Acerca de la alegría (textos)

Varios textos que hablan de la alegría, como una trinchera para los tiempos en que te quieren desanimado.

No dudes

Si de repente y sin esperarlo sientes alegría, no dudes. Entrégate a ello. Hay muchas vidas y ciudades enteras destruidas o a punto de serlo. No somos sabios y no muy a menudo amables. Y demasiado no podrá ser nunca redimido. Aun así, la vida aún tiene alguna posibilidad. Quizás esta sea la manera de combatirlo, que a veces algo ocurre mejor que todas las riquezas o el poder del mundo. Podría ser cualquier cosa, pero muy probablemente lo percibes en el momento en que el amor empieza. Sea como sea, ese es a menudo el caso. De todos modos, sea lo que fuere, no temas su abundancia. La alegría no está hecha para ser una migaja.

De Mary Oliver, en “Cisne” (2010)

Uno más conocido:

Defensa de la Alegría

Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas

defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos

defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias

defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres

defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa

defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
y también de la alegría

De Mario Benedetti, en “Botella al mar”

Otro de Mary Oliver

Temblamos de alegría

Temblamos de alegría, temblamos de pena
Qué temporadas pasan, esas dos
acogidas como están en el mismo cuerpo.

De “Evidencia”, 2009.

#Alegría #EscribenOtras #EscribenOtros #LiteraturaComoTrinchera

Te deshacías con mayor facilidad

«…y en algún momento te escribí algo que terminaba ¿podremos sobrevivir al olvido? y tuve un presentimiento que me dejó desnuda: apenas me quedaban aquellos recuerdos que todos tienen —una fiesta, una noche de verano caminando interminablemente— , los más fáciles de recordar. Tal vez quede eso para siempre porque el resto es un hueco negro que se extiende y se ensancha con los bordes rojizos, como un collar de brasas minúsculas que te comen los ojos y la boca y ya no solo desaparece tu sonrisa sino que vas desapareciendo vos. Desde anoche te deshacías con mayor facilidad, tan rápido».

Sylvia Iparraguirre en «Lejos de Buenos Aires», en «Cuentos reunidos», edición digital.

#EscribenOtras #SylviaIparraguirre

La poesía acude como un regalo

«¿Por qué la poesía siempre me parece un trabajo del alma mucho más real que la prosa? Nunca me siento exultante tras escribir una página en prosa, por muy buena que sea y muy concentrado que haya sido mi empeño, y por mucho que la imaginación, como en el caso de las novelas, se haya comprometido en el proceso.

Tal vez se deba a que la prosa es aprendida y la poesía, dada. Ambas pueden ser revisadas casi indefinidamente. No quiero decir con esto, que no trabaje al escribir poesía. Cuando estoy realmente inspirada, puedo escribir cien borradores de un mismo poema y mantener el entusiasmo. Sin embargo, esa batalla sostenida solo es posible cuando me hallo en un estado de gracia, cuando los canales más profundos están abiertos, cuando estos y yo nos encontramos en un hondo movimiento en equilibrio. Entonces, la poesía acude como regalo de unos poderes que sobrepasan mi voluntad.

Muchas veces he pensado que, si prolongara indefinidamente este solitario confinamiento, y supiera que nadie iba a leer cuanto he escrito, seguiría escribiendo poesía, pero ya no escribiría novelas. ¿Por qué? Quizás porque el poema es, de una forma primigenia, un diálogo con el yo, mientras que la novela es un diálogo con otros. Ambos proceden de formas de ser completamente distintas.

Supongo que he escrito novelas para averiguar qué pensaba acerca de algo, y he escrito poemas para averiguar qué sentía acerca de algo».

May Sarton, «Diario de una soledad»

#EscribenOtras #MaySarton #Poesía #Prosa

En los libros debe haber un orden

Reviso unos borradores. Hay uno al que le tengo más fe. Pero no sé su comienzo. Y lo necesito para no continuar con la escritura fragmentaria, un anclaje que ordene o —al menos aparente— encausar el desorden de palabras que llegan a cuentagotas.

Mientras tanto leo. Siempre leo. Poesía y narrativa. La ilusión de que la lectura puede contagiar la escritura.

