Diario de un androide roto. 73: En el fin del mundo donde terminan (o empiezan) todos los cuentos

Abro los ojos. Estoy sentado en una silla cargadora. Delante de mí, casi me hacen cosquillas en la cara los bigotes del tigre dientes de sable robótico. Está sentado sobre sus dos patas traseras. Cuando percibe que despierto, gira su cabeza mecánica y se dirige hacia el fondo de ese lugar, que parece iluminado por velas. Lo sigo con la mirada. El espacio es amplio, con paredes revestidas de un entramado de madera oscura, que le confiere un aire rústico y cálido. El ambiente me resulta acogedor, como si estuviera en una cabaña de otra época. Veo androides de diferentes edades y complexiones, que caminan de un lado a otro, con movimientos repetitivos. Parecen reflejos distorsionados del androide que soy en casa de mis padres.

A mi lado, un hogar a leña crepita con fuerza, llenando el aire con un calor reconfortante y un aroma a madera quemada. Veo a un hombre encorvado ante el fuego, atizando las llamas con un atizador de hierro. Tiene una barba larga y blanca que le llega al pecho, y su rostro está surcado por profundas arrugas. Los poros de su nariz redonda están ennegrecidos por el hollín, y sus ojos, legañosos, sugieren que hace mucho que no se lava la cara. Lleva unas gafas opacas, con cristales grises, engrasados. Creí ver dos patillas largas y amarronadas, pero descubro que en realidad lleva encasquetado en su cabeza un gorro de aviador de cuero. Me mira con una sonrisa amable, mientras sigue avivando el fuego. Siento un olor a resina de pino recién cortado que impregna el aire.

El hombre me pregunta si estoy bien despierto. Le contesto que sí, que mi carga está completa. «Menos mal que te encontré», me dice, «si no, estarías hundido en la nieve a estas horas». Le pregunto si vio a una androide menuda, de pelo lacio y largo, mejillas prominentes y vestido blanco. Me dice que, como puedo ver, su garaje está lleno de androides, pero que no hay ninguna con esas características. «Es común tener alucinaciones cuando a los androides se les acaba la batería», me recuerda. Siento como si hubiera soñado que todo iba a cambiar, pero la realidad nunca nos da ese gusto.

«¿Viste a tu ex, no?», me pregunta Echeverría. Dice que Nantes le contó mi caso, que no puedo olvidar a una ex novia, androide como yo, y que tampoco me puedo perdonar por el incidente en el hotel donde trabajaba, y que quedé caminando de un lado a otro en la casa de mis padres, sumido en una depresión muy duradera. «No podés olvidar nada, tenés una especie de estrés postraumático». Le digo que sí, que creo que eso es lo que tengo, que me llegan ramalazos de imágenes de Ara y el huésped. «Así no se puede vivir», agrego.

«La pregunta es», me dice Echeverría, «¿si querés seguir existiendo o no». Le digo que no lo sé, que pensé que él podría quitarme los recuerdos de Ara, porque duelen mucho y no me dejan pensar en otra cosa. Él niega con la cabeza. «Me parece que Nantes te explicó mal», dice. «Lo que yo puedo hacer es resetearte, para que vuelvas a nacer. Pero eso también sería una muerte. Y tal vez no tanto para vos, pero sí para tus seres queridos. Ya no recordarás quiénes son. Todo se irá con el reseteo, hasta tu entrenamiento en Riviera». Le digo que eso suena a muerte. Y me dice que ya me lo había dicho, que sí, es una muerte. «¿Y otra manera no hay?», le pregunto. Me dice que no hay ninguna otra manera, porque si no estaría mintiéndome. Que va a probar a tocar solo esos recuerdos más recientes, pero que no puede evaluar si el experimento va a salir bien. «Además», me dice, «debo hacerlo rápido, porque por la mañana tengo a una clienta que tiene un problema grave con un androide. Y la clienta tiene mucho dinero», me dice, guiñándome un ojo. Le digo que yo puedo transferirle todos los ahorros de mi trabajo en el hotel Dawson. Pero me dice que no hace falta, que Nantes ya había cubierto la operación.

