Diario de un androide roto. 72
Me llega un mensaje de Nantes. Dice que conoce a un ingeniero que podría borrar los recuerdos del incidente en el hotel Dawson. Y también hacer que olvide a Ara. El problema es que el ingeniero, que se llama Norberto Echeverría, trabaja en su garaje en Tolhuin. Y que él no sabe explicarme dónde vive. Dice que tengo que preguntar en una panadería famosa del pueblo, que se llama La Unión. Que ahí me van a indicar el camino a la casa de Norberto Echeverría. Para llegar a Tolhuin, el tren bala tarda diez horas desde Constitución hasta Río Grande. Luego, una hora y media más de micro por rutas que la nieve borra. Busco un bolso y meto una campera, un polar, unas zapatillas de trekking y un pantalón de trabajo con bolsillos grandes. Lo escondo debajo del piano. Doy una vuelta más por casa de padres y, mientras duermen la siesta en el sofá, salgo con el bolso. Me pesa como si llevara los cuentos olvidados que contaba a los chicos, la risa de Ara, la calma que perdí en el hotel Dawson.
Tomo el colectivo y llego a Constitución. Hay tantas personas en la estación que no logro diferenciar androides de personas. Un hombre se mira las manos como si hubiera cometido un crimen. Supongo que es un loco más. Suele pasar que la luz cenital de la estación es tan potente que, sumada a las publicidades holográficas, las personas pierden la cabeza. Mi red neuronal está sobrecargada. Todo huele a esencias de flores artificiales mezcladas con la emanación de pieles sintéticas manoseadas por humanos, un olor a globo de cumpleaños desinflado, producto de un intercambio constante, emotivo y sexual, que tal vez solo los androides percibimos. Subo al tren, logro sentarme. Para mi sorpresa, el vagón no está lleno. El tren arranca y siento libertad al alejarme de casa de padres. Me digo que soy un androide valiente. En las ventanas del tren se ven publicidades. Hay una pareja con un niño que no se queda quieto. Se asoma por el respaldo de un asiento y me mira. Sus ojos son grandes e inquisitivos.
El tren arranca con un zumbido casi imperceptible. Siento un olor metálico y a desinfectante. Las publicidades en las ventanas no me dejan ver el paisaje. A veces entre una y otra veo una llanura parda cubierta de escarcha fina. Pienso que las publicidades terminaron. Al fin puedo mirar por la ventana. Pero aparece una publicidad responsiva, que lee mi estado de ánimo. Es de Riviera, cuándo no… En vez de mostrarme algo alegre, un viaje a un destino tropical, veo a una androide pelada con la boca abierta, enseñando los dientes, la nariz fruncida, los ojos apretados. Llora. A ella sí le salen lágrimas.
La voz femenina anuncia que llegamos a Bahía Blanca. No baja nadie de mi vagón. Parece como si no me hubiera movido un centímetro de Constitución. El niño de la pareja está dormido. Sube una androide. Es menuda, tiene el pelo negro y lacio. Me hace recordar a Ara. Me entristezco, pero a la vez estoy esperanzado porque pronto un ingeniero lo borrará todo. El andén está lleno de personas que miran al tren pero que no se suben, como si desearan escapar y no supieran dónde. Todo parece viejo; el suelo agrietado, los silos oxidados a lo lejos, como si el mundo estuviera desgastado. Un pájaro robótico (¿réplica de qué especie extinta?) aletea en un poste, chirriando. Sus alas grandes, torpes, dibujan sombras temblorosas en el andén de la estación. Hay un tipo en el andén que se parece mucho al huésped del hotel Dawson. La razón por la que estoy en este tren, me digo. Recuerdo el grito del verdadero huésped del Dawson y cierro los ojos. Apoyo la cabeza en la ventana.
Las estaciones se suceden y cada una me pesa más, como si mi red neuronal no estuviera segura de mi elección. Pienso que un error puede ser muy persuasivo. El error quiere que me quede en casa de padres. Cada tanto miro a la chica que se parece a Ara, y me agarra una punzada en el pecho, como si varios infartos humanos se sucedieran a la vez en el corazón que no tengo, pero que quizá debería tener. Para que se detuviese de una buena vez. El que se detiene es el tren. Llegamos a Puerto Madryn. No sube nadie y después de dos minutos el tren no arranca.
Me levanto y me acerco a las puertas abiertas. Veo el cielo plúmbeo y un mar gris, quieto. Veo bultos como mochilas negras abandonadas en la playa. Me doy cuenta de que son ballenas encalladas. Se mete un olor putrefacto en el tren. La androide está inmutable en su asiento. La pareja con el ceño fruncido y de mal humor por el retraso. El niño se me acerca dando saltitos. Me pregunta si soy un androide de los buenos. Le digo que sí, que soy como otros androides. “¿No sos malo?”, me dice. No sé qué responder. Recuerdo al incidente en el hotel Dawson. La ira. Las consecuencias. “No soy malo”, le contesto al niño. “¿Vos sos malo?”, le pregunto. “No”, me dice, “yo soy bueno como vos. Pero dicen que la empresa que te construyó las mata”. Y señala a las ballenas muertas. Le respondo que tiene razón, pero que los androides no tenemos la culpa de que los humanos nos fabricaran. El olor a sal y podredumbre me inquieta, como si mi red neuronal quisiera entender la muerte. E incluso se preparara para recibirla. Drones zumban sobre la playa, filmando, como moscas atraídas por la descomposición. En el andén, un hombre señala las ballenas, su rostro pálido, como si viera su propio fin. La puerta se cierra. Me vuelvo a sentar.