«Suena Grieg en el aire, la tenue onda de La mañana. Me gusta la música de los nórdicos. He llegado a saber de música clásica por procuración. Lo tomo como un signo propicio: la mañana, sale el sol, la luz se levanta, todo promete. Nada promete nada: no sé para dónde ir ni por dónde empezar. En la carpeta bordó encuentro impresos capítulos que no recordaba haber escrito, abrochados uno detrás de otro. El orden real, el orden en el tiempo, o eso me parece, era distinto: las cosas que cuento ocurrieron en otra secuencia, me parece. Todo está mezclado, como en las conversaciones con Clara, donde los temas aparecen de golpe, sin anunciarse, por contigüidad o porque sí. Cantidad de escenas inconexas, unas páginas manuscritas, con un doblez amarillento, que resulta ser lo que me contó Aurora de sus padres: un lío de papeles que me abruma. Me quedo mirando el desparramo de hojas: ¿cómo organizar lo escrito y unirlo a lo que voy rescatando? ¿Cuál es el comienzo de todo? La vida es impredecible, desordenada, simultánea, me digo, como buscando una excusa para el desorden. ¿Y qué es la memoria sino superposición, olvidos, huecos donde se encadenan sin lógica imágenes dispares y entran palabras dichas en otro tiempo, palabras propias y palabras ajenas? Muy cierto, pero en los libros, en las novelas, si es que ésta va a ser una, debe haber un orden, y en lo que intento tal vez sea un orden que aparente el desorden. O un desorden aparente, que oculte un orden. Me distraigo. La música ha cambiado drásticamente, ahora A. está escuchando tangos, a Goyeneche. Dejo la máquina y camino los quince pasos que me separan de su escritorio. Golpeo la puerta abierta, y me asomo

—¿Estás ocupado?

Levanta la cabeza detrás del monitor y me mira. Suena su favorito, “Garúa”, y se larga a cantar a dúo: Garúa, solo y triste por la acera va mi corazón transido con tristeza de taperaa…

Me siento en su sillón de leer y, de repente, me viene a la cabeza:

—¿Te acordás la primera vez que salimos a comer y me invitaste a ir a ver a Rivero?

—Ni sabías que existía El Viejo Almacén, y yo creí que me anotaba un poroto. Eras puro Beatles. ¿Se te ofrece algo?

—No sé… —empiezo, dudando—. La famosa carpeta no tiene ningún orden. Las charlas de estos jueves con Clara siguen destapando cosas, detalles que quiero retener y se me cruzan con lo que ya tengo escrito…

Me mira por arriba de la pantalla y de los anteojos. Sé lo que me va a decir.

—En una carta, Rilke le pregunta a Rodin: “Maestro, ¿cómo hay que vivir la vida?”. Respuesta de Rodin: “Trabajando”.».

Lo miro. Rodin, El pensador en la Plaza Congreso; me cae en la cabeza Ma mère. Pego un salto.

Vuelvo a mi escritorio. La mente clara como un día de verano luego de un revuelo mental prodigioso que, en microsegundos, sacudió árboles, tiró bancos de plaza y desordenó todo. Se abrió la luz: mi encuentro con Clara en el Museo. Así debe empezar: Clara, sentada en la última hilera de la clase, tal como la vi. Qué alivio me produce el descubrimiento. Tener un comienzo es tener algo sumamente importante.

Decido dejar los capítulos o fragmentos sin orden cronológico, tal como los encontré abrochados. Que vayan así, llevados y traídos por el tiempo que sopla, me digo muy inspirada, como la repetida pero eficaz imagen del viento sobre las hojas secas: revolviéndolas, confundiéndolas, muchas veces destruyéndolas.».

Sylvia Iparraguirre en su maravillosa novela «Antes que desaparezca». Texto que también desliza las dificultades de escribir, la memoria, como recordamos. O no.

«Trabajando», lanza Abelardo a Sylvia.

Vuelvo a mi borrador. Lo que leo, mejor de lo que pensaba. No sé dónde comienza mi texto. Pero es promisorio.

#escribenOtras #sylviaIparraguirre

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El rastro que deja el oleaje al retirarse de la playa

En su ensayo Nagori, la poeta, escritora y traductora japonesa, Ryoko Sekiguchi, se explaya sobre la relación de su pueblo con las estaciones. En el libro, entre otros tópicos, plantea tres términos diferentes para describir en qué estado de la estacionalidad se encuentra un alimento: hashiri, sakari y nagori,que designan, respectivamente, el equivalente a «primeros frutos», a «plena temporada», y el último, nagori, al final de la temporada, «la nostalgia por la estación que termina».