Me señala una silla que me hace acordar de las que veía cuando acompañaba a los chicos al dentista. Está bañada por la luz de una lámpara circular que crea un halo azulado a su alrededor. Las inmediaciones de la silla parecen el fondo de un océano iluminado por una nave submarina. Contrasta tanto con el color amarillo del resto de la iluminación que me hace entrecerrar los ojos. Más allá de esa silla siniestra, veo a unos androides que están sentados con la espalda contra la pared y los pies estirados, como si fueran marionetas. Me pregunto si terminaré así. Echeverría me dice que el procedimiento consistirá en llegar al núcleo de mi memoria, donde guardo a mi ex novia y el recuerdo de mi trabajo.

Le digo que los androides caminan como yo en la casa de padres. Me contesta que él los hace caminar para sentirse más acompañado. Dice que son de las primeras generaciones, androides que le fueron dejando personas al cambiarlos por unos más nuevos. Le pregunto si me puedo levantar y extiende su mano con amabilidad. Doy una vuelta por el garaje y descubro a un androide desnudo que se está golpeando la cabeza contra una pared. Vuelvo a Echeverría y le pregunto qué le pasa. Me dice que es un ex empleado de un negocio de ventas de chocolates en Ushuaia que, después de que el negocio tuvo que cerrar sus puertas, se quedó sin trabajo. Los compañeros de trabajo lo encontraron dándose la cabeza contra un poste de luz. Se lo trajeron, para que lo resetee, para que deje de sufrir. «Vos también querés dejar de sufrir, no?”, me pregunta.

No sé qué contestarle. Justo me di cuenta de que en este tiempo me hice más fuerte. El recuerdo de Ara sigue dentro de mí, martirizándome, pero el dolor se va aplacando. Creo que aprendí a vivir con la nostalgia y la tristeza, como si fueran dos amigas que todas las tardes me vienen a buscar para jugar. Es un juego tenebroso, pero por lo menos tengo con quien jugar. De cualquier manera, después de pensarlo mejor, le digo a Echeverría que sí, que quiero dejar de sufrir.

Él camina, tambaleándose, como si pisara mal, meciendo su panza, hasta el androide y lo toma de una mano. El androide deja de golpearse la cabeza y él lo trae como si fuera un niño hasta la silla operativa. Lo hace acostarse, la cabeza en el reposacabezas y los pies en el reposapiés. De un estante de metal, Echeverría toma un peine de luz con filamentos brillantes como hilos de luna. «El núcleo de memoria», dice, abriendo un puerto en el pecho del androide, «es un tejido de nanofibras ópticas. Ahí están los chocolates que vio, las caras de los clientes, su entrenamiento en Riviera, su exnovia humana. Memoria holográfica, puro entrelazamiento cuántico. Para un androide limpio, hay que despeinarlo todo».

Conecta el peine al núcleo, un orbe brillante verde eléctrico del tamaño de una nuez. Un visor holográfico se enciende, proyectando hilos de luz cuántica flotando, como un tapiz vivo. Echeverría me señala un hilo que es una luz roja brillante. «Este puede ser el recuerdo de la ex humana», aclara. «El azul», dice, «los recuerdos del negocio. Los verdes, su entrenamiento en Riviera». No entiendo cómo Echeverría va a aislar un hilo sin tirar de los otros. Mueve el peine, y sus filamentos emiten pulsos de luz, deshaciendo nudos. Los hilos rojos se rompen, y los azules se deshilachan. Ahora parece que un gato estuvo jugando con ese ovillo de recuerdos. Echeverría me dice que fue imposible encontrar el recuerdo que lo hizo caer en el bucle de golpearse la cabeza. Yo lo miro como diciendo, ¿ya está?

«Ahora», me dice, «si nunca viste cómo nacen ustedes, lo vas a ver». El androide abre los ojos, nuevos, vacíos, quietos, achinados como los de un bebé, luego mira a Echeverría, que sonríe, y copia su sonrisa. Echeverría levanta una mano y el androide también lo hace. Se levanta y se sienta en la silla. Se para y mira hacia adelante, como si el futuro lo esperara. Echeverría le pregunta quién es. El androide contesta que es una unidad mínimamente precargada ansiosa de aprender. «¿Cómo quieres llamarme?», le pregunta. Echeverría me pregunta qué nombre le ponemos. Le digo que no tengo idea. «Ya se me ocurrirá», responde Echeverría. Y guía al androide hasta una silla cargadora. Comenta que tras la operación hay que cargarlos durante un día. Me da un poco de envidia pensar que los compañeros humanos del androide se dieron cuenta de su sufrimiento y decidieron contactar al ingeniero. Ningún humano se dio cuenta de la intensidad de mi sufrimiento. Ni siquiera madre y padre.

