40 AÑOS SIN SIMONE DE BEAUVOIR
40 AÑOS SIN SIMONE DE BEAUVOIR
🌍 ■ El 'estriptis' de Gabriel Attal: el aspirante al Elíseo sacude Francia con su autobiografía ■ El que fuera primer ministro publica a sus 37 años 'Como hombre libre', un repaso en el que relata su distanciamiento con Macron, expone los insultos homófobos que recibe a[…]
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𝑪𝒖𝒓𝒊𝒐𝒔𝒊𝒅𝒂𝒅𝒆𝒔
Inventó la cremallera.
Murió creyendo que había fracasado.
En 1893, un mecánico llamado Whitcomb Judson presentó un invento en la Exposición de Chicago.
No venía del mundo de la moda ni de la confección.
Su preocupación era práctica: los cierres de las botas eran lentos, incómodos y poco eficientes.
Su solución fue un sistema metálico pensado para cerrar de forma rápida, casi con un solo gesto.
En teoría, la idea era buena.
En la práctica, no tanto.
El mecanismo fallaba con frecuencia.
Se atascaba, se desajustaba y no ofrecía la fiabilidad que el uso diario exigía.
Aun así, Judson no abandonó.
Fundó una empresa, mejoró el diseño, intentó convencer a inversores y fabricantes de que aquello podía tener futuro.
Pero el mercado no lo acompañó.
Su invento quedó reducido durante años a una curiosidad mecánica más que a una solución real.
Esa es la parte más dura de su historia.
Porque Judson no estaba equivocado en la idea, sino en el tiempo.
Había intuido una necesidad real, pero no logró resolverla de forma funcional.
Y así pasó sus últimos años viendo cómo su creación no terminaba de encajar en el mundo.
Murió en 1909 sin reconocimiento ni éxito económico, sin saber que su concepto acabaría evolucionando mucho más allá de lo que él había construido.
El salto llegó después, con Gideon Sundback.
A partir de aquel diseño inicial, eliminó el sistema de ganchos y desarrolló un mecanismo de dientes entrelazados mucho más fiable y preciso.
Ese rediseño fue el que realmente funcionó.
A partir de ahí, el invento empezó a extenderse, y con el tiempo una empresa lo bautizó como “zipper”, consolidando su uso en ropa, equipaje y todo tipo de objetos cotidianos.
La idea ya estaba madura.
Por eso esta historia no es solo la de un invento.
Es la de un error que no fue del todo un error, sino un paso incompleto.
Judson no vio el resultado final, pero fue el primero en abrir la puerta a algo que hoy damos por hecho cada día.
Porque a veces no es quien perfecciona la idea quien cambia la historia, sino quien la imagina demasiado pronto.
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David Fernández, autor de una biografía no autorizada de Ayuso: “Ha aprendido conforme ha gobernado y acabó matando a sus creadores”
𝑭𝒂𝒓𝒊𝒏𝒆𝒍𝒍𝒊: 𝒍𝒂 𝒗𝒐𝒛 𝒒𝒖𝒆 𝒅𝒐𝒎𝒊𝒏𝒐́ 𝑬𝒖𝒓𝒐𝒑𝒂
Carlo Broschi, conocido como Farinelli (1705–1782), no fue solo el castrato más célebre de la ópera barroca: fue un fenómeno difícil de repetir.
Su voz, descrita como algo casi irreal por quienes la escucharon, tenía una potencia y una extensión que desbordaban cualquier comparación.
En pleno siglo XVIII, cuando la música era poder, él fue una especie de estrella absoluta, capaz de provocar desmayos en el público y de fascinar a las cortes más exigentes de Europa.
Como tantos otros castrati, fue sometido a la castración en la infancia, probablemente hacia los 12 años.
Durante mucho tiempo se habló de accidente, pero la realidad es más cruda: era una práctica habitual para asegurar carreras musicales lucrativas.
A cambio, obtenían una voz extraordinaria… y sacrificaban casi todo lo demás.
