šøCada maƱana, con la cafetera a medio gas, soltaba el mismo rollo: "Yo no sueƱo.
Yo apago el interruptor y se queda todo en negro, vacĆo, sin historias".
Y se lo creĆa, o querĆa creĆ©rselo, el muy iluso.
Pero la almohada no miente.
Por la noche se despertaba con el corazón a mil, como si acabara de correr un maratón por el pasillo.
Se levantaba con una tristeza de esas que no sabes dónde colocar, o con una alegrĆa que le brotaba de no se sabe dónde.
Claro que soƱaba, no te fastidia.
Lo que pasa es que sus sueƱos debĆan de ser tĆmidos de narices; de esos que, en cuanto notan que vas a abrir el ojo, recogen el chiringuito y salen corriendo por la ventana antes de que los pillen.
Nadie se libra de su propia cabeza, por mucho que se empeƱen en dƔrselas de pragmƔticos.
La diferencia es que hay gente que despierta con tanta prisa que no le da tiempo a guardar la pelĆcula.
Pero estar, la pelĆcula estaba ahĆ.
Aunque Ć©l jure y perjure que la sala estaba vacĆa.
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