Textos reunidos, a 50 años del Golpe Cívico-Militar

El 24 de marzo se conmemora el 50° aniversario del golpe cívico-militar de 1976, cuando -en representación del estado argentino- se cometieron delitos de lesa humanidad y secuestraron a hombres y mujeres, para trasladarlos a centros clandestinos de represión donde fueron torturados y asesinados.

Escribí varios textos que dan cuenta de aquellos años. Comparto algunos.

El día que nunca terminó de encajar

Abrió los ojos. No necesitó mirar las manecillas fosforescentes para saber la hora. Soltó las imágenes del sueño y se tomó unos minutos, habituándose a la oscuridad, hasta que fue necesario levantarse. Despacio. Para no marearse.

El espejo del baño le devolvió las arrugas y los ojos oscuros, intensos. Todavía.

En la cocina, el primer hervor del agua terminó por despabilarla, se dejó embriagar por el aroma del café en saquitos.

No vayas a trabajar, recordó.

Su negativa. «Por qué no, si no hice nada malo».

Aquel día nunca terminó de encajar ni languideció con las ocupaciones cotidianas, las que dan algún sentido y tranquilidad. Y supo que algo andaba mal cuando él no regresó a casa. En la radio, voces ásperas, el país bajo el control operativo de las Fuerzas Armadas.

Los primeros llamados a los compañeros de trabajo. Nadie sabía nada en la fábrica, convenientemente custodiada por soldados y un carro de asalto. La denuncia policial, la artera esperanza de que regresaría, el inicio de la espera y la búsqueda, el velo del no te metás, la incertidumbre.

Fueron años que prefiere no recordar y en los que sobrevivió gracias al barrio, al recuerdo de Beto, que los empujó a organizarse para reclamar por cloacas y agua, la garita del ómnibus.

Un día el velo se rasgó y supo del secuestro de delegados y delegadas, reconstruyó su historia particular en el dolor colectivo. Y se reconoció en otras olvidadas. Fue natural reclamar en la calle. Desde entonces.

En la radio, voces de conmemoración y actos en todo el país. Alguien pide una canción. Ella se mira las arrugas. Desparramando fe, las Madres del amor.

Mensaje de hija que no había visto, emojis con muchos corazones, el «descansá» de todas las noches. «Te paso a buscar a las seis». Asintió, como si ella pudiera verla y se dejó arropar por el olor a pan tostado, Beto, su compañía.

Anuncian buen tiempo para la tarde.

Uno de los más importantes -al menos en extensión- es la novela «El porvenir es una ilusión», editada por Colisión Libros, una historia de amistad en tiempos turbulentos.

Transcribo el capítulo 1

Hoy

La noticia no me sorprendió, como si sólo fuera cuestión de tiempo para que la certeza tomara cuerpo y no naufragara en las traiciones de la esperanza. Salí al patio y me refugié unos instantes bajo el parral. Algunos rayos de sol se colaban entre las hojas y anunciaban la dureza de un verano diferente.

Una de mis hijas –la que no conoció Martín– luchaba por atarle el pelo a una de sus muñecas mientras la embadurnaba con barro. “Es crema para la cara, papá”, se atajó ante mi vistazo indisimulado.

El Negro odiaba el calor. Aseguraba que era para burgueses venidos a menos y oficinistas pálidos, ansiosos por hacinarse en playas atiborradas de turistas. Su recuerdo es como esas huellas de nuestro cuerpo que coinciden con los secretos de la memoria. Están ahí y tienen su historia, sus confidencias, sus humores. Están ahí para demostrarnos que estamos vivos.

En los días leves tenía la esperanza de que mi amigo viviera en algún país europeo (siempre pensé que podía ser escandinavo) y que se negaba a volver a casa por resentimiento, amargura o demasiada melancolía.

En los días espesos, su ausencia hería el alma.

Como hoy.

Todavía conservo sus cartas. Una de las últimas, fechada en diciembre de 1978, lamentaba el triunfo de Argentina en el Mundial. Sin embargo yo podía leer entre líneas —porque para eso son los amigos— que todavía tenía la confianza suficiente para iniciar el camino de regreso.

En cada sobre de remitentes falsos como Calle de la Buena Vida o el Libertador de América, había un párrafo para nosotros, Flores, y aquel breve paso por La Colonia. Todo camuflado con frases como “no puedo olvidar el aroma del perfume que tenías aquella tarde” o “no descuides a mi jardín rechoncho, espero que no se haya llenado de cardos rusos”.

Más de una vez estuve tentado de contarle que mi versión de consignatario de hacienda se había ido al diablo, pero me contuve. O que pasé varios meses en la cárcel “por las dudas”. Mi tiempo a la sombra acabó con mi negocio y confirmó la intuición de que las botas de cuero, ponchos caros y cuchillos de plata no congenian con los que cuestionan el orden impuesto. Y darle una mano al Negro fue una afrenta que no me perdonaron.

Fueron tiempos duros. Subsistimos gracias a la resistencia sublime de Claudia, que siempre se las ingenió para traer un pedazo de pan a la mesa. Algunos ahorros, bisutería, venta de cosméticos y otras baratijas lograron capear el temporal. Transcurría el año 1983 cuando Alfonsín aseguraba que con la democracia se come, se educa, se vive y la tormenta pareció alejarse del horizonte.

Creo que esos años sirvieron para despedirme de los mandamientos familiares. No porque fueran una carga sino porque cada uno debe transitar su propia senda y la mía parece surcada por libros, citas y alumnos a los que trato de contagiar mi entusiasmo por las palabras, con su miríada de versos y relatos.

Acaso como éste, que subyace mientras la vida pasa y reclama por saldar una deuda pendiente, deuda que no tiene que ver con el dinero sino con nuestra piel, habitada por sueños, miserias o lealtades. Como la vida misma.

Y si fuera posible reducir nuestra historia a varios relatos, uno de ellos estaría atravesado por llamadas telefónicas: una que recibí de Flores preguntándome por el Negro y otra que le devolví al mes siguiente pese al miedo y la incertidumbre.

Cuando colgué el teléfono, aquel 29 de junio de 1976, supe que había cruzado una línea. Pero no había vuelta atrás. Ignoro si el interventor de La Colonia me confesó el operativo porque sospechaba de mí o porque simplemente tenía que contárselo a alguien. Era una rata, un servil con el poder que disfrutaba muy bien de su rol social.