«Los dos primeros términos son fáciles de entender: el inicio de la temporada y su apogeo son, qué duda cabe, nociones que muchas culturas comparten. Más complicado resulta hallar un equivalente para el último, nagori. Un fruto de nagori es, por ejemplo, un fruto al final de su temporada, el fruto sobremadurado. Se despide de nosotros hasta el año siguiente y por ello nos inspira nostalgia».

La autora agrega que nagori «alude principalmente a la huella, la presencia, la atmósfera de algo pasado, de algo que ya no está. Podemos hablar en este sentido de una ciudad que ha conservado aires de villa medieval o de una vivienda que evoca el gusto y el ambiente de quienes la habitaron en otro tiempo. Nagori designa también las consecuencias, los daños o las secuelas de un acontecimiento, como el nagori de un terremoto o de una enfermedad».

«Por extensión, nagori puede nombrar «lo que queda», persona u objeto, lo que subsiste en el mundo en el lugar de una persona fallecida, como un niño recuerda a sus difuntos padres a quienes los conocieron. Puede aludir asimismo al momento de la separación o al final de la vida. O al estado de algo que persiste, como esas pocas flores que permanecen en el árbol al término de la estación».

Abundan en el texto las expresiones idiomáticas con nagori. Me quedo con eso de que «entreveran apego, nostalgia y temporalidad».

«La etimología de la palabra se remonta a nami-nokori, «vestigio de las olas», que designa el rastro que deja el oleaje después de retirarse de la playa. Esto incluye tanto la huella de las propias olas, esos surcos inmateriales dibujados sobre la arena, como las algas, las conchas, los trozos de madera y los guijarros que quedan a su paso. No hay razón ni lógica detrás de esa acumulación de sedimentos, pero, una vez que aparece, se asienta ahí durante un tiempo, efímera».

Y agrega más adelante la autora: «Nuestras emociones no se mueven con tanta facilidad. Por vivas y reactivas que sean, son mucho más lentas que nuestro cuerpo a la hora de desprenderse de una persona o de un lugar. Siempre nos acompañan, unos pasos por detrás de nosotros»

«Este complejo y delicado concepto se ha desarrollado ampliamente en las artes en general, tanto en poesía como en relatos y novelas, e incluso en pintura y obras teatrales. Nagori es un poco la saudade japonesa, con la diferencia de que las emociones que suscita son bien distintas. Implica una suerte de resignación, la idea de un destino que no se puede modificar. Dejamos una parte de nosotros mismos en la cosa, en el mundo, en la belleza y en el corazón del ser amado. El corazón que experimenta el nagori es generoso, por no decir animoso: no teme entregarse a esas pequeñas cosas insignificantes, no necesariamente dramáticas pero sí frágiles y delicadas, que componen nuestra vida».

Al relacionarlo con los alimentos, nagori va aparejado a un fruto de temporada. «Añoramos la estación que se va, y el sabor de ese fruto viene a reflejar, a encarnar la estación o, más concretamente, la estación en el final de su vida… En un plato de nagori, a la vez que se establece un vínculo con aquello que rinde la naturaleza, entra en juego algo que no pertenece meramente al orden de lo gustativo. Nos enfrentamos a la estación que nos dice adiós o de la que nosotros nos despedimos, y las idas y venidas del recuerdo se asientan, como olas, con cada bocado».

Degusto las palabras. Me quedo con eso de que «nuestras emociones no se mueven con tanta facilidad. Por vivas y reactivas que sean, son mucho más lentas que nuestro cuerpo a la hora de desprenderse de una persona o de un lugar. Siempre nos acompañan, unos pasos por detrás de nosotros».

Sigo con la lectura, pero me debía una pausa para registrar estas anotaciones.

Acerca de Ryoko Sekiguchi

Escritora, poeta, traductora y crítica gastronómica japonesa.

Estudió historia del arte en la Sorbona y se doctoró en literatura comparada y estudios culturales en la Universidad de Tokio.

Reside en París desde hace más de veinte años y escribe sus libros en francés y japonés, lenguas con las que además trabaja como traductora, leo en Wikipedia.

#CocinaDeLaEscritura #Ensayo #EscribenOtras #RyokoSekiguchi

Sobre los deseos

Desear para sentirse vivo.

