Horacio

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Leo y escribo, todavía.

Acerca de la alegría (textos)

Varios textos que hablan de la alegría, como una trinchera para los tiempos en que te quieren desanimado.

No dudes

Si de repente y sin esperarlo sientes alegría, no dudes. Entrégate a ello. Hay muchas vidas y ciudades enteras destruidas o a punto de serlo. No somos sabios y no muy a menudo amables. Y demasiado no podrá ser nunca redimido. Aun así, la vida aún tiene alguna posibilidad. Quizás esta sea la manera de combatirlo, que a veces algo ocurre mejor que todas las riquezas o el poder del mundo. Podría ser cualquier cosa, pero muy probablemente lo percibes en el momento en que el amor empieza. Sea como sea, ese es a menudo el caso. De todos modos, sea lo que fuere, no temas su abundancia. La alegría no está hecha para ser una migaja.

De Mary Oliver, en “Cisne” (2010)

Uno más conocido:

Defensa de la Alegría

Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas

defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos

defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias

defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres

defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa

defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
y también de la alegría

De Mario Benedetti, en “Botella al mar”

Otro de Mary Oliver

Temblamos de alegría

Temblamos de alegría, temblamos de pena
Qué temporadas pasan, esas dos
acogidas como están en el mismo cuerpo.

De “Evidencia”, 2009.

#Alegría #EscribenOtras #EscribenOtros #LiteraturaComoTrinchera

«Es cosa seria
estar vivo
esta fresca mañana
en este mundo roto»
Mary Oliver

Viernes de escritorio

#linuxmint, #ViernesDeEscritorio

Los saldos de septiembre

Miles Davis, So what, de fondo.

Shushu que me mira desde la silla. Parece gustarle. Cierra los ojos. Pocas veces la oí ronronear.

Últimamente, me aferro a la poesía. Para exorcizar, para espantar el pesimismo. Busco en los versos el silencio que la narrativa impone.

No sé si llegaré a buen puerto, pero lo intento.

Hace tiempo que las palabras me esquivan. De nada sirve echar mano a viejas recetas.

¿Son los versos piedras para derrumbar un bloqueo?

Decididamente, le gusta Davis. Apoya el hocico contra el almohadón. No sé cómo hace para respirar, pero lo logra. Como si me escuchara, levanta la cabeza y comienza a lavarse.

¿Brisas?, varias.

El recital de Susy Shock: «Lo que venga, llámese como se llame, no puede estar exento de una espiritualidad que nos ponga en otros órdenes nuevos, en otras armonías nuevas… Somos un país, dimos vuelta un país, mirá si no lo vamos a reconstruir mejor todavía».

«El ejercicio furioso de no olvidar», también anoté.

La imponente marcha por la educación pública, bajo la lluvia, para dotarle una épica.

Reencuentros en la Feria del Libro.

Los saldos de septiembre.

#ADiario #Diario

Te deshacías con mayor facilidad

«…y en algún momento te escribí algo que terminaba ¿podremos sobrevivir al olvido? y tuve un presentimiento que me dejó desnuda: apenas me quedaban aquellos recuerdos que todos tienen —una fiesta, una noche de verano caminando interminablemente— , los más fáciles de recordar. Tal vez quede eso para siempre porque el resto es un hueco negro que se extiende y se ensancha con los bordes rojizos, como un collar de brasas minúsculas que te comen los ojos y la boca y ya no solo desaparece tu sonrisa sino que vas desapareciendo vos. Desde anoche te deshacías con mayor facilidad, tan rápido».

Sylvia Iparraguirre en «Lejos de Buenos Aires», en «Cuentos reunidos», edición digital.

#EscribenOtras #SylviaIparraguirre

Cuerpos

Cuerpos. Desmembrados, enterrados, devorados, fusilados, desangrados.

Cuerpos en el río de la Plata.

Cuerpo de baile y cuerpos bailados, la danza de los cuerpos, las memorias que el cuerpo guarda.