Su formación con el compositor Nicola Porpora fue clave.
Debutó muy joven y pronto empezó a acumular hazañas que hoy rozan lo legendario: se decía que podía sostener una nota más de un minuto o ejecutar pasajes imposibles sin tomar aire.
Incluso se cuenta que en Roma “derrotó” a un trompetista en un duelo musical, igualando y superando la potencia del instrumento.
Pero su vida dio un giro decisivo cuando llegó a España en 1737.
La reina Isabel de Farnesio lo llamó para aliviar la profunda depresión del rey Felipe V.
Y aquí es donde la historia se vuelve casi íntima: durante años, Farinelli cantó cada noche las mismas arias al monarca.
No era entretenimiento, era terapia.
Y funcionó.
El rey mejoró lo suficiente como para retomar ciertas rutinas de gobierno.
Con el reinado de Fernando VI, su influencia creció de forma insólita.
Fue nombrado director de los teatros reales, organizó grandes espectáculos y acumuló un poder que incomodaba a la nobleza.
No era raro escuchar desprecios hacia “el capón”, como lo llamaban algunos, incapaces de aceptar que un cantante extranjero manejara tanto peso en la corte.
Todo cambió con la llegada de Carlos III en 1759.
El nuevo rey no compartía ese entusiasmo por la ópera italiana ni por la figura de Farinelli.
Le dio pocos días para abandonar España.
Así, sin ceremonias, terminó una etapa de más de dos décadas.
Se retiró en Bolonia, en una villa lujosa, rodeado de arte y recuerdos.
Allí recibió visitas de figuras como Wolfgang Amadeus Mozart, Christoph Willibald Gluck o Giacomo Casanova, que acudían a rendir homenaje a una leyenda viva.
Murió en 1782, rico, respetado… y, en cierto modo, solo.
Nunca se casó ni tuvo hijos.
Como castrato, no podía.
Esa fue la otra cara de su gloria.
Hubo rumores de romances, especialmente en Londres y Madrid, pero nada comprobado.
Su hermano, Riccardo Broschi, que escribió muchas de sus arias, acabó eclipsado por su éxito, y su relación terminó deteriorándose.
En 2006, sus restos fueron estudiados en Bolonia, confirmando lo que ya se intuía: su cuerpo era excepcional.
Medía cerca de 1,90 m, con extremidades largas, una caja torácica expandida y una capacidad pulmonar fuera de lo común.
También presentaba osteoporosis y alteraciones óseas derivadas del desequilibrio hormonal.
Era, literalmente, una “máquina” biológica creada para cantar… a un coste altísimo.
La película Farinelli il castrato intentó recrear su voz combinando digitalmente la de una soprano y un contratenor.
Aun así, nadie puede asegurar que se acerque a lo que realmente fue.
Farinelli no fue solo un cantante.
Fue poder, fue símbolo, fue contradicción.
Un hombre moldeado por una práctica brutal que terminó dominando reyes con algo tan intangible como la voz.
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La promesa incumplida de Juan Carlos I a Felipe VI
𝑱𝒂𝒎𝒆𝒔 𝑩𝒂𝒓𝒓𝒚: 𝒆𝒍 𝒎𝒆́𝒅𝒊𝒄𝒐 𝒒𝒖𝒆 𝒐𝒄𝒖𝒍𝒕𝒐́ 𝒔𝒖 𝒊𝒅𝒆𝒏𝒕𝒊𝒅𝒂𝒅 𝒅𝒖𝒓𝒂𝒏𝒕𝒆 𝒎𝒆𝒅𝒊𝒐 𝒔𝒊𝒈𝒍𝒐
La vida del James Barry es una de las historias más sorprendentes de la medicina del siglo XIX.
Durante más de cincuenta años ejerció como médico militar respetado dentro del Imperio británico.
Solo después de su muerte se descubrió que había nacido como Margaret Ann Bulkley.
En una época en la que a las mujeres se les prohibía estudiar medicina, aquella decisión fue la única forma de poder dedicarse a la profesión que deseaba.
