Esa pelea contra el espejo es, posiblemente, la batalla más absurda que libramos.
Nos pasamos media vida intentando "congelar" una imagen que, por pura lógica, tiene que cambiar.
Nos gastamos una fortuna en botes que prometen milagros y nos matamos a hambre o a gimnasio solo para intentar engañar a un calendario que no se deja sobornar.
Pero un día, de repente, algo hace clic.
Te pones los tacones y te das cuenta de que no valen el dolor de pies que te van a dejar.
Te miras las patas de gallo y, en vez de ver drama, ves todas las veces que te has reído hasta que te dolió la barriga.
Es un alivio casi físico dejar de intentar ser la que eras a los veinte.
Porque esa chica estaba muy bien, sí, pero no sabía ni la mitad de lo que sabes tú ahora.
Aceptar que el cuerpo va por libre es, irónicamente, lo que más paz te da.
Ya no te importa si la cintura no es la de antes o si el colágeno ha decidido irse de vacaciones permanentes.
Lo que importa es que cada una de esas marcas es el recibo de haber estado aquí, de haber sentido, de haber fallado y de haber vuelto a empezar.
Al final, mirarte de frente y decir "pues esta soy yo y no está nada mal" es el verdadero triunfo.
No es una derrota contra el tiempo, es una victoria del sentido común.
Porque haber vivido tanto como para que se te note en la piel es, en el fondo, un privilegio que no todo el mundo llega a tener.
Y qué bien sienta dejar de pelear para empezar, simplemente, a disfrutar de lo que queda.
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