Últimamente, las lecturas van por los deseos. Pulsiones de vida, resistencias posibles —pienso en otra palabra menos bastardeada que todavía no se arrima— contra las pulsiones de muerte que impulsan una desintegración social.

Estrategias y pequeños deseos. Contra lo ordinario.

Contra lo ordinario

Nadie ha podido demostrar hasta ahora
de manera fehaciente
que los pequeños deseos
son más fáciles de conseguir que los grandes.
Solo se ha podido demostrar
de manera fehaciente
que son más numerosos.

El poema es de Cristina Peri Rossi, en «Estrategias del deseo», edición digital.

Más de «Estrategias del deseo»

#CristinaPeriRossi #Deseo #EscribenOtras

Escríbelo para que no perezca | Con letra propia

Versos para no perecer, de Cristina Peri Rossi.

Con letra propia

Hoyo

En mis textos, tengo la impresión de estar cavando siempre el mismo hoyo. Pero reconozco tener diferentes modos de escritura.

Annie Ernaux, “La escritura como un cuchillo”.

#AnnieErnaux #EscribenOtras

Comer tierra y que los ojos se acostumbren a ver

En Cometierra de Dolores Reyes, la pobreza se palpa. También el asesinato de mujeres, chicas jóvenes que solo les importan a sus familias. Y también está ella, flaca, de pelo largo y que traga tierra para adivinar qué les ocurrió a las olvidadas.

«Yo agarré tierra de la lata y me la fui metiendo en la boca. La casa se me oscureció como si la hubiesen tapado con una tela negra. Tuve ganas de prender la luz para que no nos tragara la noche que la tierra había desplegado alrededor nuestro. Tan oscuro todo, tan un pozo profundo al que nunca llegaba la luz del sol, que bueno no podía ser. Cuando estaba a punto de parar, de abandonar por el miedo y abrir los ojos, empezó a irse la oscuridad, como si alguien estuviera prendiendo velas, una atrás de la otra, y los ojos se acostumbraran a ver».

Cometierravive con su hermano Walter después de que su padre asesinara a su mamá, convirtiendo su casa en el páramo del aguante, de pibes y pibas que juegan a la Play y toman cerveza, hasta el hartazgo.

Poco a poco, la fama de Cometierra supera las fronteras del barrio y su jardín abandonado comienza a rodearse de latas, botellas con tierra y mensajes de personas que buscan a sus hijos e hijas.

«Cada botella era un poco de tierra que podía hablar… Mientras cerraba el candado de la reja, pensé en las cero ganas que tenía de encontrar una botella nueva y también en que no podía dejarla ahí para que la vieran los pocos vecinos que todavía no sabían de mí o se imaginaran, como yo, la mano colándose por la reja, la cara de desesperación que me la había traído. Igual, por más que levantara la botella, ese día no quería comer tierra y punto. Iban siendo, desde hacía tiempo, «cincuenta» botellas para mí. Tantas que no podía ni quería contar, tantas que me hartaban».

Y resolver el destino de muertas y desaparecidas no es fácil. «A veces sentía el peso de todas las botellas juntas que iban transformando mi casa en lo que siempre había odiado, un cementerio de gente que no conocía, un depósito de tierra que hablaba de cuerpos que nunca había visto. Mientras, mamá estaba sola en donde, dicen, descansan los muertos. Yo nunca la iba a ver. El Walter no sé. A veces yo quería, pero después no iba. Nunca había vuelto desde que era chica y se la habían llevado».

Policial negro editado por Sigilo, tiene al conurbano como paisaje y los héroes no son los policías o detectives, sino una vidente que intenta dar respuesta, desde su corta edad a la desesperación de la gente. «Pasamos por al lado de una estación de servicio abandonada. Era enorme y no me acordaba si alguna vez la había visto funcionando o si siempre había estado así, tapiada con maderas que no dejaban ver para adentro. Nunca una luz. Las veces que pasaba por ahí, me colgaba a leer lo que iban escribiendo en las maderas. Casi me sabía todas las inscripciones de memoria. El corazón en donde decía: «Yani y Lara 4ever». Abajo: «Lucas se te acaba el juego». En aerosol negro: «Awante los pibes del portón». Más adelante un esténcil que también se leía por todo el barrio: «Melina baila en mi corazón lesbiano». Y atravesado, enorme: «Rescatate wachx: Podestá es tu tierra».

