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Mudanzas mentales: el arte de no vivir en el departamento del trauma

Hay una epidemia silenciosa en las calles y no tiene nada que ver con virus, sino con la cantidad de gente que camina por ahí viviendo en lugares que ya ni siquiera existen. Te pasa una tragedia, te rompen el corazón, te estafan o te meten un madrazo que te desarma por completo. Pasan los meses, las hojas del calendario caen, el mundo sigue girando, pero tú te quedas plantado exactamente en el mismo metro cuadrado donde te hicieron daño. Montas tu tienda de campaña en el fango del peor día de tu vida y te niegas a mudarte de ahí. No es que seas masoquista o que te encante sufrir a lo pendejo; es que, sin darte cuenta, convertiste ese trauma en tu nueva dirección postal.

Es una movida pesadísima porque terminas cargando ese momento como si fuera un ropero de madera maciza que no cabe en ningún lado pero te empeñas en arrastrar. Te descubres gritándole a tu pareja actual por un fantasma de hace cuatro años, o dejando pasar una buena oportunidad de trabajo por un miedo rancio que le pertenece a tu jefe anterior, no a tu presente. Estás saboteando tu hoy con la basura del ayer. Miras a tu alrededor y ves a personas que parecen flotar, tipos a los que les pasan cosas jodidas pero al día siguiente siguen caminando con la frente en alto. Y no te confundas, no es que tengan el corazón de piedra o que no sientan el golpe. La diferencia es que esa gente tiene la jodida habilidad de no rentar un departamento adentro de sus heridas. Sienten el chingadazo, lo lloran, lo mastican, lo escupen y, cuando el piso deja de temblar, abren la mano y dejan ir el escombro.

Aprender a soltar ese equipaje no es cosa de magia ni de decretar tonterías al universo con los ojos cerrados a lo pendejo. Qué va. Es un proceso lento, aburrido y frustrante que a veces hace clic cuando menos te lo esperas y de la forma más común del mundo. Una mañana cualquiera te levantas, pones la cafetera, te asomas por la ventana y de repente te cae el veinte de que llevas una hora entera sin pensar en esa persona o en ese maldito problema. El nudo en la garganta sigue ahí, claro que sí, pero ya no te está asfixiando la existencia. Dejó de ocupar todo el espacio de tu cabeza y, por fin, después de tanto tiempo encerrado en el cuarto oscuro del rencor, dejas que entre un poquito de aire limpio a la habitación. Madurar no es olvidar lo que te dolió; es entender que el pasado es un gran maestro, pero un pésimo lugar para quedarse a vivir.

— S.P. Filósofa Urbana

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