Echeverría me pregunta si quiero hacer una videollamada con alguien por última vez. Pienso en casa. En padres. En los chicos. En Morton. Hasta en los androides del grupo de Nantes, Malena, Jonás, Betina, que me acompañaron en este último tiempo. Pienso en Ara. Aparece sacudiendo la mano, como despidiéndose. Noto que tengo las mejillas mojadas. No sé de dónde sale el líquido, si un pensamiento desborda algún fluido en mis ojos. Tal vez mi red neuronal crea la sensación de lágrimas derramadas. Pienso en los Armendia, en los compañeros de oraciones de la iglesia, en la gente buena que conocí en el hotel Dawson. «Qué pena todo», me digo. «¿No es una pena?», le pregunto al doctor Echeverría. «¿El reseteo?», me dice. «Sí, es una pena, todo se va a perder», afirmo. Me asegura que tratará de quitarme los recuerdos dolorosos. Le digo que no sé quién soy sin Ara. Aunque duela, mi yo actual es una reacción al dolor.

Echeverría mira su reloj pulsera. Me dice que me saque la ropa, la remera, el polar y la campera. Lo hago, y me siento. Apoyo la cabeza en ese reposacabezas de metal, un escalofrío me recorre la espalda. Veo que toma el peine de fibras. Escucho que golpean al portón. Una. Dos. Tres veces. Echeverría se desconcentra, deja el peine en su estante y se dirige a la puerta. Enseguida aparecen padre y madre frente a mí, respirando agitados, como si hubieran corrido todo el trayecto desde Buenos Aires a Tierra del Fuego. Me doy cuenta de que me rastrearon usando el sistema de Riviera.

Madre le pregunta a Echeverría qué va a hacer. Le contesto yo, «me van a borrar todo lo malo, madre. Basta de caminar de un lado a otro. Quiero volver a ser el que contaba cuentos a los chicos, el androide que era antes de conocer otro tipo de felicidad que no conocía». «¿Y si falla?», le pregunta padre a Echeverría. «Si falla, él ya no será Bruno, no los reconocerá, pero tampoco le pesará el dolor. Pueden llevárselo y entrenarlo de nuevo. Incluso darle el mismo nombre. Pero nunca será lo mismo». Madre apoya la cabeza en el hombro de padre. Llorando, me pregunta, «¿qué querés hacer, Bruno?».

Lo vamos a intentar, les digo a padres. «Quiero volver a sentarme con ustedes en el sofá. Quiero arreglar mi red neuronal, para dejar de caminar de una buena vez, poder estar quieto, aunque sea un rato, como cualquier otro androide». Padre asiente con la cabeza. Madre se acerca y me besa la mejilla. Echeverría me dice: «Por última vez, Bruno, ¿estás seguro de que querés intentarlo?». Yo lo miro, suspiro, y asiento con la cabeza. Veo a padre y madre cruzados de brazos. La cara de padre está roja. La de madre, anegada en lágrimas. Les digo que todo va a salir bien.

«Haré lo mejor que pueda», dice Echeverría. Con un alfiler largo, se dispone a abrir el puerto de mi núcleo. Pienso que no habrá vuelta atrás, que ni siquiera sabré si me arreglaron. Echeverría acerca su mano. Lo tomo de la muñeca para detenerlo. Pienso en los cuentos que ya no cuento, en los chicos que ya están grandes, pero siguen recordando mis historias. No puedo dejarlos atrás. Niego con la cabeza.