Y contra la desaparición de personas, la violencia y la injusticia, Cometierra busca aliviar el dolor. El suyo y el de los demás, resolviendo casos y descubriendo el amor, quizás como contrapeso ante tanto horror. Mientras afuera se acumulan botellas, fotos, pedidos desesperados.

«Me agaché entre las plantas, corrí las hojas enormes, y dejé la botella con las otras para que le hicieran compañía. Había muchas azules. Ningún azul era igual a otro, ninguna tierra tenía el gusto de la tierra de otra botella. No se extraña a un hijo, un hermano, una madre o un amigo igual que a otro. Parecían tumbas brillantes una al lado de la otra. Al principio las contaba, las acomodaba con cariño, a veces acariciaba alguna hasta que me decidía a probar de su tierra. Casi siempre era así, pero ese día las odiaba. Me pesaban más que nunca. Todas juntas me cansaban. Sentía todas las botellas apilándose en mí. El mundo debía ser más grande de lo que siempre había creído para que pudiera desaparecer tanta gente».

Pero de tanta violencia y muerte se sale rota y Cometierra lo sabe. Y se planteará una salida. Novela cruda y que no da respiro la obra de Dolores Reyes es una voz ineludible contra la naturalización de los femicidios y la pobreza, contra la sucesión de lápidas, nombres y fechas, que de tanto repetirse corren el riesgo de no conmovernos. Pero no. No se puede salir ileso de Cometierra. Ni dejar de leerla.

Biografía de la autora

Dolores Reyes nació en 1978 al oeste de la provincia de Buenos Aires, donde vive con sus siete hijos, ejerce la docencia y escribe. Estudió Profesorado de Enseñanza Primaria y Griego y Culturas Clásicas en la Universidad de Buenos Aires. Publicada en 2019, Cometierra, su primera novela, fue traducida a doce idiomas y aclamada como uno de los mejores libros del año según The New York Times, El País, El Mundo, El Universal, Página 12 y Perfil. En el 2023, publicó Miseria, su última novela, una continuidad de Cometierra.

#EscribenOtras

Los nombres de la lluvia

Llueve. Las palabras se demoran. Abro la puerta balcón y dejo que el olor a lluvia pasee por la casa. Petricor, se ha difundido por ahí. Para la RAE, no existe. Igual no concilio con ella. Y busco otras.

Aparece un artículo. Elijo reiu (lluvia fría) y kanu (lluvia fría de invierno), del japonés.

El agua cae acompasada. Y las palabras se demoran, pero no hay desesperación. Sigue siendo un norte aquello de Isak Dinesen, citado por Raymond Carver, que ella escribía un poco todos los días, sin esperanza y sin desesperación.

Escritura como refugio. Y lecturas, varias. Dos de mujeres. Paula Tomassoni y su Indeleble. Argentina, 2001. Un suicidio y cómo reponerse, en un país que espera no colapsar y donde la receta siempre es reforma laboral, baja del gasto público. Tan cíclicos que duele. Y tan desmemoriados.

Leila Sucari y Fugaz, una interpelación a la maternidad, a la que rechaza, abraza e interpela. También una obsesión con las ballenas que, por más que sepan del peligro, van a encallar a una playa. Casi como Argentina.

Una patagónica y en lectura. Pitanza nocturna, de Gonzalo Marrón. Registro de vivir y de una vida —que es la literatura si no—con morosa maestría, dice Daniel Guebel en la contratapa y coincido. Libro rayado y anotado, como corresponde. Elijo al azar el repaso de una escena, como un predicado desnudo que apenas astilla el comentario del recuerdo, que en cada ocasión se inventa nuevos maridajes. Ciudades, vivencias y espacios se recorren bajo esos maridajes que nos deja el tiempo. Y se registran con solidez y belleza.

La literatura como espacio donde cobijarse, un alero que sirve de refugio contra la lluvia. Comparto un fragmento de reflexiones de Carver. Seguramente conocidas.

