Llegas a casa, sueltas las llaves y el silencio te pega un bofetón.
Te das cuenta de que has pasado diez horas resolviendo marrones, aguantando caras largas o simplemente existiendo, y a nadie se le ha ocurrido soltar el puñetero "¿qué tal te ha ido?".
Es una cura de humildad que escuece.
Nos pasamos el día siendo el soporte de otros, el que soluciona, el que escucha, y cuando nos toca a nosotros, parece que somos invisibles.
Pero la verdad es que, a veces, somos tan eficientes fingiendo que estamos bien que el resto del mundo se lo acaba creyendo.
Da rabia, claro.
Pero también te enseña algo: si esperas que los demás validen tu cansancio para sentir que ha valido la pena, vas lista.
Al final, la única que sabe lo que te ha costado llegar a la noche con la cabeza alta eres tú.
Así que, si nadie te lo pregunta, dítelo tú misma:
"Hoy lo has hecho de lujo, y mañana más".
No necesitamos público para saber que somos unas guerreras, aunque un detalle de vez en cuando no vendría mal, qué menos.
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