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¿Sabían que Miguel Ángel Buonarroti volcó gran parte de su mundo emocional y afectivo en su correspondencia y poemas dedicados a hombres?

Aunque la historia del arte tradicionalmente intentó ocultar o suavizar su inclinación sexual, los registros históricos y sus propios escritos muestran una profunda devoción hacia jóvenes como Gherardo Perini o el noble Tommaso dei Cavalieri. A este último, el artista le dedicó más de trescientos sonetos y madrigales cargados de un lenguaje apasionado que iba mucho más allá del afecto platónico común en el Renacimiento. Sobrinos y biógrafos posteriores de Miguel Ángel, como su sobrino nieto Michelangelo el Joven, alteraron los pronombres masculinos por femeninos en las ediciones de sus poemas para proteger la reputación del genio frente a la censura de la época.

En su obra visual, esta sensibilidad se manifiesta en la representación del cuerpo masculino, donde el estudio anatómico detallado revela una fascinación que trasciende lo artístico. Miguel Ángel nunca se casó y mantuvo una vida personal marcada por la austeridad y la reclusión, pero su legado literario permanece como una prueba documental de su orientación sexual y de los vínculos afectivos que marcaron su vida. La transparencia de sus versos hacia Cavalieri, a quien conoció cuando el artista ya tenía cincuenta y siete años, demuestra una entrega intelectual y física que desafió las convenciones sociales de su tiempo.

— A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso

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🫟 𝑪𝒖𝒓𝒊𝒐𝒔𝒊𝒅𝒂𝒅𝒆𝒔 🫟

Hasta Miguel Ángel tenía que pensar en qué iba a cenar.
Y lo hizo como podía: con lo que tenía a mano.
El 18 de marzo de 1518, escribió una lista de la compra en el reverso de una carta que acababa de recibir de Bernardo Niccolini.
El papel no se tiraba así como así, y menos alguien acostumbrado a trabajar con encargos, cartas y bocetos.
Se reutilizaba.
Y eso fue exactamente lo que hizo.
Pero lo que hace especial esa lista no es el reciclaje.
Son los dibujos.
Pequeños, rápidos, casi esquemáticos: panes, peces, platos.
No están ahí por estética.
Están ahí por necesidad.
Se cree que los hizo para que quien tuviera que comprar o preparar la comida —probablemente un criado— pudiera entenderlo aunque no supiera leer bien.
No es una genialidad pensada para la historia.
Es alguien resolviendo un problema práctico.
Y ahí es donde aparece lo interesante.
De repente, el hombre que pintó la Capilla Sixtina y esculpió el David baja de ese pedestal en el que lo hemos colocado y se vuelve reconocible.
Porque no está creando una obra eterna.
Está pensando en la cena.
Necesita pan, vino, pescado, espinacas, tortelli.
Nada grandioso.
Nada simbólico.
Solo comida.
Hay otro detalle que encaja con su tiempo.
En esa lista casi no hay carne, y no es casualidad.
Está escrita en plena Cuaresma, cuando la tradición cristiana marcaba restricciones claras en la alimentación.
Por eso aparecen el pescado y otros productos más acordes con ese periodo.
Incluso en algo tan simple como una lista doméstica, se cuela la época en la que vivía.
Y eso le da más valor.
Porque no es un documento sobre su arte, ni sobre sus encargos, ni sobre su fama.
Es un trozo de vida cotidiana.
Algo que no estaba destinado a durar, pero que lo ha hecho.
Y que permite verlo sin la carga del mito.
Al final, lo que queda no es solo la curiosidad.
Es la sensación de cercanía.
Que alguien capaz de dejar obras inmortales también tuvo días normales.
Días en los que había que comer, organizarse y tirar de ingenio para que no faltara lo básico.
Y en uno de esos días, sin pretenderlo, dejó una de las imágenes más humanas que tenemos de él.
No es una obra maestra.
Pero dice mucho más de lo que parece.

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