Cuerpos pintados, pañuelos verdes que gritan no morir en quirófanos sucios.

La hipocresía de otros cuerpos.

Poner el cuerpo, escribir con el cuerpo*. Cuerpos de palabras.

Las palabras y el pulso.

La escritura.

Atisbos para no acostumbrarse a la ferocidad.

* Clarice Lispector, en “La hora de la estrella”.

#AlivioContraLaFerocidad #Cotidiano #MisTextos

La poesía acude como un regalo

«¿Por qué la poesía siempre me parece un trabajo del alma mucho más real que la prosa? Nunca me siento exultante tras escribir una página en prosa, por muy buena que sea y muy concentrado que haya sido mi empeño, y por mucho que la imaginación, como en el caso de las novelas, se haya comprometido en el proceso.

Tal vez se deba a que la prosa es aprendida y la poesía, dada. Ambas pueden ser revisadas casi indefinidamente. No quiero decir con esto, que no trabaje al escribir poesía. Cuando estoy realmente inspirada, puedo escribir cien borradores de un mismo poema y mantener el entusiasmo. Sin embargo, esa batalla sostenida solo es posible cuando me hallo en un estado de gracia, cuando los canales más profundos están abiertos, cuando estos y yo nos encontramos en un hondo movimiento en equilibrio. Entonces, la poesía acude como regalo de unos poderes que sobrepasan mi voluntad.

Muchas veces he pensado que, si prolongara indefinidamente este solitario confinamiento, y supiera que nadie iba a leer cuanto he escrito, seguiría escribiendo poesía, pero ya no escribiría novelas. ¿Por qué? Quizás porque el poema es, de una forma primigenia, un diálogo con el yo, mientras que la novela es un diálogo con otros. Ambos proceden de formas de ser completamente distintas.

Supongo que he escrito novelas para averiguar qué pensaba acerca de algo, y he escrito poemas para averiguar qué sentía acerca de algo».

May Sarton, «Diario de una soledad»

#EscribenOtras #MaySarton #Poesía #Prosa

Octubre, sus días fríos

Octubre sabe llegar con sus días todavía fríos.

El invierno que se resiste a quedar atrás. La primavera, su luminosidad.

No pudimos salvar a nadie, llegamos tarde. Los versos de un poema.

La poesía como tiempo de escucha, la pausa para vislumbrar lo que hay detrás del ruido cotidiano, para combatir lo roto.

El sueño nocturno deja huellas de un ancho camino de tierra, paralelo a las vías del ferrocarril. De un lado, la nostalgia de rieles oxidados, del otro, una cadena de eucaliptos.

¿Había una búsqueda?

Supongo que siempre la hay.

Afuera el bullicio sucio de la ciudad. Adentro, la necesidad de reparación.

Las primeras líneas de un día cenagoso.

#Cotidiano

“Demasiado lejos” y tan cerca, la novela de Malvinas de Sacheri

Agoniza marzo. Dos mozos observan la represión en Plaza de Mayo desde Casa Rosada. Hacía tiempo que no se veían cosas de estas, dice uno de ellos.

Así comienza Demasiado lejos, de Eduardo Sacheri. Novela que entrelaza la vida de tres familias, un equipo diplomático cuatro parroquianos, dos mozos en Casa Rosada y la Junta Militar en una sola causa: recuperar Malvinas.

La obra es un retrato de tres meses frenéticos en los cuales las y los argentinos transitaron desde la Euforia, a la Inquietud y luego, la Desolación.

En la misma semana este país puede pasar de la tragedia más rotunda a la felicidad más inconmensurable sin que a nadie se le mueva un pelo reflexiona uno de los personajes, español y dueño de un bar, mientras desde el exterior una multitud festeja la recuperación de las Islas.

Son los tiempos de la Euforia, del patriotismo que ocupa la esfera pública, mientras que fracasan las gestiones diplomáticas.

