Hay formas de querer que se quedan en la superficie, en ese subidón de dopamina que te hace sentir que flotas, pero luego está esto.
El corazón se puede cansar y la cabeza, bueno, ya sabemos que la memoria es una traidora que decide olvidar lo que le da la gana cuando pasan los años.
Por eso, amar con el alma no es una frase cursi de postal; es una estrategia de supervivencia emocional.
Es poner el sentimiento en un lugar donde el tiempo no llega, donde no importa si los recuerdos se emborronan o si el pulso falla.
Es como dejar una marca que no se borra ni aunque se apague la luz.
Al final, cuando todo lo demás falla —porque la vida es así de cruda y de real—, lo único que queda es esa conexión que no necesita explicaciones ni latidos.
Es saber que, pase lo que pase, hay algo ahí dentro que sigue reconociendo al otro, mucho más allá de lo que la lógica pueda entender.
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