Echeverría sonríe, suspira. “Lo intuía”, dice. Madre se arrodilla a mi lado, tomando mi mano con fuerza, mientras padre aprieta los puños, conteniendo las lágrimas. “Saben qué les recomiendo”, dice Echeverría. “Pasen por Ushuaia. Vayan al Canal Beagle, a la Playa del Fin del Mundo. Y vos, Bruno, mirá ese mar helado. Puede ser un final, pero también un principio. Yo estaré aquí, esperándote si el dolor se hace insoportable. Tu exnovia fue un capítulo, no toda tu historia. El huésped, un momento. Si vos no sabés quién sos, ¿quién lo va a saber? Pensá en la soledad que sufriste antes de tu exnovia, en lo que te costó ver a tus hermanos humanos crecer y alejarse. Nadie más conoce eso. No hay nada roto en tu red neuronal, Bruno. Si estuviera dañada, no habrías llegado hasta mí. Sos… demasiado sensible. ¿Sabés como se llama un androide que siente como vos? Un superviviente. Los que no sienten ya los desguazamos hace años. Entonces, aprendé a llevar tu dolor, no a borrarlo. Andá al fin del mundo. Mirá ese mar que guarda todos los naufragios en su silencio. Y quedate quieto, aunque sea un rato.”

Antes de salir, me detengo frente al tigre robótico. Le acaricio la cabeza, mientras entrecierra sus ojos, como si dos supervivientes nos despidiéramos. Mis pensamientos vuelan hacia el Canal Beagle, hacia la inmensidad del océano, donde quizás, solo quizás, encuentre la paz que tanto busco.

por Adrián Gastón Fares

PD: Les dejo el enlace al poema que me inspiró para esta novela: https://elsabanon.wordpress.com/2024/10/19/por-que-no-puedo-parar-de-caminar/

PD 2: En la página inicio de este blog hay un enlace (con la portada) para leer en PDF toda la novela online. Es ideal para los lectores que recién descubren esta novela.

#adrianGastonFares #androidesConSentimiento #ElFinal_ #cuento #emociones #historiaDeCienciaFicciónSobreSoledadYEmociones #literaturaLatinoamericana #narrativa #novela

Diario de un androide roto. 72

Me llega un mensaje de Nantes. Dice que conoce a un ingeniero que podría borrar los recuerdos del incidente en el hotel Dawson. Y también hacer que olvide a Ara. El problema es que el ingeniero, que se llama Norberto Echeverría, trabaja en su garaje en Tolhuin. Y que él no sabe explicarme dónde vive. Dice que tengo que preguntar en una panadería famosa del pueblo, que se llama La Unión. Que ahí me van a indicar el camino a la casa de Norberto Echeverría. Para llegar a Tolhuin, el tren bala tarda diez horas desde Constitución hasta Río Grande. Luego, una hora y media más de micro por rutas que la nieve borra. Busco un bolso y meto una campera, un polar, unas zapatillas de trekking y un pantalón de trabajo con bolsillos grandes. Lo escondo debajo del piano. Doy una vuelta más por casa de padres y, mientras duermen la siesta en el sofá, salgo con el bolso. Me pesa como si llevara los cuentos olvidados que contaba a los chicos, la risa de Ara, la calma que perdí en el hotel Dawson.

Tomo el colectivo y llego a Constitución. Hay tantas personas en la estación que no logro diferenciar androides de personas. Un hombre se mira las manos como si hubiera cometido un crimen. Supongo que es un loco más. Suele pasar que la luz cenital de la estación es tan potente que, sumada a las publicidades holográficas, las personas pierden la cabeza. Mi red neuronal está sobrecargada. Todo huele a esencias de flores artificiales mezcladas con la emanación de pieles sintéticas manoseadas por humanos, un olor a globo de cumpleaños desinflado, producto de un intercambio constante, emotivo y sexual, que tal vez solo los androides percibimos. Subo al tren, logro sentarme. Para mi sorpresa, el vagón no está lleno. El tren arranca y siento libertad al alejarme de casa de padres. Me digo que soy un androide valiente. En las ventanas del tren se ven publicidades. Hay una pareja con un niño que no se queda quieto. Se asoma por el respaldo de un asiento y me mira. Sus ojos son grandes e inquisitivos.