 «¿Alguna otra mala noticia que se le haya quedado en el tintero? Sí. Que tanto en Europa como en los Estados Unidos, cuando piensan en Argentina lo único que se les viene a la cabeza es que el Proceso de Reorganización Nacional es una máquina de violar derechos humanos, y que si como muestra basta un botón, eso de mandar asesores militares a Centroamérica es justamente, y ni más ni menos, exportar torturadores. Listo. Cartón lleno. ¿O queda algún número sin sacar en esa lotería de desgracias? Sí. Que la opinión pública británica, aunque hasta el otro día no tenía ni la más pálida idea de dónde quedaban las Falklands, como las llaman ellos, ahora no está dispuesta a aceptar ninguna otra opción que no sea que los argentinos saquen de ahí a sus soldados, y ahí está el problema, porque quién le explica ahora, decime vos, quién le explica ahora a Galtieri que tienen que retirar las tropas argentinas, y la bandera argentina y toda la fanfarria argentina, porque lo peor no es explicárselo a Galtieri y que lo entienda, sino a toda esa gente que fue a la Plaza de Mayo a gritar: “¡Viva la patria!” precisamente por lo del desembarco y la bandera y la fanfarria… Mientras cierra la valija y revisa por enésima vez que no se deja nada olvidado, Alcira vuelve a pensar en la mediación que Haig está emprendiendo, y en qué va a pasar si fracasa. Porque en ese caso no hace falta conocer demasiado de relaciones internacionales, ni ser demasiado inteligente, para saber que se va a armar la podrida. Y, en el contexto en el que se están moviendo, “la podrida” significa, ni más ni menos, balas, muchas balas, y muchos muertos.».

Y, entre la euforia, la lucidez de algunas familias, el miedo de que sus hijos sean reincorporados al servicio activo y los envíen a Malvinas. Pero, ¿Cómo evitar el entusiasmo de ser parte de la Historia? Así parten tres amigos a las Islas, a pesar de las recomendaciones en contrario de sus seres queridos.

Con personajes muy ricos como la diplomática Alcira Planas o el dueño del bar, que advierte que Argentina va a un conflicto armado con un país que ya participó en dos guerras mundiales, el avance de la lectura nos sumerge en la segunda parte del libro, Inquietud, y sus malas noticias: recuperación de las Islas Georgias, ataque a las Malvinas el 1 de mayo, hundimiento del Crucero General Belgrano.

Noticias que intentar ser maquilladas con una maquinaria de propaganda que sigue alentando el patriotismo y exagera las bajas inglesas:

«Cuando se supo la noticia del Belgrano todo el mundo estaba conmocionado por el hundimiento. Angustia. Indignación. Tristeza. Preocupación. Y de pronto, dos días después, todo el mundo toca el cielo con las manos. De repente todo cristo sabe lo que es un misil Exocet, un destructor Tipo 42, un avión Super Étendard. El problema no es el entusiasmo de los legos. El problema es la ceguera de estos imbéciles, que se supone que son profesionales de la guerra. La confianza, la suficiencia, la autocomplacencia que despliegan desde el hundimiento del Sheffield, como si la guerra fuese un partido de fútbol y acabasen de empatar el score… Nadie va a convencer a estos tipos de que necesitan moderarse, de que la única alternativa para el gobierno argentino es comprometerse en una negociación. No hay manera de que abandonen el optimismo suicida, los comentarios jactanciosos, los juicios ramplones.».

Y en el bar, las discusiones se suceden entre quienes defienden el accionar de las Fuerzas Armadas y otros que empiezan a manifestar sus reparos, como Cullen, que se toma el trabajo de ir a la Biblioteca, hacer un croquis sobre la información emitida en los comunicados sobre el conflicto y advierte que los ingleses no solo han desembarcado en Malvinas, están a 80 kilómetros de Puerto Argentino:

«—¿Tiene idea de qué distancia hay entre el encendedor y el servilletero, o sea, cuánto mide la isla Soledad de ancho?

