«Empieza así, desde el mismo inicio de la obra, el motivo de la mano de la dama como único elemento real —aunque forzosamente idealizado y emblematizado hasta el culmen— sobre el que pivotará el proceso de identidades veladas y finalmente descubiertas y reducidas a una, pues esa mano fijada en la memoria del amante, y forma eficiente de toda una arquitectura corporal que don Melchor edifica a su libre arbitrio y caprichosa imaginación de idealidades, será la prueba conclusiva que reordene el caos, al final, y dé paso al desenlace convenido en el que todo, o la mayor parte de lo desbordado, vuelva a su cauce inicial. Don Melchor ha contemplado una mano con los parámetros de belleza entonces vigentes, y piensa —desde el idealismo amoroso en el que está instalado, el correspondiente al código del amor neoplatónico— que tal mano es el signo metonímico de un conjunto corporal que, por fuerza, no puede distorsionar de la extremidad contemplada, sino confirmarla con creces. Un razonamiento cien por cien neoplatónico (las cosas son escasos reflejos cualitativos de las ideas) q Ventura —señalar el contrapunto jocoso y hasta devaluador es su misión— intenta derribar con la ecuación contraria: si Melchor piensa q la parte es partícipe del todo, Ventura propone justamente lo opuesto. Ambos acuden a las facecias del acervo folklórico de la época para ilustrar, con cierto humor, sus respectivas hipótesis. Melchor se reafirma en las correspondencias de la armonía renacentista y en los presupuestos del amor cortés y Ventura saca a colación las apariencias y los engaños que hacen la esencia del vivir barroco. Uno actúa desde la idealidad q corresponde al plano social superior de los dos que corren paralelos en la comedia, en tanto que el otro lo hace instalado en el realismo socarrón q caracteriza acostumbradamente el plano inferior.»
(G. Torres Nebrera, «Introducción», en La celosa de sí misma, Cátedra, 2005, pp. 54-55)
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