El tren arranca con un zumbido casi imperceptible. Siento un olor metálico y a desinfectante. Las publicidades en las ventanas no me dejan ver el paisaje. A veces entre una y otra veo una llanura parda cubierta de escarcha fina. Pienso que las publicidades terminaron. Al fin puedo mirar por la ventana. Pero aparece una publicidad responsiva, que lee mi estado de ánimo. Es de Riviera, cuándo no… En vez de mostrarme algo alegre, un viaje a un destino tropical, veo a una androide pelada con la boca abierta, enseñando los dientes, la nariz fruncida, los ojos apretados. Llora. A ella sí le salen lágrimas.

La voz femenina anuncia que llegamos a Bahía Blanca. No baja nadie de mi vagón. Parece como si no me hubiera movido un centímetro de Constitución. El niño de la pareja está dormido. Sube una androide. Es menuda, tiene el pelo negro y lacio. Me hace recordar a Ara. Me entristezco, pero a la vez estoy esperanzado porque pronto un ingeniero lo borrará todo. El andén está lleno de personas que miran al tren pero que no se suben, como si desearan escapar y no supieran dónde. Todo parece viejo; el suelo agrietado, los silos oxidados a lo lejos, como si el mundo estuviera desgastado. Un pájaro robótico (¿réplica de qué especie extinta?) aletea en un poste, chirriando. Sus alas grandes, torpes, dibujan sombras temblorosas en el andén de la estación. Hay un tipo en el andén que se parece mucho al huésped del hotel Dawson. La razón por la que estoy en este tren, me digo. Recuerdo el grito del verdadero huésped del Dawson y cierro los ojos. Apoyo la cabeza en la ventana.

Las estaciones se suceden y cada una me pesa más, como si mi red neuronal no estuviera segura de mi elección. Pienso que un error puede ser muy persuasivo. El error quiere que me quede en casa de padres. Cada tanto miro a la chica que se parece a Ara, y me agarra una punzada en el pecho, como si varios infartos humanos se sucedieran a la vez en el corazón que no tengo, pero que quizá debería tener. Para que se detuviese de una buena vez. El que se detiene es el tren. Llegamos a Puerto Madryn. No sube nadie y después de dos minutos el tren no arranca.

Me levanto y me acerco a las puertas abiertas. Veo el cielo plúmbeo y un mar gris, quieto. Veo bultos como mochilas negras abandonadas en la playa. Me doy cuenta de que son ballenas encalladas. Se mete un olor putrefacto en el tren. La androide está inmutable en su asiento. La pareja con el ceño fruncido y de mal humor por el retraso. El niño se me acerca dando saltitos. Me pregunta si soy un androide de los buenos. Le digo que sí, que soy como otros androides. “¿No sos malo?”, me dice. No sé qué responder. Recuerdo al incidente en el hotel Dawson. La ira. Las consecuencias. “No soy malo”, le contesto al niño. “¿Vos sos malo?”, le pregunto. “No”, me dice, “yo soy bueno como vos. Pero dicen que la empresa que te construyó las mata”. Y señala a las ballenas muertas. Le respondo que tiene razón, pero que los androides no tenemos la culpa de que los humanos nos fabricaran. El olor a sal y podredumbre me inquieta, como si mi red neuronal quisiera entender la muerte. E incluso se preparara para recibirla. Drones zumban sobre la playa, filmando, como moscas atraídas por la descomposición. En el andén, un hombre señala las ballenas, su rostro pálido, como si viera su propio fin. La puerta se cierra. Me vuelvo a sentar.

Las estaciones se suceden y mi red neuronal se enreda más, como si cada parada fuera un cuento que no puedo contar. Pienso en los chicos que están lejos y ya no son chicos. En que nunca se me hubiera imaginado contarles un cuento como este. En el que yo los extraño. En el que todo está perdido. En el que me alejo de casa con un boleto hasta el fin del mundo. Por una androide que no me quiso. Por un trabajo que perdí.