La pregunta de Weissman es atinada, piensa Solano. Está preguntando cuán lejos desembarcaron los ingleses con respecto a Puerto Argentino.

—Es interesantísimo —responde Cullen, que parece agradecido por la pregunta—. Lo tomé de la escala del mapa que copié. O sea que no es nada exacto. Pero en donde más anchas son, las islas tienen como ochenta o noventa kilómetros, pónganle. Esa es más o menos la distancia entre el desembarco inglés y la capital de las islas.

Solano se queda mirando la superficie de la mesa, la que ahora incluye el cenicero, el encendedor de un lado y el servilletero del otro. En el medio queda la superficie lustrosa de la madera. Ochenta kilómetros. Solano no sabe nada de traslado de tropas ni de maniobras bélicas, pero ochenta kilómetros le suenan a que los ingleses están cerca. Muy cerca».

Y los ingleses, siguen avanzando. Y comienza la Desolación, la tercera parte del libro. Peregrinar de familias en busca de información de sus hijos, la certeza de la derrota y de que en una guerra hay infinidad de muertes:

«—¿Es verdad que cuando hieren a un soldado, o lo matan, a la familia le informan enseguida?

El efecto de las palabras de Magalí vuelve a ser inmediato. El milico la mira a los ojos, asiente y habla con firmeza.

—Sí, señorita. Apenas nos enteramos nosotros le avisamos a la familia. Eso, como que hay Dios.».

Y como hay Dios, la guerra tiene el final anunciado. Y algunos lo perciben. 

«Los comunicados de ayer. Porque ayer, de repente, hablaron de que los ingleses están atacando en monte Dos Hermanas, en monte Harriet, en monte Longdon. Y claro, sin un mapa, esas palabras son nombres, nada más. Pero si tenés un mapa, como tiene Carlos, y mirás esos nombres en el mapa, pues te caés de culo, porque eso está ahí nomás de Puerto Argentino. Otra que ochenta kilómetros. Deben ser cinco, diez kilómetros, no más que eso.

Y sin embargo, con lo fácil que sería que la gente entendiese todo si le mostraran un mapa, los militares no muestran un mapa ni por equivocación. Y si él no hubiese conseguido el que consiguió, en esa librería cartográfica que encontró después de dar un millón de vueltas, tampoco entendería nada».

Sobre el cierre, la angustia de las familias que buscan información sobre sus hijos, al término del conflicto armado. «… Marisa está a punto de gritar porque está alargando la mano hacia el hombro de ese soldado para que el soldado se gire hacia ella y le muestre su rostro, pero se siente muy sola porque ahí debería estar su marido y deberían estar sus hijas con ella, porque no es algo que una madre tenga que hacer sola, no está bien, no hay derecho, no es justo, ésa es la cuestión, no es justo que una madre tenga que tocar el hombro de ese soldado vuelto de espaldas para que ese soldado se gire y saber, de una vez por todas, si tu hijo está muerto o está vivo».

Si la memoria jamás está fijada y se parece más bien a una obra abierta, como plantea el historiador italiano Enzo Traverso, la ficción puede conmovernos cuando se arrima a la Historia. Y Demasiado lejos, de Eduardo Sacheri conmueve, retratando un fresco de personajes y sus estados de ánimo, los de un pueblo, que continúa reivindicando la valentía de quienes fueron enviados a combatir contra un ejército profesional, pertrechados con el sentimiento y la certeza de que las Malvinas, son argentinas.

Publicado en Plan B Noticias

#DemasiadoLejos_ #EduardoSacheri #MisTextos #Reseña

Demasiado lejos | Penguin Libros

Eduardo Sacheri, el escritor más leído de Argentina, se adentra en uno de los episodios más emblemáticos de la historia argentina reciente: la guerra de Malvinas.

PenguinLibros

Descubrir esa huella

Domingo. Leo a Coetzee. El personaje, un profesor universitario expulsado de la universidad por abusar de una alumna, se refugia en el campo con su hija.