La escritura de un cuento, según Raymond Carver

Allá por la mitad de los sesenta empecé a notar los muchos problemas de concentración que me asaltaban ante las obras narrativas voluminosas. Durante un tiempo experimenté idéntica dificultad para leer tales obras como para escribirlas. Mi atención se despistaba; y decidí que no me hallaba en disposición de acometer la redacción de una novela. De todas formas, se trata de una historia angustiosa y hablar de ello puede resultar muy tedioso. Aunque no sea menos cierto que tuvo mucho que ver, todo esto, con mi dedicación a la poesía y a la narración corta. Verlo y soltarlo, sin pena alguna. Avanzar. Por ello perdí toda ambición, toda gran ambición, cuando andaba por los veintitantos años. Y creo que fue buena cosa que así me ocurriera. La ambición y la buena suerte son algo magnífico para un escritor que desea hacerse como tal. Porque una ambición desmedida, acompañada del infortunio, puede matarlo. Hay que tener talento.

Son muchos los escritores que poseen un buen montón de talento; no conozco a escritor alguno que no lo tenga. Pero la única manera posible de contemplar las cosas, la única contemplación exacta, la única forma de expresar aquello que se ha visto, requiere algo másEl mundo según Garp es, por supuesto, el resultado de una visión maravillosa en consonancia con John Irving. También hay un mundo en consonancia con Flannery O’Connor, y otro con William Faulkner, y otro con Ernest Hemingway. Hay mundos en consonancia con CheeverUpdikeSinger, Stanley Elkin, Ann Beattie, Cynthia Ozick, Donald Barthelme, Mary Robinson, William Kitredge, Barry Hannah, Ursula K. LeGuin… Cualquier gran escritor, o simplemente buen escritor, elabora un mundo en consonancia con su propia especificidad.

Tal cosa es consustancial al estilo propio, aunque no se trate, únicamente, del estilo. Se trata, en suma, de la firma inimitable que pone en todas sus cosas el escritor. Este es su mundo y no otro. Esto es lo que diferencia a un escritor de otro. No se trata de talento. Hay mucho talento a nuestro alrededor. Pero un escritor que posea esa forma especial de contemplar las cosas, y que sepa dar una expresión artística a sus contemplaciones, tarda en encontrarse.

Decía Isak Dinesen que ella escribía un poco todos los días, sin esperanza y sin desesperación. Algún día escribiré ese lema en una ficha de tres por cinco, que pegaré en la pared, detrás de mi escritorio… Entonces tendré al menos esa ficha escrita. “El esmero es la ÚNICA convicción moral del escritor”. Lo dijo Ezra Pound. No lo es todo aunque signifique cualquier cosa; pero si para el escritor tiene importancia esa “única convicción moral”, deberá rastrearla sin desmayo.

Tengo clavada en mi pared una ficha de tres por cinco, en la que escribí un lema tomado de un relato de Chejov:… Y súbitamente todo empezó a aclarársele. Sentí que esas palabras contenían la maravilla de lo posible. Amo su claridad, su sencillez; amo la muy alta revelación que hay en ellas. Palabras que también tienen su misterio. Porque, ¿qué era lo que antes permanecía en la oscuridad? ¿Qué es lo que comienza a aclararse? ¿Qué está pasando? Bien podría ser la consecuencia de un súbito despertar. Siento una gran sensación de alivio por haberme anticipado a ello.

Una vez escuché al escritor Geoffrey Wolff decir a un grupo de estudiantes: No a los juegos triviales. También eso pasó a una ficha de tres por cinco. Sólo que con una leve corrección: No jugar. Odio los juegos. Al primer signo de juego o de truco en una narración, sea trivial o elaborado, cierro el libro. Los juegos literarios se han convertido últimamente en una pesada carga, que yo, sin embargo, puedo estibar fácilmente sólo con no prestarles la atención que reclaman. Pero también una escritura minuciosa, puntillosa, o plúmbea, pueden echarme a dormir. El escritor no necesita de juegos ni de trucos para hacer sentir cosas a sus lectores. Aún a riesgo de parecer trivial, el escritor debe evitar el bostezo, el espanto de sus lectores.

Hace unos meses, en el New York Times Books Review, John Barth decía que, hace diez años, la gran mayoría de los estudiantes que participaban en sus seminarios de literatura estaban altamente interesados en la “innovación formal”, y eso, hasta no hace mucho, era objeto de atención. Se lamentaba Barth, en su artículo, porque en los ochenta han sido muchos los escritores entregados a la creación de novelas ligeras y hasta “pop”. Argüía que el experimentalismo debe hacerse siempre en los márgenes, en paralelo con las concepciones más libres. Por mi parte, debo confesar que me ataca un poco los nervios oír hablar de “innovaciones formales” en la narración. Muy a menudo, la “experimentación” no es más que un pretexto para la falta de imaginación, para la vacuidad absoluta. Muy a menudo no es más que una licencia que se toma el autor para alienar -y maltratar, incluso- a sus lectores. Esa escritura, con harta frecuencia, nos despoja de cualquier noticia acerca del mundo; se limita a describir una desierta tierra de nadie, en la que pululan lagartos sobre algunas dunas, pero en la que no hay gente; una tierra sin habitar por algún ser humano reconocible; un lugar que quizá sólo resulte interesante para un puñado de especializadísimos científicos.

