🛒PRODUCTO PERECEDERO: CONSUMIR ANTES DE...
Vivimos en la era de las relaciones plastificadas.
Entramos al mercado de los vínculos buscando la oferta del día, algo que encaje en nuestra cesta sin pesar demasiado.
Nos fijamos en el envoltorio, en lo bien que luce la pareja bajo el film transparente, pero rara vez nos detenemos a leer la etiqueta de los "ingredientes añadidos".
Ahí es donde está la trampa.
El envase te avisa: 70% de evitación y un 30% de necesidades no dichas.
Es el cóctel perfecto para el desastre.
Compramos afectos que vienen con un 0% de planificación a largo plazo, pero nos sorprendemos cuando, a las pocas semanas, el producto empieza a oler a rancio.
Lo más honesto de esta etiqueta es la fecha de caducidad.
Todo lo que se basa en respuestas tardías, conflictos internos y falta de responsabilidad afectiva tiene los días contados.
Lo malo es que no solemos mirar la fecha hasta que el moho de la ansiedad y el overthinking ya ha cubierto todo el salón.
Quizá el problema es que buscamos conexiones en la sección de congelados, esperando que algo que no tiene "terapia ni rendición de cuentas" nos alimente el alma.
Al final, lo barato sale caro, y lo que se compra por 0,99 suele terminar, inevitablemente, en el contenedor de los recuerdos que preferiríamos olvidar.
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