Lo cierto es que su soberbia me permitió saber que iban de nuevo tras mi amigo y mi advertencia no sorprendió a Flores. “¿Por qué lo hace?”, preguntó. “Por la misma razón que usted”, creo que contesté. Después los días se tornaron cenicientos y fueron cubiertos con un velo tenue y solidario, acorde con un invierno que parecía interminable.

Me encontraba en prisión cuando el comisario me contó que los grupos de tareas habían arrasado mi casa e incendiado mi biblioteca. Los pormenores de la huida del Negro los tuve cuando recibí su primera carta desde Brasil. Simulaba ser un primo de Claudia que llevaba tiempo sin escribirnos y recordaba una lejana visita a La Colonia.

Yo había recuperado la libertad hacía poco tiempo y la noticia fue un alivio para nosotros. Intuí que Flores me debía una explicación y fui a verlo. El hombre ya vivía en la ciudad y soportaba el desprecio de sus camaradas, quienes lo consideraban un inútil, un perdedor derrotado por el whisky, confinado a pudrirse en oficinas sofocantes.

El comisario me citó un día en su casa; la del barrio policial, la que continuaba sin Leonor pero recibía las visitas domingueras de su hijo. Su jardín abandonado contrastaba con las rejas nuevas y el césped reluciente de las casas vecinas. Era un paria entre sus pares, el diferente de la manada, el disconforme que disfrutaba de su rol dentro de una institución rígida.

Allí me contó que la idea había sido suya. Que no lo habían planeado pero Ramírez había facilitado las cosas. También que Martín estuvo escondido en el caldenal, hasta que llegó la ayuda. No me lo confesó, pero creo que se alegró cuando le mostré la carta recibida. “Manténgame al tanto”, deslizó.

Es curioso el vínculo que puede formarse entre dos hombres. Nunca nos frecuentamos pero siempre nos tuvimos presentes, como aquella vez que apareció en casa, me dejó mi ejemplar de “La Ilíada” y un cuaderno con anotaciones de Martín, de su exilio interior. “Lo encontré cuando hacía el bolso”, agregó luego de confirmarme que La Colonia había sido abandonada tras el cierre del destacamento policial.

Quizás por eso, porque no puedo explicarlo o porque simplemente debo mantenerlo al tanto, es que vine a verlo y estamos frente a frente, en su oficina de detective privado que huele a misterio rancio y rincones húmedos, a perfume barato y maridos engañados.

—Página 3, nacionales, arriba a la derecha —dije.

Releyó la nota un par de veces y tiró el diario sobre la mesa ratona. —¿Ahora qué hacemos?—preguntó.

Le mostré mi bolso de viaje.

—Me voy a La Colonia, ¿quiere venir?

—¿Por cuánto tiempo?

—El necesario. Necesito contar esta historia y los detalles están allá.

Flores me miró.

—Está loco Leandro. Déme unos minutos que junto unas cosas».

Otro fragmento:

Era cerca de la medianoche cuando un aguacero impensado se desplomó sobre el despojo de Colonia El Porvenir y la iglesia develó todas sus goteras. Una razón más para largarnos cuanto antes de este caserío al que parece no agradarle nuestra visita. Sé que es una jugarreta de mi imaginación y que no es posible, pero ayer vi a la vieja Lucía. Llevaba un gato siamés en su regazo y se dirigía al consultorio del doctor Vitali, como todas las mañanas. No le dije nada a Flores, pero me hice una escapada hasta el cementerio. Su panteón estaba abierto. No me animé a entrar.

Quizás hay que dejar los espectros en el pasado. Quizás no era tan buena idea esto de recordar a Martín y avivar fantasmas. O a lo mejor es el momento ideal después de los indultos presidenciales y un plan económico parecido al de Martínez de Hoz pero aplicado a comienzos de los noventa.

Traje conmigo el cuaderno de anotaciones del Negro, sus dudas ante una lucha que, intuyo, sentía en retroceso desde que Montoneros pasó a la clandestinidad y las acciones militaristas estuvieran a la orden del día. “Cuando vos confiás en un compañero, cuando tu vida depende de una cita diaria no te hacés tantas preguntas”, escribió en uno de los márgenes.

Sonrío. Esa respuesta es para mí. Es fácil reflexionar sobre los hechos unos quince años después. Supongo que por eso le dejó el cuaderno a Flores, a sabiendas que éste me lo alcanzaría alguna vez y entablaríamos este diálogo sobre la historia que, al fin y al cabo, es un diálogo sobre nosotros y nuestro tiempo.

Pavada de frase. Grandilocuente y jactanciosa. Estoy seguro que Martín se hubiera muerto de risa, aunque era consciente que aquellos años fueron de palabras absolutas, no había lugar para medias tintas. Patria o muerte, Liberación o Dependencia, así se percibía. El futuro estaba al alcance de la mano y había llegado la hora de los pueblos.

“Aquí estoy para vivir/mientras el alma me suene, / y aquí estoy para morir, / cuando la hora me llegue, / en los veneros del pueblo/desde ahora y desde siempre. / Varios tragos es la vida/y un solo trago es la muerte.” , escribió Martín en este cuaderno que sigue hablando conmigo y desliza sus palabras en una suerte de diálogo postergado que se puede realizar en cualquier momento, pues para eso están los amigos.

Suerte de diálogo postergado, esto va de mal en peor. Quizás ya sea hora de volver a casa, cruzar el Aqueronte con la esperanza de no hundirme y dejar que el olvido haga su trabajo. Pero todavía no puedo. Coincido con Martín – y seguimos con los diálogos – que este caserío abandonado es un metáfora del país, los restos de un porvenir habitado por nostálgicos y derrotados (porque no somos otras cosa Flores y yo) que no se resignan a las risas superficiales y al olvido por decreto.

Otro relato:

Los abrazos


Sabés, toda historia puede reducirse a palabras. No es nuevo. La mía, la nuestra. Letra por letra. Algunas en detrimento de otras. Aprenderás a darte cuenta (ya lo hiciste. No te estaría escribiendo, sino). Palabras que espantaron el sinsentido y alcanzaron para quedarnos más cerquita de la vida.

Porque había que apostar la vida en aquellos años. Y los viejos lo hicieron.