Las estaciones se suceden y mi red neuronal se enreda más, como si cada parada fuera un cuento que no puedo contar. Pienso en los chicos que están lejos y ya no son chicos. En que nunca se me hubiera imaginado contarles un cuento como este. En el que yo los extraño. En el que todo está perdido. En el que me alejo de casa con un boleto hasta el fin del mundo. Por una androide que no me quiso. Por un trabajo que perdí.
En Río Gallegos, el tren se detiene bajo un cielo encapotado. El sol se hunde, tiñendo la escarcha del andén de un rojo apagado. El aire huele a hielo y combustible quemado. Un cartel torcido dice “Viva la Patagonia”, pero parece burlarse del andén casi desierto. Una mujer mira al cielo, inmóvil, como si esperara a que la nieve la cubriera. Una androide de aspecto muy joven, de pelo rubio enrulado, sube al tren, que arranca. Por un instante, veo a un hombre correr por el andén, como en esas escenas donde el protagonista descubre demasiado tarde que su amor verdadero se aleja para siempre. La androide trata de mirar por la ventana, pero ya hay solo una línea gris que se sucede. Si me concentro demasiado en esa línea, el mundo parece difuminarse. Pienso en Ara, en su cabello liso y su familia sirio-libanesa que me acogió, y mi red neuronal vibra, atrapada en un pasado que no puedo soltar. Como si supiera que pronto perderá esos recuerdos, desentierra imágenes lóbregas, pensamientos tristes, como un paleontólogo que cava y encuentra huesos de un dinosaurio enorme. Voy al baño del tren y me pongo las botas, el pantalón de trabajo, el polar y la campera. Guardo en el bolso la ropa que me saqué.
La voz anuncia Río Grande, y el tren se detiene sin sacudidas. Desciendo al andén, cubierto de nieve sucia, donde la noche se instaló y las luces de los edificios parpadean, débiles, como si la ciudad quisiera apagarse de una buena vez. El aire huele a plástico quemado. Como si los androides que ensamblan a más androides en la zona se hubieran vuelto locos y quemado todo. Hay tanto viento que creo que no voy a necesitar transporte para llegar a Tolhuin. El viento me arrastrará. Camino por una calle, pasando un cartel roto que promete la compañía eterna de un androide. Un gato robótico maúlla desde un tejado. Cruzo una plaza y casi me resbalo. El suelo está congelado. Si hubiera caído, quizá jamás me volvería a levantar. Encuentro un micro que viaja a Tolhuin. El micro es viejo, con asientos de cuerina gastada y un olor a humedad que me recuerda a las casas de tatarabuelos que visitábamos cuando los chicos eran niños. A través del cristal rayado de la ventana, veo nieve y pinos torcidos, y un dron caído, sus luces parpadeando débilmente. De repente, las colinas fueguinas aparecen como si todas las rocas del mundo se hubieran reunido ahí, amontonadas bajo una capa de nieve que brilla bajo las estrellas. El colectivo traquetea por la ruta, avanzando entre bosques de lengas y coihues, sus ramas desnudas temblando en el viento patagónico, salpicadas de nieve. Veo una hondonada que termina en el lago Fagnano, su agua quieta reflejando las colinas oscuras. Enseguida, las colinas se cierran sobre el camino, y el viento patagónico sacude al micro. Mi red neuronal me traiciona. Aparecen imágenes; la cara tensa de Ara diciendo que no quiere verme nunca más, el huésped que me grita, mi caminar frenético por la casa de padres.
En Tolhuin, salto del micro en una parada helada, un pueblo de cabañas hundidas en la nieve. Hago unos pasos y la nieve me llega hasta las rodillas. Ahora el cielo está despejado y veo tantas estrellas juntas que me marean. Empujo mis pies bajo la nieve y logro dejarla atrás para enfrentar la calle principal. Camino hacia la panadería La Unión, como dijo Nantes. La panadería está cerrada, sus ventanas oscuras, con un letrero apagado. ¿Quién me dirá dónde vive Echeverría?
Golpeo la puerta una vez, pero nadie responde. Intento levantar el brazo para golpearla de nuevo y no puedo moverlo. Quiero llamar con mi voz. Las palabras no salen de mi boca. Me doy vuelta y veo que una bestia me observa. Es un tigre dientes de sable robótico, con su pelaje cubierto de nieve y la punta de los colmillos brillando bajo la luna. Sus ojos mansos, de un ámbar apagado, me miran. Mueve la cabeza hacia abajo, como haciéndome una reverencia. Gira y comienza a alejarse lentamente hacia la derecha, con pasos pesados, como si me esperara. Lo sigo, otra no me queda. Mis pasos son muy lentos, y mi red neuronal se siente como un cuento que se acaba. Todo se está volviendo blanco. Como la nieve. Dejo de tomar notas porque me apago. No pensé que sería imposible encontrar una silla cargadora. La nieve me envuelve. Veo a una figura femenina con solo un vestido blanco que se acerca. Es Ara. Quisiera tener fuerzas para abrazarla.
por Adrián Gastón Fares
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