En algún lugar de esta casa, la casa de mis padres, hay un Spectrum 128K y un montón de cintas de casette con los juegos que me obsesionaron de niño. De vez en cuando abro un armario y un encuentro un fragmento de aquellos años, como esta fantástica caja de El Capitán Trueno, editado por Dinamic en 1989. Podría descargarlo y jugarlo en un emulador ahora mismo, pero ya no sería lo mismo.
Por un momento he tenido la tentación de buscar aquel viejo ordenador y llevármelo conmigo de vuelta a casa para guardarlo como oro en paño, como si pudiese rescatar algo de la inocencia pegada a él. Pero es solo un espejismo. La nostalgia muchas veces es un mecanismo de defensa ante el estrés de la vida moderna, la "vida adulta", pero también es engañosa. Hay que disfrutar de los recuerdos del pasado, no parapetarse tras ellos, ni tratar de revivirlos como quien resucita al monstruo de Frankenstein.
Eso es lo que no llega a entender la maquinaria del entretenimiento del siglo XXI: que todos esos reboots, remakes y nuevas ediciones remasterizadas en HD, no ayudan al mito, solo lo vuelven mediocre y lo trivializan. Yo no quiero texturas nuevas en mi viejo juego. Un Indiana Jones octogenario no me hace revivir el espíritu de antaño, solo me recalca lo inexorable del tictac del reloj. Por muchos medios y efectos que le pongas, siempre parecerá falso y barato, porque nada superará nunca lo que se grabó en nuestra mente. Cada juego, cada historia y cada personaje tienen -tuvieron- su tiempo. Es así como debe ser.
Todo lo que viví ya lo llevo conmigo. Partidas de rol hasta las tantas con los amigos, bocadillos con media tableta de chocolate, subir con mi padre al monte a recoger castañas, perderme con la bici por querer llegar más lejos, partidas infinitas al Capitán Trueno, al Game Over y al Phantomas. El pasado nos hace como somos, y está bien donde está.
#nostalgia #Spectrum128