La lluvia empapa la ventana y el cielo plomizo parece devorarse la tierra. Escribir se parece a las gotas en el vidrio. Las palabras golpean, se desvanecen y caen en hilera, mientras repaso las fotos que te traje, como si en ellas estuvieran las certezas de lo probable.

Tacho. Pienso. Muerdo el lápiz. Pido otro café. El mozo me mira y vuelve a los pocos minutos. “Gentileza de la casa”, dice. Levanto los ojos y lo interrogo con la mirada. “No vienen muchas poetas, acá”, se excusa.

Le sonrío y vuelvo al papel. El recuerdo de tu recuerdo sigue ahí, me persigue desde que me levanté y mi cara de insomnio en el reflejo perezoso me dio los buenos días. Y supe que tenía que escribirte. Contar tu historia, nuestra historia.

Escribo sin parar, casi como una loca, sin filtrar. Yo tuve más suerte que vos, porque una noche me dejaron en la casa de los tíos. De madrugada, con un timbrazo y unos pocos días encima. Supongo que habrán ayudado los contactos influyentes.

Entra un pibe vendiendo estampitas y un vaho de combustión inunda el bar. A nadie parece importarle. Acá es común. Nadie busca a nadie y muchos fingen preocuparse por los otros. Pero les importan poco.

Ya me contarás de tu pueblo.

Dicen que es imposible, pero yo estoy segura de que crecí con tu recuerdo. Con un ruido inexplicable, casi un llanto débil. A veces, lo sentía con mayor intensidad. Otras, me era muy difícil percibirlo. Pero ahí estaba. Y no debía olvidarlo. Cómo decirte: un aleteo recurrente, el tábano de Sócrates. ¿Qué leerás? Porque estoy segura de que sos un lector impresionante. Los viejos lo eran.

Por suerte están ellas. Allí fui una mañana de invierno. A escondidas de los tíos que al principio querían saber poco de esa época. ¿Has pensando en ese juego? Yo siempre. Desde muy chica. Me provocaba mucha angustia eso de taparse la cara, contar, buscar y encontrar. Una metáfora que impresiona, ¿no?

“Estoy segura de que yo tenía un hermano”, les dije. Y me permitieron dejar una muestra de sangre. La carrera de Economía se fue al diablo y me anoté en Historia. Como no.

Traje fotos de los viejos. Son en blanco y negro te imaginarás. Se conocieron en una peña me contaron las Abuelas. Dicen sus compañeros que el flechazo fue mutuo y que poco importó la tormenta que se les vino encima.

Del secuestro hablaremos juntos. No me animo a escribirlo.

El trueno y la vibración en el vidrio anuncian que la tormenta dejó de ser pasajera, para instalarse convencida en la mañana. El agua corre furiosa, arrastrando cartones, botellas de plástico y papeles. Se lleva todo a su paso. Como la verdad.

Ahí viene el tío. Él también está emocionado por conocer a su sobrino. Ojalá que pare de llover, si no te vamos a empapar todo. Aunque eso es lo de menos. Te lo vas a tener que bancar, che.

Anoche casi no dormí. Bueno, en realidad, creo que es desde que escuché que “el resultado había sido positivo”. ¿Cómo serás?; ¿Te aturdirá la multitud como a mí?; ¿O nada que ver?; ¿Más alto, más bajo? Soy un manojo de nervios. Más que de costumbre, bah.

Preguntas y más preguntas, que empezaremos a desandar después de las miradas, los redescubrimientos, los abrazos. Qué maravilla los abrazos. ¿Pensaste alguna vez en ellos?

Por último, dejo este cuento. Integra el libro «Series y grietas», también editado por Colisión Libros.

El juego de camisetas

—¡Dale, dale! —vociferaba el desconocido con el pucho apagado entre los labios. Su hijo eludía a un defensor, pateaba otro centro que el nueve cabeceaba afuera y originaba lamentos y aplausos cerrados de la parcialidad local.

Desde la tabla que hacía de banco de suplentes visitantes, Raúl sonreía. Arengaba a los sabandijas que corrían detrás de la pelota y resistían un partido adverso desde el comienzo.


El clarear brillante lo distrajo. El griterío de los padres se confundió con los pelotazos y el siseo de los álamos se desvaneció en el recuerdo. Vio por la ventana las nubes anaranjadas que parecían colarse detrás de las ramas a merced de la brisa.

Un tic tic, de patitas urgentes por conseguir un baño, lo olisquearon un instante y el lengüetazo en la mejilla, fue la señal ineludible de los gestos que consolidan el cauce de los días.

Giró hacia la derecha y evitó mirar la cama matrimonial. Se calzó los anteojos y a través de los lentes gruesos los objetos dejaron su desenfoque habitual, tomando las formas acostumbradas.

El agua helada espantó los restos de la noche. En la cocina, la salamandra resistía el frío que se colaba por debajo de la puerta. El anciano tomó uno de los leños del cajón y lo echó al fuego. Luego encendió el calentador y apoyó la pava.

Coqui movía la cola y raspó la puerta una vez más. “Dale, andá”, le dijo y el perro salió disparado hacia el patio, con una agilidad impropia para su edad.

“La soledad es un estado mental”, pensó. Creyó oír un andar sereno por las habitaciones, el murmullo de Aída canturreando aquella vieja canción gallega. “¿Querés un mate”?, preguntó cediendo a las jugarretas de la memoria.

El silencio de la casa abrigó la respuesta. Calabaza en mano, Salió al extenso patio y lo recorrió con la mirada. Herramientas por el suelo, una huerta que no resistió la inclemencia de las heladas y el taller de carpintería al fondo parecieron saludarlo, junto a la medialuna naranja que se asomaba tras los álamos.

 Detuvo su vista en el sol y respiró profundo, sabiéndose armónico en un lugar en el mundo, el mismo que había soñado con Aída, ése en el que el renacimiento de los frutos y las cosechas se fundía junto al de sus hijos e hijas.

Llegó hasta el taller y el navajazo del invierno le dio la bienvenida. El cuzco iba delante, cruzándose y moviendo la cola. Entonces vio las cajas de cartón. Estaban debajo de unos trapos embadurnados con aceite de tractor y el cajón de las herramientas. Todavía se preguntaba por qué no las había quemado o enterrado, aunque sabía la respuesta.

