindamos a ella. Ordena que nos entreguemos como esclavos para gloria de su amor, para la dulce pureza de su bendición eterna.
Hay algo ahí que no encaja. Algo... monstruoso. Nos ofreces libertad de albedrío, pero manifiestas que alejarnos de ti es rechazar cualquier esperanza de gloria, de salvación. ¿Qué clase de libertad es esa? (...)
La Orilla carecía de rostro. La Orilla no era un dios, sino una idea, una conversación eterna entre fuerzas elementales. Mutable, y un así inmutable por toda la eternidad. No era algo con lo que se pudieran hacer tratos, ni un ente con personalidad, mercurial y con tendencia al rencor. La Orilla, había creído ella, no exigía nada.
Y sin embargo, allí se encontraba ahora. Sentía el viento disecado que soplaba desde la playa de huesos."