En Río Gallegos, el tren se detiene bajo un cielo encapotado. El sol se hunde, tiñendo la escarcha del andén de un rojo apagado. El aire huele a hielo y combustible quemado. Un cartel torcido dice “Viva la Patagonia”, pero parece burlarse del andén casi desierto. Una mujer mira al cielo, inmóvil, como si esperara a que la nieve la cubriera. Una androide de aspecto muy joven, de pelo rubio enrulado, sube al tren, que arranca. Por un instante, veo a un hombre correr por el andén, como en esas escenas donde el protagonista descubre demasiado tarde que su amor verdadero se aleja para siempre. La androide trata de mirar por la ventana, pero ya hay solo una línea gris que se sucede. Si me concentro demasiado en esa línea, el mundo parece difuminarse. Pienso en Ara, en su cabello liso y su familia sirio-libanesa que me acogió, y mi red neuronal vibra, atrapada en un pasado que no puedo soltar. Como si supiera que pronto perderá esos recuerdos, desentierra imágenes lóbregas, pensamientos tristes, como un paleontólogo que cava y encuentra huesos de un dinosaurio enorme. Voy al baño del tren y me pongo las botas, el pantalón de trabajo, el polar y la campera. Guardo en el bolso la ropa que me saqué.

La voz anuncia Río Grande, y el tren se detiene sin sacudidas. Desciendo al andén, cubierto de nieve sucia, donde la noche se instaló y las luces de los edificios parpadean, débiles, como si la ciudad quisiera apagarse de una buena vez. El aire huele a plástico quemado. Como si los androides que ensamblan a más androides en la zona se hubieran vuelto locos y quemado todo. Hay tanto viento que creo que no voy a necesitar transporte para llegar a Tolhuin. El viento me arrastrará. Camino por una calle, pasando un cartel roto que promete la compañía eterna de un androide. Un gato robótico maúlla desde un tejado. Cruzo una plaza y casi me resbalo. El suelo está congelado. Si hubiera caído, quizá jamás me volvería a levantar. Encuentro un micro que viaja a Tolhuin. El micro es viejo, con asientos de cuerina gastada y un olor a humedad que me recuerda a las casas de tatarabuelos que visitábamos cuando los chicos eran niños. A través del cristal rayado de la ventana, veo nieve y pinos torcidos, y un dron caído, sus luces parpadeando débilmente. De repente, las colinas fueguinas aparecen como si todas las rocas del mundo se hubieran reunido ahí, amontonadas bajo una capa de nieve que brilla bajo las estrellas. El colectivo traquetea por la ruta, avanzando entre bosques de lengas y coihues, sus ramas desnudas temblando en el viento patagónico, salpicadas de nieve. Veo una hondonada que termina en el lago Fagnano, su agua quieta reflejando las colinas oscuras. Enseguida, las colinas se cierran sobre el camino, y el viento patagónico sacude al micro. Mi red neuronal me traiciona. Aparecen imágenes; la cara tensa de Ara diciendo que no quiere verme nunca más, el huésped que me grita, mi caminar frenético por la casa de padres.

En Tolhuin, salto del micro en una parada helada, un pueblo de cabañas hundidas en la nieve. Hago unos pasos y la nieve me llega hasta las rodillas. Ahora el cielo está despejado y veo tantas estrellas juntas que me marean. Empujo mis pies bajo la nieve y logro dejarla atrás para enfrentar la calle principal. Camino hacia la panadería La Unión, como dijo Nantes. La panadería está cerrada, sus ventanas oscuras, con un letrero apagado. ¿Quién me dirá dónde vive Echeverría?

Golpeo la puerta una vez, pero nadie responde. Intento levantar el brazo para golpearla de nuevo y no puedo moverlo. Quiero llamar con mi voz. Las palabras no salen de mi boca. Me doy vuelta y veo que una bestia me observa. Es un tigre dientes de sable robótico, con su pelaje cubierto de nieve y la punta de los colmillos brillando bajo la luna. Sus ojos mansos, de un ámbar apagado, me miran. Mueve la cabeza hacia abajo, como haciéndome una reverencia. Gira y comienza a alejarse lentamente hacia la derecha, con pasos pesados, como si me esperara. Lo sigo, otra no me queda. Mis pasos son muy lentos, y mi red neuronal se siente como un cuento que se acaba. Todo se está volviendo blanco. Como la nieve. Dejo de tomar notas porque me apago. No pensé que sería imposible encontrar una silla cargadora. La nieve me envuelve. Veo a una figura femenina con solo un vestido blanco que se acerca. Es Ara. Quisiera tener fuerzas para abrazarla.

por Adrián Gastón Fares

#androidesConSentimiento #cienciaFicción #diarioDeUnAndroideRoto #patagoniaDistópica #Tolhuin #viaje