Se acercó y les quitó la miríada de objetos que las cubría. Vio las publicaciones y se estremeció: pese a los años el recuerdo no parecía tan lejano.

Su hijo se las había traído una tarde. Se lo veía nervioso, tenso. Había llegado acompañado de dos compañeros de la Universidad que fumaban sin cesar, lo saludaron con un gesto de cabeza y lo esperaban en la tranquera de ingreso a la chacra.

—¿Viejo, me las podés guardar?

Él asintió. Hacía meses que no lo veía. Estaba flaco, sin afeitar y se lo veía cansado.

—¿Y mamá?

—Adentro, ¿querés pasar?

—No che, no puedo. Me voy a ir por un tiempo. Trataré de hacerles saber dónde estoy.

—¿Tan brava está la cosa?

—Sí. También te dejo las camisetas.

—Bueno —contestó y se fundieron en un intenso abrazo. El joven sonrió, lo apretó con fuerza y desapareció junto a las últimas luces del atardecer.

Desde entonces, no supo más de él.

Al principio pensó que era por la vorágine de la época. Luego una certeza ruin comenzó a socavarle las entrañas y ascendía desde su estómago en forma de acidez. Una mañana no aguantó más y le dijo a Aída: “Voy a verlo a Sepúlveda, a ver si sabe algo”.

Ella lo miró y le agradeció con la mirada. La diabetes y el sobrepeso ya habían comenzado a cercarla y desmejoraba con los días, aunque Juan sabía que estaba preocupada por su “Raulito”. Desde su partida intempestiva y como una gallina clueca, había protegido a todos sus hijos bajo las alas. Pese a la certidumbre y la sensación de que el lobo podía entrar a su antojo en el gallinero.

—Qué dice, Don Juan, ¿cómo va esa chacra? —interrogó el comisario y su cara se transfiguró al oír el nombre de Raúl. —Mire… hay cosas que mejor no preguntar… ¿No cree?

—No. No creo, por eso estoy acá. ¿Qué sabe, Sepúlveda? —inquirió con rudeza.

—Más respeto que puedo encerrarlo por desacato a la autoridad. Yo le diría que se vaya olvidando de su hijo. No era buena hierba —contestó alzando la voz y posando el arma en la culata de su arma.

—No me ofenda. Yo sé cómo era mi hijo. ¿Ya se olvidó de los campeonatos barriales, la taza de leche, los abrigos?

—Váyase don, si no quiere que lo meta en el calabozo.

Llegó a su casa y el cruce de miradas con Aída fue suficiente.

Ella lloró durante semanas. El tiempo pasó, Argentina ganó el Mundial de Fútbol, perdió una guerra con los ingleses y su chacra continuó con los ciclos frutales. Las cajas del primogénito, quien continuaría con la tradición de mimar y cuidar de la tierra, fueron a parar al taller de carpintería y se cubrieron de polvo, aunque nadie las tocó. Si sus hijos preguntaban, la respuesta era la de siempre: “Son de Raúl, dejálas ahí”.

La democracia y los años posteriores trajeron detalles del horror. Una mañana de invierno supo de su destino final en uno de los tantos vuelos de la muerte. En un acto reflejo fue hasta el taller y le quitó el polvo a las cajas, como si en aquellos objetos pudiera encontrar un espacio de comprensión, cierto alivio ante llagas y dolencias.

Oyó el andar sereno a sus espaldas y se dio vuelta. Sin decir nada, se fundieron en un largo abrazo. Aída tomó las remeras y las atesoró en la habitación de Raúl, junto al resto de objetos sensibles que los padres suelen guardar sobre sus hijos, confiados en que pueden habitarse de olores y recuerdos.

El lamido de Coqui lo trajo al presente. Miró las publicaciones amarillentas sepultadas en las cajas y cometiendo un sacrilegio, se llevó algunas, pese a que Aída las aborrecía acusándolas del destino de su hijo, en una suerte de resguardo necesario que asocia culpas con objetos. El sol ya era más que una intención en el horizonte. Juan le echó otro vistazo e ingresó a su casa.

Ya en el comedor, se preguntó cómo sería él. Todavía no podía creerlo, pero era cierto. Miró el reloj en la pared. La cita era a las diez. En su chacra, no podía ser de otra forma. El espejo del baño reflejó sus arrugas y los ojos cansados, habitados por un brillo diferente. “Ojalá estuvieras aquí, Aída”, aunque intuyó que —de una u otra manera— estaba junto a él.

La noticia se la habían confirmado hace una semana y desde entonces dormía apenas unas horas, si podía conciliar el sueño. Al principio le pareció una locura y se resistió a creerlo, aplicando un cerrojo a la esperanza. Hasta que la fortaleza cedió. Con la franqueza de lo posible.

Fue hasta el comedor. “Raúl tenía una compañera. Y fueron padres”, recordó. Al principio no comprendió y supuso que su hija le estaba jugando una mala pasada. “Sos abuelo. Y nosotros tías”, agregó emocionada.

Miró las publicaciones desparramadas sobre la mesa y el antiguo juego de camisetas celestes con guardas azules, con la leyenda de Juegos Evita en el frente y el perfil inconfundible debajo; huellas que había atesorado en una obstinada defensa de la memoria, tan necesarias como las arrugas de sus manos o las herramientas de trabajo, presintiendo que alguien las rescataría algún día.

El sonido del auto lo sorprendió. Se asomó a la ventana y se estremeció: el joven que descendía junto a sus hijas, era muy parecido a Raúl, o por lo menos a su recuerdo de hace tantos años. Su vista se nubló por un instante y sintió la humedad en sus ojos. Suspiró profundo, se abrochó la campera y salió a recibir a los visitantes.

P.D.: Podés encontrar más textos, con las etiquetas El porvenir es una ilusión, 24M, y Lo que queda, en Con letra propia.

Gracias por leer.

#24M #A50AñosDelGolpe #ColisiónLibros #ElPorvenirEsUnaIlusión #LoQueQueda #MisTextos #SeriesYGrietas

Diario del desastre

Apuntes en un diario, porque en alguna página hay que derramarse.

Esta cita de «Carol», novela pendiente, una deuda que saldo.

El capitalismo y su alienación. Al inicio del libro, la joven protagonista reflexiona sobre la vida de una compañera de trabajo de unos cincuenta años, espejo de lo que puede ser la suya.