Sí puede haber, no obstante, una experimentación literaria original que llene de regocijo a los lectores. Pero esa manera de ver las cosas -Barthelme, por ejemplo- no puede ser imitada luego por otro escritor. Eso no sería trabajar. Sólo hay un Barthelme, y un escritor cualquiera que tratase de apropiarse de su peculiar sensibilidad, de su mise en scene, bajo el pretexto de la innovación, no llegará sino al caos, a la dispersión y, lo que es peor, a la decepción de sí mismo. La experimentación de veras será algo nuevo, como pedía Pound, y deberá dar con sus propios hallazgos. Aunque si el escritor se desprende de su sensibilidad no hará otra cosa que transmitirnos noticias de su mundo.

Tanto en la poesía como en la narración breve, es posible hablar de lugares comunes y de cosas usadas comúnmente con un lenguaje claro, y dotar a esos objetos -una silla, la cortina de una ventana, un tenedor, una piedra, un pendiente de mujer- con los atributos de lo inmenso, con un poder renovado. Es posible escribir un diálogo aparentemente inocuo que, sin embargo, provoque un escalofrío en la espina dorsal del lector, como bien lo demuestran las delicias debidas a Navokov. Esa es de entre los escritores, la clase que más me interesa. Odio, por el contrario, la escritura sucia o coyuntural que se disfraza con los hábitos de la experimentación o con la supuesta zafiedad que se atribuye a un supuesto realismo. En el maravilloso cuento de Isaak BabelGuy de Maupassant, el narrador dice acerca de la escritura: Ningún hierro puede despedazar tan fuertemente el corazón como un punto puesto en el lugar que le corresponde. Eso también merece figurar en una ficha de tres por cinco.

En una ocasión decía Evan Connell que supo de la conclusión de uno de sus cuentos cuando se descubrió quitando las comas mientras leía lo escrito, y volviéndolas a poner después, en una nueva lectura, allá donde antes estuvieran. Me gusta ese procedimiento de trabajo, me merece un gran respeto tanto cuidado. Porque eso es lo que hacemos, a fin de cuentas. Hacemos palabra y deben ser palabras escogidas, puntuadas en donde corresponda, para que puedan significar lo que en verdad pretenden. Si las palabras están en fuerte maridaje con las emociones del escritor, o si son imprecisas e inútiles para la expresión de cualquier razonamiento -si las palabras resultan oscuras, enrevesadas- los ojos del lector deberán volver sobre ellas y nada habremos ganado. El propio sentido de lo artístico que tenga el autor no debe ser comprometido por nosotrosHenry James llamó “especificación endeble” a este tipo de desafortunada escritura.

Tengo amigos que me cuentan que deben acelerar la conclusión de uno de sus libros porque necesitan el dinero o porque sus editores, o sus esposas, les apremian a ello. “Lo haría mejor si tuviera más tiempo”, dicen. No sé qué decir cuando un amigo novelista me suelta algo parecido. Ese no es mi problema. Pero si el escritor no elabora su obra de acuerdo con sus posibilidades y deseos, ¿por qué ocurre tal cosa? Pues en definitiva sólo podemos llevarnos a la tumba la satisfacción de haber hecho lo mejor, de haber elaborado una obra que nos deje contentos. Me gustaría decir a mis amigos escritores cuál es la mejor manera de llegar a la cumbre. No debería ser tan difícil, y debe ser tanto o más honesto que encontrar un lugar querido para vivir. Un punto desde el que desarrollar tus habilidades, tus talentos, sin justificaciones ni excusas. Sin lamentaciones, sin necesidad de explicarse.

Este texto de Raymond Carver apareció por primera vez en The New York Times Book Review en 1981 con el título de Apuntes de un narrador.

Mi fuente es de este sitio, donde podés leer el texto completo.

Foto de Tomáš Malík. Pexels.

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