El Credo de San Atanasio, también llamado “Quicumque vult” por sus primeras palabras en latín (“Todo el que quiera salvarse…”), es uno de los textos más densos y contundentes de toda la tradición cristiana. A diferencia del Credo de los Apóstoles o del Niceno-constantinopolitano, que nacen ligados directamente a los primeros siglos y a grandes concilios orientales, este símbolo de fe surge en el Occidente latino, probablemente entre los siglos V y VI. La piedad popular lo atribuyó a san Atanasio de Alejandría porque fue el gran defensor de la divinidad de Cristo frente al arrianismo en el siglo IV, pero los estudios serios coinciden en que él no lo escribió: el estilo, el idioma y el contexto son claramente occidentales. Lleva su nombre porque respira su espíritu de combate doctrinal: no deja resquicio a la ambigüedad.
La Iglesia de aquellos siglos luchaba en varios frentes a la vez. Por un lado, contra quienes rebajaban a Cristo a simple criatura, negando su plena divinidad; por otro, contra quienes confundían las personas divinas, como si Padre, Hijo y Espíritu Santo fueran solo “modos” de un mismo Dios que cambia de máscara; y también contra errores sobre la humanidad de Cristo, que lo hacían parecer un Dios disfrazado más que un verdadero hombre. En ese campo de batalla teológico nace este Credo: como un resumen máximo, casi jurídico, de lo que la Iglesia cree sobre la Trinidad y sobre Cristo. No está pensado para niños, sino para obispos, sacerdotes y teólogos; por eso su lenguaje es rotundo: “El que quiera salvarse… es necesario que así sienta de la Trinidad”.
Durante siglos se usó sobre todo en la liturgia de Occidente, especialmente en el rezo del Oficio Divino, y en particular en la fiesta de la Santísima Trinidad. Los monjes y sacerdotes lo repetían como un ejercicio de precisión: cada frase afina la mente para no caer ni en confusión ni en división. Es un texto que se aprendía, se recitaba y se meditaba, porque funcionaba como un mapa: mostraba, con frases casi talladas en piedra, dónde está la verdad católica y dónde empiezan los precipicios de la herejía. Su función no era estética, sino protectora: era un muro doctrinal levantado después de siglos de errores, cismas y discusiones.
La primera parte del credo se concentra en el misterio de la Trinidad. Insiste en que hay un solo Dios en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Repite, casi como un martillo, las tres afirmaciones claves: cada Persona es Dios, cada Persona es Señor, cada Persona es eterna, increada, inmensa y omnipotente, pero no por eso hay tres dioses, ni tres señores, ni tres eternos, sino un solo Dios verdadero. Al mismo tiempo, remarca que el Padre no es el Hijo, que el Hijo no es el Espíritu Santo, y que el Espíritu Santo no es el Padre. Es decir: rechaza tanto la confusión (mezclar las Personas) como la separación (imaginar tres dioses distintos). Esta precisión, que puede parecer fría, en realidad protege el corazón de la fe: Dios es comunión eterna de amor, unidad sin soledad y diversidad sin división.
La segunda parte se centra en Cristo, y allí retoma las definiciones del Concilio de Calcedonia (451). Afirma que Jesús es “Dios y hombre”, perfecto en su divinidad y perfecto en su humanidad, con alma racional y carne humana, igual al Padre según la divinidad y menor que el Padre según la humanidad. Deja clarísimo que no son dos Cristos, ni dos sujetos pegados, sino una sola Persona: el Hijo de Dios que asume una verdadera naturaleza humana. No es que la divinidad se convierta en carne, ni que la humanidad se diluya en Dios, sino que ambas naturalezas se unen sin confundirse en una sola Persona. Después repasa los hechos de la salvación: pasión, muerte, descenso a los infiernos, resurrección, ascensión, juicio final y destino eterno de justos e injustos.
El tono fuerte del final —“el que no la creyere fiel y firmemente no podrá salvarse”— refleja la conciencia de la Iglesia primitiva: la fe no es un adorno opcional, es la respuesta justa a lo que Dios ha revelado. No se trata de que Dios disfrute condenando a nadie, sino de que el hombre no puede entrar en la comunión eterna con Dios si rechaza al Dios verdadero para inventarse otro a su medida. En otras palabras, el Credo de San Atanasio advierte que no da lo mismo cualquier versión de Cristo o de la Trinidad; si deformo el rostro de Dios, termino perdido.
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