«Therese abrió la boca para hablar, pero su mente estaba demasiado lejos. Su mente estaba en un punto muy distante, en un lejano torbellino que se abría al escenario de la terrible habitación, tenuemente iluminada, donde las dos parecían resistir en una lucha denodada. Y en aquel punto de la vorágine en que se hallaba su mente la desesperanza era lo que más la aterraba. Era la desesperanza del dolorido cuerpo de la señora Robichek, de su fealdad, de su trabajo en los almacenes, de la pila de vestidos del baúl, la desesperanza que impregnaba completamente el final de su vida».

La subrayo y copio. «Y la desesperanza que había en la propia Therese de no llegar a ser nunca la persona que quería ser ni hacer las cosas que quería hacer. ¿Acaso toda su vida había sido sólo un sueño y aquello era la realidad? Era el terror de aquella desesperanza lo que la hizo desear quitarse el vestido y huir antes de que fuera demasiado tarde, antes de que las cadenas cayeran sobre ella y se cerraran».

La imagen llega de improviso, sin defensas. El día que empecé a trabajar en una gráfica. Por un lado, el alivio por haber hallado trabajo con más de un 20% de desocupación en un país que compraba desde autos a licuadoras en comodísimas cuotas.

Por el otro, la angustia de que el tiempo vital comenzaba a esfumarse, ese tiempo para estudiar o para intentar escribir, iba a ser carcomido por la subsistencia diaria.

Ernaux: Lo que escribo en un diario, sea del tipo que sea, se nutre del presente. Por diferentes razones, ciertamente, como fijar una emoción, un encuentro, unas dificultades de la vida o de la escritura, con la convicción de que escribirlas me ayudará de una manera u otra. El diario es el depósito de la fugacidad. (La escritura como un cuchillo).

Sueño recurrente. Iba a otro lugar a hacerme estudios médicos. ¿Buenos Aires? Conocía a varias profesionales. Una de ellas pelirroja, de pelo largo. A mi lado, otra paciente. «Sos la nueva atracción». La novedad, el caso extraño.

Una de las doctoras —no la pelirroja— me hacía unos análisis y decía que estaban bien. No le creí.

Sala espera enorme, de techos muy altos, con mostrador elevado, en ele. Paredes verde claro, un hospital de los setenta. Aventuro que recuerdo del Hospital de Niños.

La sensación de que no era la primera vez que lo soñaba. Sí, que lo recordaba.

Otro sueño. Buscaba a seres queridos. También que me invitaban a un evento importante, colmado por poetas que conozco y me ignoraban. Dolía. Creo ser generoso con mis pares.

Empecé una novela de amor, dos mujeres que se necesitan. Parece que hay una voz ahí, agazapada.

Últimamente escribo a tientas. ¿O siempre es así?

#Diario #DiarioDelDesastre #MisTextos

Sigo suelto, corazón

—Cómo anda poeta, usted que sabe, ¿Me recomienda libros para leer?pregunté.

Y así lo hizo. Con Fede nos vemos menos de lo que debiéramos, pero compartimos lecturas, comentarios y textos. Tenemos en común lo de trabajar en silencio y sin estridencias, si de escribir se trata.

Entre esos libros de poesía, me pasó un inédito:

Quién dijo

Pasé toda la noche mirando estrellas
se me llenaron los ojos de vacío,
el viento traía voces desde la esquina
de los tiempos, las robaba y las hacía
pasear por los viejos armatostes
que va dejando el petróleo.
Subido al techo del viejo tráiler desafío
la ferocidad de las ráfagas,
algo adentro del alma debe haber
necesito sentirme vivo,
arañar está percepción obsoleta
de acero oxidado.

-No hay que ser un muerto para ser fantasma-
eso me decía a mí mismo mientras divagaba
debajo de unos pinos negros y estáticos.
¿Quién dijo que la noche no entra en una mirada?
Todo es un diagrama lleno de posibilidades.

(Del poemario, Barreras en la noche, de Federico Espinosa, poeta neuquino).

Me gusta la poesía de Fede, con muchos libros publicados y otros tantos terminados, según me confió. Como buen poeta, pispea lo cotidiano, para sacudirte de la modorra.

Pasó un cumpleaños más. Nada que festejar. Leyendo poesía, como si los versos pudieran despabilar mi aridez narrativa. A lo mejor, no hay más nada que decir, y lo que se filtra entre mis dedos, es más de lo mismo. O solo se trata de tocar fondo para empezar de nuevo, salir de un pozo que puede ser muy seductor, como le sucede a Okada, en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami.

Regreso a la poesía. Entre los regalos de cumple, Pantano seco, de Silvia Renée Mellado, poeta de Zapala, Neuquén.

sacudite las pulgas
me dije
dejá los piojos
detrás
sacudite también ese fino polvo que larga loma negra
tus pulmones, tus pezones,
diría yo,
no se han cementado
andate
y volvé
a ver
si todavía escribís

Otro más:

este pueblo produce muchachas enfurecidas
no hay columpios sanos donde hamacarse y
nadie las echa
se van solas a las ciudades
habitan los interiores de las casas
o las calles
para volver a la plaza
de vez en cuando
a mirar las cadenitas oxidadas
con minuciosa atención

Viento. Estamos en Patagonia y septiembre te lo recuerda. No hay que ser un muerto para ser fantasma, dice uno de los versos de Fede. Rodeos para delatar la imposibilidad de escribir. Mientras tanto, leer de manera caótica, como si pudiera encontrar una salida. ¿Un laberinto se elude por arriba?

Si todavía seguís leyendo, afuera es todavía más ominoso: diputados que celebran con un asado el ajuste a jubilados y un Presidente que comparte un video en donde quienes no piensan como él, son zombis, metodología que usó el nazismo para demonizar a quienes piensan distinto. No mejor, afuera, no. O sí, pero preservando la salud.

Como cierre, vamos a torcer este hatajo de pesimismo. En párrafos anteriores, mencioné Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami. Una de sus mejores novelas, junto a Kafka en la orilla. A modo de resumen, en Crónica… se cuenta la historia de Tooru Okada, un hombre que pierde su trabajo y un día su esposa desaparece, disparando experiencias y abriendo la ventana a mundos paralelos para el protagonista.

