/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/
El frasco apareció sin anuncios ni respaldo científico.
Solo una frase mínima en la etiqueta: “Elimina tus imperfecciones físicas en 24 horas”.
Lo llamaron Dermaluz.
Al principio fue un secreto bien guardado.
Después, una obsesión colectiva.
Granitos borrados.
Estrías desvanecidas.
Cicatrices diluidas como si nunca hubieran existido.
La piel amanecía lisa, tensa, casi irreal.
La gente pagaba lo que fuera.
No querían gustarse.
Querían ser intocables.
El gel era frío, transparente, con un leve olor metálico.
Te lo aplicabas antes de dormir.
Ardía unos segundos.
Nada grave.
El precio parecía pequeño comparado con el milagro.
El problema no empezó en la piel.
Empezó en los huecos.
Una chica eliminó la cicatriz de su rodilla.
A la semana ya no recordaba la caída.
Ni la bicicleta.
Ni al vecino que la ayudó a levantarse.
Un hombre borró una quemadura del brazo.
Después olvidó el incendio.
Luego el nombre del amigo que murió dentro.
Una mujer quitó la marca de su cesárea.
Días más tarde miraba a su hijo con una expresión limpia.
Demasiado limpia.
Como si no hubiera dolor previo.
Como si no hubiera historia.
El gel no corregía imperfecciones.
Editaba el pasado.
Cada marca es memoria comprimida.
Cada arruga es tiempo vivido.
Cada herida es una versión anterior de ti que sobrevivió.
Pero la perfección no admite cicatrices.
Ni recuerdos incómodos.
Con el uso continuado, los clientes empezaron a parecerse entre sí.
No físicamente.
En la mirada.
Brillante.
Vacía.
Como muñecos recién sacados de la caja.
El laboratorio cerró sin explicación.
Los responsables desaparecieron.
Aún se venden frascos en foros privados.
Carísimos.
Sin instrucciones.
Dicen que si lo usas demasiadas veces, no desapareces tú.
Desaparece todo lo que te hizo humano.
Y te quedas hermoso.
Hermoso y completamente hueco.
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𝑪𝒂𝒓𝒍 𝑻𝒂𝒏𝒛𝒍𝒆𝒓: 𝒄𝒖𝒂𝒏𝒅𝒐 𝒍𝒂 𝒐𝒃𝒔𝒆𝒔𝒊𝒐́𝒏 𝒄𝒓𝒖𝒛𝒐́ 𝒕𝒐𝒅𝒐𝒔 𝒍𝒐𝒔 𝒍𝒊́𝒎𝒊𝒕𝒆𝒔 





