/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/
No fue el fuego lo primero que sentí.
Fue el silencio.
Un silencio espeso, antiguo, que no necesitaba gritar para doler.
A mi lado, Dante caminaba sin mirarme.
Sabía el camino.
Yo no.
El primer lugar parecía tranquilo.
Demasiado.
Almas que respiraban sin esperanza, sin castigo visible.
Nadie lloraba.
Nadie pedía nada.
Comprendí que aquello era el Limbo: estar cerca del cielo y saber que jamás volverías a verlo.
Más abajo, el aire se volvió violento.
Vientos que no empujaban cuerpos, sino recuerdos.
Amantes girando sin tocarse nunca más.
La Lujuria no castigaba el deseo, castigaba la incapacidad de detenerlo.
El suelo se volvió barro.
Lluvia negra.
Hambre.
En la Gula, las bocas seguían abiertas aunque ya no quedara nada que tragar.
Comer había sido su consuelo.
Ahora era su condena.
Después vinieron los pesos.
Oro sin brillo.
Sombras empujando eternamente.
En la Avaricia, entendí que la obsesión no acumula: aplasta.
El pantano burbujeaba.
Algunos se golpeaban.
Otros se hundían sin hacer ruido.
La Ira tenía dos formas, y ambas ahogaban.
Las tumbas ardían más abajo.
No gritaban.
En la Herejía, lo que se quemaba no era el cuerpo, sino la certeza de haber tenido razón.
La Violencia sangraba.
Árboles que gritaban al ser tocados.
Ríos espesos.
Nada allí era gratuito.
En el Fraude, nadie parecía real.
Cada rostro mentía.
Cada palabra tenía filo.
La verdad era lo más peligroso.
Y al final, el hielo.
No fuego.
No gritos.
Solo un lago inmóvil.
Almas congeladas junto a Lucifer.
La Traición no quema.
Vacía.
Antes de volver, Dante se detuvo.
—El infierno —dijo— no empieza aquí.
Empieza cuando eliges tu pecado… y lo repites.
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