Okada, mientras busca a su esposa, se sumerge un pozo, adonde los sonidos del exterior no llegan y prima la oscuridad. Hasta que llega el momento de reincorporarse.

«… No todo había ido a caer a las tinieblas. Ahí aún quedaba una cosa preciosa, cálida y bella. Eso estaba ahí. Lo sabía. O quizá yo fuera batido. Quizá me perdiera. Quizá no llegara a ninguna parte. Quizá, por más que luchara, todo se había estropeado hasta un punto que ya no admitía retorno. Quizás yo fuera el único en no darse cuenta de que estaba tratando inútilmente de reavivar unas cenizas heladas. Quizá no hubiera nadie que apostara por mí. «No me importa», dije en voz baja, pero decidida, a quienquiera que estuviese allí. «Yo, como mínimo, tengo algo que esperar, algo que buscar.»

Luego, conteniendo la respiración, agucé el oído. Intenté escuchar una voz tenue que debía de estar allí. Al otro lado del chapoteo del agua, de la música, de las risas de la gente, mi oído captó un débil y mudo eco. Una persona llamaba a otra persona. Una persona buscaba a otra persona. Una voz que no llegaba a ser voz. Con palabras que aún no eran palabras».

Palabras que aún no eran palabras. Me sumo. O aferro. O intento, una suerte de esperanza timadora, como todas. Pero necesaria.

Y en esas palabras que no son palabras, un juego. Entre los regalos, @undiariosensible, imanes sueltos que vamos creando con integrantes de la casa.

Sigo suelto, corazón, la coma incluida. Parece un buen cierre.

#Cotidiano #MisTextos

Cuerpos

Cuerpos. Desmembrados, enterrados, devorados, fusilados, desangrados.

Cuerpos en el río de la Plata.

Cuerpo de baile y cuerpos bailados, la danza de los cuerpos, las memorias que el cuerpo guarda.

Cuerpos pintados, pañuelos verdes que gritan no morir en quirófanos sucios.

La hipocresía de otros cuerpos.

Poner el cuerpo, escribir con el cuerpo*. Cuerpos de palabras.

Las palabras y el pulso.

La escritura.

Atisbos para no acostumbrarse a la ferocidad.

* Clarice Lispector, en “La hora de la estrella”.

#AlivioContraLaFerocidad #Cotidiano #MisTextos

“Demasiado lejos” y tan cerca, la novela de Malvinas de Sacheri

Agoniza marzo. Dos mozos observan la represión en Plaza de Mayo desde Casa Rosada. Hacía tiempo que no se veían cosas de estas, dice uno de ellos.

Así comienza Demasiado lejos, de Eduardo Sacheri. Novela que entrelaza la vida de tres familias, un equipo diplomático cuatro parroquianos, dos mozos en Casa Rosada y la Junta Militar en una sola causa: recuperar Malvinas.

La obra es un retrato de tres meses frenéticos en los cuales las y los argentinos transitaron desde la Euforia, a la Inquietud y luego, la Desolación.

En la misma semana este país puede pasar de la tragedia más rotunda a la felicidad más inconmensurable sin que a nadie se le mueva un pelo reflexiona uno de los personajes, español y dueño de un bar, mientras desde el exterior una multitud festeja la recuperación de las Islas.

Son los tiempos de la Euforia, del patriotismo que ocupa la esfera pública, mientras que fracasan las gestiones diplomáticas.

 «¿Alguna otra mala noticia que se le haya quedado en el tintero? Sí. Que tanto en Europa como en los Estados Unidos, cuando piensan en Argentina lo único que se les viene a la cabeza es que el Proceso de Reorganización Nacional es una máquina de violar derechos humanos, y que si como muestra basta un botón, eso de mandar asesores militares a Centroamérica es justamente, y ni más ni menos, exportar torturadores. Listo. Cartón lleno. ¿O queda algún número sin sacar en esa lotería de desgracias? Sí. Que la opinión pública británica, aunque hasta el otro día no tenía ni la más pálida idea de dónde quedaban las Falklands, como las llaman ellos, ahora no está dispuesta a aceptar ninguna otra opción que no sea que los argentinos saquen de ahí a sus soldados, y ahí está el problema, porque quién le explica ahora, decime vos, quién le explica ahora a Galtieri que tienen que retirar las tropas argentinas, y la bandera argentina y toda la fanfarria argentina, porque lo peor no es explicárselo a Galtieri y que lo entienda, sino a toda esa gente que fue a la Plaza de Mayo a gritar: “¡Viva la patria!” precisamente por lo del desembarco y la bandera y la fanfarria… Mientras cierra la valija y revisa por enésima vez que no se deja nada olvidado, Alcira vuelve a pensar en la mediación que Haig está emprendiendo, y en qué va a pasar si fracasa. Porque en ese caso no hace falta conocer demasiado de relaciones internacionales, ni ser demasiado inteligente, para saber que se va a armar la podrida. Y, en el contexto en el que se están moviendo, “la podrida” significa, ni más ni menos, balas, muchas balas, y muchos muertos.».

Y, entre la euforia, la lucidez de algunas familias, el miedo de que sus hijos sean reincorporados al servicio activo y los envíen a Malvinas. Pero, ¿Cómo evitar el entusiasmo de ser parte de la Historia? Así parten tres amigos a las Islas, a pesar de las recomendaciones en contrario de sus seres queridos.

Con personajes muy ricos como la diplomática Alcira Planas o el dueño del bar, que advierte que Argentina va a un conflicto armado con un país que ya participó en dos guerras mundiales, el avance de la lectura nos sumerge en la segunda parte del libro, Inquietud, y sus malas noticias: recuperación de las Islas Georgias, ataque a las Malvinas el 1 de mayo, hundimiento del Crucero General Belgrano.

Noticias que intentar ser maquilladas con una maquinaria de propaganda que sigue alentando el patriotismo y exagera las bajas inglesas:

«Cuando se supo la noticia del Belgrano todo el mundo estaba conmocionado por el hundimiento. Angustia. Indignación. Tristeza. Preocupación. Y de pronto, dos días después, todo el mundo toca el cielo con las manos. De repente todo cristo sabe lo que es un misil Exocet, un destructor Tipo 42, un avión Super Étendard. El problema no es el entusiasmo de los legos. El problema es la ceguera de estos imbéciles, que se supone que son profesionales de la guerra. La confianza, la suficiencia, la autocomplacencia que despliegan desde el hundimiento del Sheffield, como si la guerra fuese un partido de fútbol y acabasen de empatar el score… Nadie va a convencer a estos tipos de que necesitan moderarse, de que la única alternativa para el gobierno argentino es comprometerse en una negociación. No hay manera de que abandonen el optimismo suicida, los comentarios jactanciosos, los juicios ramplones.».

