💠Es acojonante ver cómo funcionan las cosas hoy en día.
Te pones a mirar alrededor y asusta: por cada persona que piensa un poco las cosas o aporta algo con sentido, te encuentras a mil soltando la primera burrada que se les pasa por la cabeza.
Y lo peor es que esa marea de ruido siempre acaba ahogando la lógica.
Si te fijas en qué temas abren los telediarios o de qué se habla en las redes, te entran ganas de apagar el cerebro.
La atención se la llevan las mayores gilipolleces imaginables y los personajes más vacíos del panorama.
Nos hemos vuelto una sociedad experta en encumbrar la mediocridad.
Millones de personas imitando el mismo bailecito de moda o repitiendo una canción con una letra que da vergüenza ajena, haciendo millonario y famoso a cualquiera que sepa apelar a lo más básico.
Y luego, esa misma gente se cree con la autoridad moral y la madurez para sentar cátedra sobre economía, política o la vida en general.
Mientras tanto, los que de verdad intentan rascar un poco la superficie, los escritores, los pensadores o cualquiera que te ponga un espejo delante para que veas la realidad, están completamente invisibilizados.
A nadie le importan.
Preferimos que nos anestesien, que nos den entretenimiento barato que nos atonte y nos haga reír con tonterías antes que escuchar una verdad incómoda que nos obligue a espabilar.
El problema de fondo es que nos han vendido que todas las opiniones valen lo mismo, y no.
Entregarle el timón del barco a una mayoría que prefiere vivir sedada y sin cuestionarse nada es una receta perfecta para el desastre.
La democracia se convierte en un chiste cuando el destino de todos lo decide la ignorancia colectiva.
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