«Don Melchor [el protagonista de "La celosa de sí misma"] no es ni típico galán de comedia, ni vergonzoso en la corte, ni hombre pobre interesado solamente en el dinero, ni galán ridículo, ni hijo que se rebela contra la autoridad paterna, ni puede ser encajado en ningún otro patrón o estereotipo, aunque posea rasgos de todos ellos. El personaje de don Melchor deberá mantener al público en vilo con respecto a sus motivaciones y su carácter. Por un lado, su evidente interés por el dinero, por casarse con una dote, puede hacerle parecer despreciable. Pero por otro lado, su inseguridad de sí mismo, sus dudas, su intento de rebelión contra la autoridad paterna, su sentimiento de vergüenza, deberán ganarle la simpatía del espectador. Con características positivas y negativas, el personaje de Melchor deberá mantener al público suspendido entre esas dos emociones. Como un auténtico personaje teatral, Melchor será contradictorio, ambiguo, bueno y malo, simpático y despreciable al mismo tiempo. Sus motivaciones no serán siempre evidentes, por la sencilla razón de que no son evidentes para él mismo. Su invención de una personalidad social basada en un personaje convencional de la comedia, le convertirá en otro don Quijote, excepto que lejos de ser producto de la locura, esta personalidad es un escudo tras el cual ocultará la vergüenza y humillación que le causa el verse forzado a casarse con la mujer rica que ha seleccionado su padre. Lo paradójico de Melchor será que, a pesar de que se rebela contra esta imposición paterna, en realidad no solo la acepta sino que la anhela, aunque preferiría que fuera acompañada por el amor.»
(José María Ruano de la Haza, «Tirso a escena: la construcción del personaje de Don Melchor, en "La celosa de sí misma"», Cuadernos de Teatro Clásico, 18, 2004, p. 189)
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