Y en el bar, las discusiones se suceden entre quienes defienden el accionar de las Fuerzas Armadas y otros que empiezan a manifestar sus reparos, como Cullen, que se toma el trabajo de ir a la Biblioteca, hacer un croquis sobre la información emitida en los comunicados sobre el conflicto y advierte que los ingleses no solo han desembarcado en Malvinas, están a 80 kilómetros de Puerto Argentino:

«—¿Tiene idea de qué distancia hay entre el encendedor y el servilletero, o sea, cuánto mide la isla Soledad de ancho?

La pregunta de Weissman es atinada, piensa Solano. Está preguntando cuán lejos desembarcaron los ingleses con respecto a Puerto Argentino.

—Es interesantísimo —responde Cullen, que parece agradecido por la pregunta—. Lo tomé de la escala del mapa que copié. O sea que no es nada exacto. Pero en donde más anchas son, las islas tienen como ochenta o noventa kilómetros, pónganle. Esa es más o menos la distancia entre el desembarco inglés y la capital de las islas.

Solano se queda mirando la superficie de la mesa, la que ahora incluye el cenicero, el encendedor de un lado y el servilletero del otro. En el medio queda la superficie lustrosa de la madera. Ochenta kilómetros. Solano no sabe nada de traslado de tropas ni de maniobras bélicas, pero ochenta kilómetros le suenan a que los ingleses están cerca. Muy cerca».

Y los ingleses, siguen avanzando. Y comienza la Desolación, la tercera parte del libro. Peregrinar de familias en busca de información de sus hijos, la certeza de la derrota y de que en una guerra hay infinidad de muertes:

«—¿Es verdad que cuando hieren a un soldado, o lo matan, a la familia le informan enseguida?

El efecto de las palabras de Magalí vuelve a ser inmediato. El milico la mira a los ojos, asiente y habla con firmeza.

—Sí, señorita. Apenas nos enteramos nosotros le avisamos a la familia. Eso, como que hay Dios.».

Y como hay Dios, la guerra tiene el final anunciado. Y algunos lo perciben. 

«Los comunicados de ayer. Porque ayer, de repente, hablaron de que los ingleses están atacando en monte Dos Hermanas, en monte Harriet, en monte Longdon. Y claro, sin un mapa, esas palabras son nombres, nada más. Pero si tenés un mapa, como tiene Carlos, y mirás esos nombres en el mapa, pues te caés de culo, porque eso está ahí nomás de Puerto Argentino. Otra que ochenta kilómetros. Deben ser cinco, diez kilómetros, no más que eso.

Y sin embargo, con lo fácil que sería que la gente entendiese todo si le mostraran un mapa, los militares no muestran un mapa ni por equivocación. Y si él no hubiese conseguido el que consiguió, en esa librería cartográfica que encontró después de dar un millón de vueltas, tampoco entendería nada».

Sobre el cierre, la angustia de las familias que buscan información sobre sus hijos, al término del conflicto armado. «… Marisa está a punto de gritar porque está alargando la mano hacia el hombro de ese soldado para que el soldado se gire hacia ella y le muestre su rostro, pero se siente muy sola porque ahí debería estar su marido y deberían estar sus hijas con ella, porque no es algo que una madre tenga que hacer sola, no está bien, no hay derecho, no es justo, ésa es la cuestión, no es justo que una madre tenga que tocar el hombro de ese soldado vuelto de espaldas para que ese soldado se gire y saber, de una vez por todas, si tu hijo está muerto o está vivo».

Si la memoria jamás está fijada y se parece más bien a una obra abierta, como plantea el historiador italiano Enzo Traverso, la ficción puede conmovernos cuando se arrima a la Historia. Y Demasiado lejos, de Eduardo Sacheri conmueve, retratando un fresco de personajes y sus estados de ánimo, los de un pueblo, que continúa reivindicando la valentía de quienes fueron enviados a combatir contra un ejército profesional, pertrechados con el sentimiento y la certeza de que las Malvinas, son argentinas.

Publicado en Plan B Noticias

#DemasiadoLejos_ #EduardoSacheri #MisTextos #Reseña

Demasiado lejos | Penguin Libros

Eduardo Sacheri, el escritor más leído de Argentina, se adentra en uno de los episodios más emblemáticos de la historia argentina reciente: la guerra de Malvinas.

PenguinLibros

Llegó en la madrugada. Cabizbajo, de herida abierta. Me había escrito unos días antes, si podía pasar unos días en el campo. Hacía años que no lo veía. Desde la muerte de Belén. Y ahí estaba, parado en la tranquera, esperando a pasar. «Te busco en la Terminal». No, prefiero caminar. Te mando un mensaje cuando llegue.

—¿Cómo estás? —saludó.

—Bien, sobrino. Dame un abrazo.

Me apretó fuerte. Olía a huida y revelación.

—Extrañaba esto —oí. Las únicas palabras entre la huella y la llegada al casco de la estancia.

En la cocina, la Rusa había preparado mate y lo esperaba con manteca, dulce y pan, todo casero.

Comió con voracidad. Entonces me di cuento lo flaco que estaba. Dos o tres monosílabos como respuesta a preguntas triviales. Gracias por recibirme, la frase hilvanada.

Por la ventana, nos espiaba el clarear del día, las primeras nubes tornasoladas. El campo no espera. Lo despedí con un abrazo y prometimos vernos al mediodía.

En el almuerzo, dos eran los platos sobre la mesa. —Se acostó apenas te fuiste. —comentó la Rusa.

—Hay cosas que solo las cura un buen sueño.

Se levantó en horas de la tarde y me acompañó a realizar la última recorrida, antes de terminar la jornada.

—Gracias por esto, tío.

Apagué el despertador para no despertar a la Rusa. Entonces, oí los ruidos. Provenían de la cocina.