Margaret Ann Bulkley nació alrededor de 1789 en Cork, Irlanda.
Su familia atravesó problemas económicos bastante serios y eso cambió su destino.
Margaret y su madre se trasladaron a Londres buscando ayuda de un pariente influyente: el pintor James Barry.
Cuando el pintor murió en 1806, surgió una idea radical.
Con el apoyo de algunos amigos de la familia —personas con contactos en el mundo académico— Margaret adoptó el nombre de su tío y comenzó una nueva vida como James Barry.
El objetivo era claro: poder estudiar medicina, algo que entonces estaba totalmente vetado para las mujeres.
Bajo esa identidad masculina ingresó en la University of Edinburgh en 1809.
Tres años después, en 1812, obtuvo el título de doctor en medicina.
Técnicamente fue la primera mujer británica en lograrlo… aunque el mundo entero pensaba que era un hombre.
Mantener la identidad durante décadas no fue fácil.
Barry cuidaba cada detalle de su apariencia: llevaba abrigos con hombreras para ensanchar la figura, usaba tacones para parecer más alto y justificaba su voz aguda diciendo que era consecuencia de una enfermedad infantil.
Además tenía fama de tener un carácter explosivo.
Era irritable, orgulloso y muy poco dado a dejar pasar una ofensa.
De hecho, en una ocasión llegó a batirse en duelo con pistolas para defender su honor, algo que encajaba perfectamente con el temperamento que la sociedad esperaba de un hombre de su rango.
Nunca se casó.
Sin embargo, durante su estancia en Sudáfrica mantuvo una relación muy cercana con Charles Somerset, gobernador de Ciudad del Cabo.
Aquella amistad levantó rumores en la sociedad colonial de la época, donde algunos insinuaban que existía una relación homosexual entre ambos.
Otro detalle curioso apareció mucho después.
Cuando prepararon el cuerpo tras su muerte, la mujer encargada de hacerlo afirmó que Barry no solo era biológicamente mujer, sino que presentaba estrías en el abdomen.
Aquello sugería que había tenido un embarazo en su juventud, antes de adoptar la identidad masculina.
Mientras tanto, su carrera médica fue brillante.
Se unió al ejército británico como cirujano militar y trabajó en distintos lugares del imperio: Sudáfrica, Jamaica, Malta y Canadá.
Con el tiempo llegó a alcanzar el rango de Inspector General de Hospitales, un puesto equivalente al de general dentro del sistema médico militar.
Uno de sus logros más recordados ocurrió en 1826.
Barry realizó una cesárea en la que sobrevivieron tanto la madre como el bebé, algo extraordinario en aquella época.
Se considera la primera cesárea exitosa de ese tipo dentro del Imperio británico.
Pero no solo destacaba en el quirófano.
También era un reformista bastante adelantado a su tiempo.
Defendía la higiene hospitalaria, la buena alimentación de los soldados y un trato más humano hacia prisioneros, enfermos y personas esclavizadas.
Muchas de sus ideas chocaban con las prácticas habituales del ejército.
Murió en Londres en 1865 a causa de disentería.
Antes de fallecer había dejado instrucciones claras: quería ser enterrado inmediatamente y sin que se cambiara la ropa que llevaba puesta.
No se respetó del todo.
La mujer que preparó el cuerpo descubrió el secreto y lo contó.
Aquello provocó un auténtico escándalo.
El ejército británico se encontró con una situación incómoda: durante décadas una persona nacida mujer había servido como oficial médico y había alcanzado uno de los rangos más altos.
La reacción fue intentar silenciar la historia.
Los archivos oficiales relacionados con Barry quedaron bajo embargo durante cien años.
Aun así, el secreto terminó saliendo a la luz y hoy su vida se estudia como uno de los casos más fascinantes de desafío a las normas sociales de su tiempo.
Curiosamente, en el Kensal Green Cemetery su tumba sigue llevando el nombre con el que vivió la mayor parte de su vida: Dr. James Barry.
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