Es un ser detestable que no se arrepiente de sus actos, incluso piensa que está siendo injustamente castigado. Y su arribo al campo, coincide con más desgracias para su entorno familiar.

Sin embargo, entre tantas calamidades, piensa que es el momento para avanzar con un viejo proyecto literario. Pero las palabras no se acercan. «El proyecto no avanza. Todo lo que logra precisar son fragmentos sueltos. La primera palabra del primer acto se le resiste todavía; las primeras notas siguen siendo tan esquivas como las hilachas de humo. Algunas veces teme que los personajes de la historia que durante más de un año han sido sus fantasmales acompañantes, comiencen a apagarse poco a poco».

Temo que me ocurra lo mismo. Quizás por eso leo, como si en la lectura estuviera la respuesta para avanzar en varios proyectos de trabajo.

Transcribo. Robo a otros, en busca de contagio. Morábito, el texto «Surcos», en El idioma materno:

«Para huir del tedio del salón de clase acostumbraba en mis primeros años escolares trazar en una hoja una carretera imaginaria, una línea sinuosa que la cruzaba de un extremo a otro y a la que después yo añadía unas desviaciones para que ganara complejidad. La recorría con el lápiz una y otra vez, hasta que las líneas se convertían en surcos, luego abría nuevas desviaciones que se convertían en nuevos surcos, y así hasta cubrir la hoja con una red intrincada de caminos. Tenía cuidado de lograr una profundidad pareja en todos los trazos, ya que el juego consistía en agarrar el lápiz y, casi sin ejercer presión alguna, deslizarlo por la hoja para que la propia carretera me guiara por su laberinto de desviaciones y ramales. Era preciso no ahondar en ningún trazo y dejar, por así decirlo, que el surco decidiera. Cuando lo conseguía, el lápiz parecía viajar solo, impulsado por los surcos y no por mi mano. Debe de haber sido mi primera experiencia de lo que llamamos inspiración. Iba descubriendo en cada “viaje” la ruta más secreta entre todas las rutas posibles, pero no tan secreta como para que no fuera susceptible de modificarse en algún punto particularmente blando o en alguna desviación de hondura menos pronunciada.

Así, cada trayecto era distinto del anterior; siempre y cuando el pulso se mantuviera estable, pues bastaba un descuido, un aumento imperceptible de la presión sobre el lápiz, para que prevaleciera un único recorrido, una sola verdad sobre la pluralidad de caminos. Ignoro en qué medida ese pasatiempo contribuyó a mi inclinación por la escritura y qué tanto me proveyó de un método para, varios años después, escribir cuentos y poemas, pero seguramente en algo contribuyó a que entendiera que también la escritura es una cuestión de pulso, de no forzar la red de caminos, de ponerse en la condición de ser guiado por una huella sinuosa y comprobar que escribir es descubrir esa huella y que basta ejercer un poco más de presión de lo debido e intervenir un poco más de lo necesario, para quedar preso en un solo surco y repetir lo ya dicho».

Otoño en su esplendor. Se acerca el tiempo de levantar las hojas secas -aplica a la escritura de paso- excusa para revitalizar mi espacio en momentos donde nadie lee nada.

A propósito, de que «Nadie lee nada», ayer una escritora y periodista expuso su precarización y explotación laboral en su columna. Y como no hay correctores, la columna fue publicada en la web, impresa en el diario. Escándalo. La dieron de baja del sitio, para subirla de nuevo, cuando el tema se viralizó.

Creo que se lee, no sé si con atención, pero se lee y, porque se lee, también se escribe. Lo más lejos de la Inteligencia Artificial al menos en mi caso. A lo mejor me equivoco y debiera consultarle sobre mis proyectos, cómo seguirlos adelante. O no, solo descubrir esa huella presente en la escritura, como plantea Morábito. Y dejarse llevar.

P.D.: El libro de Coetzee, todavía sin concluir, es Desgracia.

#Coetzee #FabioMorábito #Rastrillada #SobreElOficio

Nadie lee nada

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