Existe un prejuicio moderno muy injusto que tacha el saber de las brujas, magos y chamanes como simple superchería o charlatanería esotérica. La antropología nos demuestra todo lo contrario: lo que estas personas poseían era un conocimiento médico profundamente empírico, nacido de miles de años de observación directa, prueba y error con la naturaleza. El gran malentendido ocurre porque no entendemos sus códigos. En épocas donde no existía la escritura común ni los laboratorios, los sabios de la tribu tenían que proteger sus descubrimientos de los ojos ignorantes y, al mismo tiempo, asegurarse de que sus alumnos no olvidaran las recetas. Por eso envolvían la ciencia en el lenguaje del mito y la metáfora. Decir que una planta debía recogerse bajo cierta luna porque los espíritus estaban contentos era la forma antigua y poética de explicar un hecho biológico real: que los componentes activos de esa planta son más potentes a ciertas horas de la noche. Mezclar cantos con la preparación de un ungüento no era para invocar demonios, dioses o espiritus, sino para medir el tiempo exacto de cocción sin tener un reloj a la mano. La magia del pasado no era fantasía; era la ciencia de su tiempo vistiendo el ropaje del mito para sobrevivir a la ignorancia del mundo.
— Amber Luna, Bruja y Antropóloga
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