Por qué tu dopamina, cortisol o cerebro no causan tu sufrimiento o lo que haces en tu día a día.
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Afirmar que todo nuestro comportamiento depende de nuestro cerebro, neurotransmisores o cualquier variable cerebral, es un error que en psicología conocemos como “reduccionismo biologicista” o “cerebrocentrismo”.
Cuando decimos que el cerebro es la causa de todo lo que hacemos, cometemos una confusión conceptual que atenta contra un siglo de investigación científica en psicología, en tanto a la poca importancia y rigor que posee nuestra ciencia en la actual sociedad.
Eliminar al cerebro como causa directa de nuestro sufrimiento no resta importancia a la neuropsicología como ciencia bien consolidada. La mayoría de neurocientíficos serios no reducen las causas de la conducta a procesos fisicoquímicos cerebrales.
A pesar de que el cerebro no cause directamente el comportamiento, es un error negar la influencia que de hecho sí ejerce sobre el comportamiento.
El problema es generar explicaciones cerebrales simples a problemas complejos, exceder los límites del ámbito de la neurociencia y subestimar su capacidad explicativa.
El argumento de la dopamina como causa de nuestra felicidad es apoyado por los beneficios sociales de asociar tus opiniones con la medicina, evadir responsabilidades, justificar la “cronicidad de los trastornos mentales”, y aprovecharte de un sistema en el que haces responsable a la persona de su propio sufrimiento.
Lo que ocurre en el cerebro no es la causa directa, sino el “efecto”, tanto de nuestro comportamiento, como del sistema político, económico, cultural y social actual, que regula el mundo en el que vivimos.
Las actividades humanas no dependen del cerebro más que el propio cerebro depende de los contextos con los que interaccionan las personas. El cerebro es más la consecuencia de nuestra evolución como especie que la causa de dicha evolución.
Eliminar el reduccionismo cerebrocentrista devuelve a la persona el protagonismo que le corresponde. Las funciones que se asignan al cerebro, son en realidad actividades propias de la persona, dadas en una sociedad y cultura determinada.
No se comportan partes independientes de nuestro organismo, como podría ser el cerebro o el sistema nervioso. La conducta solo se entiende como organismo al completo. Se comporta el organismo como un todo, no sus partes aisladas.
Si el cerebro sufre un daño, la actividad de una persona puede llegar a quedar interrumpida o limitada.
Aunque eso no quiere decir que dicha actividad fuese generada, causada o producida por el cerebro, y se reduzca a sus células y circuitos neuronales.
En el cerebro siempre pasan cosas, hagamos lo que hagamos. Es un error diagnosticar problemas biológicos, como la “depresión”, a través de preguntas sobre nuestro comportamiento.
La acumulación de estudios sobre las causas cerebrales de nuestra conducta no es una evidencia de solidez y avance, sino de que aún no existe ningún estudio definitivo que justique dicha investigación.
La neurociencia no está preparada para “teorias unitarias grandes que nos permitan reducir la causa de todo lo que hacemos a una parte de nuestro cerebro. El sufrimiento de las personas no se puede reducir a desequilibrios neuroquímicos y circuitos defectuosos.
El origen de cualquier problema de conducta no radica en una condición médica. La mayor condena de la historia de la salud mental siempre será la medicalización del comportamiento.
Cualquier cosa que hacemos tiene consecuencias en el cerebro, ya que el hecho de que existan diferencias entre cerebros humanos no significa que hayamos encontrado una explicación definitiva y científica a las diferencias de comportamiento entre las personas.
Todos los esfuerzos dedicados a validar la “hipótesis de la serotoνινα, dopamina o noradrenalina” como causa de nuestros problemas han fallado. La hipótesis de “un psicofarmaco para una enfermedad”, es un concepto de marketing perfecto para las compañías farmaceuticas.
Los psicofármacos son un tratamiento alternativo y adicional que se utiliza en circuntancias muy concretas, no un tratamiento completo y definitivo, que deba usarse en cada caso, de forma masiva e irresponsable.
Cuando ingerimos un psicofarmaco, la “mejora” que observamos tan solo es el efecto pasajero del farmaco, no cambio en la raíz psicólogica real del problema.
Los psicofármacos no solucionan tus problemas, solo ponen “en pause” tus problemas.
“A medida que empecé a ver las raíces estructurales y sistémicas de nuestro malestar, me alejé cada vez más del pensamiento de “nacer así”. Cuanto más priorizaba la construcción intencional de la comunidad y me reconectaba con mis raíces culturales, más imposible se volvía ver mi dolor como separado de las luchas de otras personas. Todo está interconectado y las etiquetas psiquiátricas simplemente no capturaban estas sutilezas en las que se basan las comunidades colectivistas.
Descolonizar también significa dejar de lado el bioesencialismo.
Tal vez no deberíamos asumir nada de las personas que tienen o no tienen una etiqueta neurodivergente. Tal vez alguien que se identifique como neurodivergente o NO te ayudará a entender mucho sobre ellos o evitará el proceso de conocerlos con cuidado, con el tiempo. Tal vez deberíamos permitir que las personas nos abran al mundo de nuevas formas.
Tal vez no deberíamos forzar de forma encubierta o abierta a las personas a recurrir a una herramienta colonial como el DSMV para descubrir “lo que tienen” o “quién son”. Tal vez no necesitemos clasificar excesivamente a las personas para hacerlas comprensibles. Veo la utilidad de encontrarnos a través de etiquetas abreviadas, pero es igualmente importante ser consciente de a quién estás excluyendo y qué te estás impidiendo aprender a través de una dependencia excesiva en estas etiquetas, especialmente si se presentan como categorías biológicas reales.
Si los términos bajo el paraguas de la neurodivergencia son importantes para ti, entonces no te estoy pidiendo que los abandones, ni los estoy enmarcando unilateralmente como “malos”. Te pido que vayas más allá de ellos, que seas consciente de cómo pueden ser utilizados para hacer daño y que reconozcas que hay otras formas para que las comunidades den sentido a su angustia sin estas etiquetas. Te pido que abraces la complejidad y crees espacio para ella. El resto del mundo no debería tener que hablar este lenguaje preciso. El lenguaje de la psiquiatría colonial nunca debería haber sido impuesto al sur global y no debería serlo hoy, incluyendo cualquier versión recuperada dentro del marco de la neurodiversidad.” Los diagnósticos psiquiátricos y el bioesencialismo no nos liberarán.
REFERENCIAS:
– Moncrieff, J., et al. (2022). The serotonin theory of depression: a systematic umbrella review of the evidence.
– Probst, B. (2015). Critical Thinking in Clinical Assessment and Diagnosis.
– Schildkraut, J. (2015). The Catecholamine Hypothesis of Affective Disorders: A Review of Supporting Evidence.
– El-Mallakh, R., & Jeannie Roberts, Y. (2011). Tardive dysphoria: The role of long term antidepressant use in-inducing chronic depression
– Whitaker, R. (2010). Anatomía de una epidemia.
– Deacon, B., & Baird, G. (2009). The Chemical Imbalance Explanation of Depression: Reducing Blame at What Cost?
– Kendler, K., & Schaffner, K. (2011). The Dopamine Hypothesis of Schizophrenia: An Historical and Philosophical Analysis
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