—Buenos días —saludé. En la mesa, había una notebook prendida, una libreta, algunas anotaciones. Pablo preparaba el mate. Intuí que no era la primera pava. —Vine a recuperar la fe. —dijo y me tendió el jarrito recién preparado.

Iba a preguntarle si la fe tenía que ver con el signo de pregunta enorme, la música que no identifiqué y que susurraba desde el ordenador, pero se adelantó. —Pensaba que la única manera es escribir. Ya no estoy tan seguro.

—Muy buen mate. —elogié.

Asintió con un gesto de cabeza.

—¿Te puedo acompañar? Me gustaría recorrer el campo, tengo que ganarme el pan.

—Sabés que no es necesario.

—Para mí sí, por favor.

Nos fuimos con el clarear de la mañana.

Una semana después, el semblante de Pablo era otro. La notebook seguía sin producir textos, pero yo había aprendido quién era WOS y María Becerra. La Rusa terciaba y le había contagiado su afición por Raly Barrionuevo.

Era domingo cuando pintamos la tranquera. Y lunes cuando decidió irse. En medio, tardes de primavera, cervezas, una reparación necesaria para sus heridas.

En ocasiones alcanza con que sepan que estamos ahí.

A tiro de un abrazo.

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#MisTextos

A tiro de un abrazo

Sobre reparaciones. En ocasiones alcanza con que sepan que estamos ahí.

Con letra propia

Sábado, feria, frutas y verduras, vendedores. Frituras.

Una moneda o algo para comer por favor.

Tres bolsitas por dos mil pesos.

Por supuesto que tengo, ahí está el alias.

El rey del pan cacero.

Bife a lo pobre.

Las verdaderas empanadas salteñas.

Languidece la mañana. «Vos andá por los huevos, yo me cruzo al de las frutillas», dice ella y el pibe asiente.

Me gusta observar a la gente. Más allá, una señora escudriña unas berenjenas con ojo clínico y unos promotores de ollas desglosan beneficios y maravillas de sus productos. Prometen degustación en los hogares, sin cargo.

Otra pareja con una bolsa casi vacía. Van de la mano. La joven está cabizbaja y hace cuentas, como si buscara más recursos económicos en el asfalto agrietado. Su compañero se cruza por un instante con mi mirada. Esbozo una media sonrisa que ignora y se detiene en el puesto de las bolsas de residuos.

Más allá, una pareja anciana. El ritual es diferente: es evidente que vienen todos los sábados y la incursión en el Parque Central es un atajo para acortar el mes. Lo mismo que el matrimonio de mediana edad, con bolsas llenas.

Registro algunas escenas en una libreta, por aquello de Lalo que, un texto fue en algún momento, una libreta vacía (*), en un banco tallado de corazones y flechas cruzadas, amores eternos, insultos, juramentos de amistad.

Hay demasiada tristeza en la ciudad. Basta recorrer sus calles, registrar los rostros sombríos, la desesperación en algunas miradas. El ruego: comprame unas medias, por favor.

Mi gesto de impotencia mientras me desprendo de las últimas monedas. La veo alejarse, las canas y la espalda encorvada me gritan que debería estar jubilada, pero ahí va, interrumpiendo el paso a quien se le cruza, la desesperación por ser visible, por no quedar a la intemperie.

La pelota cae a mis pies. Detrás, la carcajada y la mirada pícara. Son dos. El más grande me mira y espera. El pelo le llega a los hombros. ¿Diez, once años? Devuelvo el balón con un toque y confirmo mi escaso talento para el fútbol. «No molesten al señor», dice el papá. Niego con la cabeza mientras se encaminan al sector de puestos de comida.

Me guardo esa mirada, atisbo contra la desazón, el alivio de la mañana.

(*) De Eduardo Lalo, en Intemperie, Buenos Aires, Corregidor, 2016. (La imagen es de Pixabay).

Aviso parroquial:

También estamos acá, aprendiendo un poco a utilizar la plataforma.

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#EEE #MisTextos

El alivio de la mañana | Con letra propia

Con letra propia

Afuera. Sabés del afuera, todo es violencia en nombre de la libertad y palos a jubilados.

En el bodegón, una piba cantaba acompañada de su guitarra y se oía como olas que arropan la arena.

Te comentaría de Plath y su atrocidad de los atardeceres. O Ernaux: En mis textos, tengo la impresión de estar cavando siempre el mismo hoyo; sus diarios sin plazos de publicación, un mero estar ahí, una zona en construcción.

Maravillosa definición de la escritura.

O más adelante:

Lo que escribo en un diario, sea del tipo que sea, se nutre del presente. Por diferentes razones, ciertamente, como fijar una emoción, un encuentro, unas dificultades de la vida o de la escritura, con la convicción de que escribirlas me ayudará de una manera u otra. El diario es el depósito de la fugacidad.(*)

Quizás no habría lecturas, ni comentarios. Son arteras las casualidades, sí la complicidad tácita de un reencuentro, un diario sin plazos. No sé si suficiente, un primer paso que no estaba mal.

(*) Annie Ernaux, La escritura como un cuchillo, edición digital.

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#AnnieErnaux #Cotidiano #MisTextos

Promesa - Con letra propia

Un diario sin plazos de publicación, un depósito contra la fugacidad

Con letra propia

Imagen: Needpix.

Negra y verde. Guardaba las piezas ahí. Papá, su voz. Sentado bajo la parra miraba más allá de la enredadera que trepaba por la pared del patio. Catalán era. Bueno, eso decía tu abuelo.

El llamador de ángeles cuelga del farol. Oxidado y cubierto de telarañas emite un tintineo de bienvenida. Los tubos se entrechocan, preludian el aguacero oscuro que se parece a la casa a la que demoro mi ingreso. Jugueteo con el manojo de llaves enlazadas al motivo de Molina Campos que le compré de apuro en la terminal, en esa visita en que la Pauli me dijo que le quedaba poco y él comenzaba a desvariar, enmarañado entre la realidad y los sueños, como su enredadera.

¿Te conté que huimos de la guerra? Franco perseguía a todos los que pensaban distinto y mi padre —tu abuelo— se cansó de las humillaciones del patrón y le partió la azada en la cabeza. Se subió a un barco y llegó acá. Se escondió en Mendoza. Trabajamos en una finca. No sabíamos leer ni escribir. Pero estaba ese otro, no me acuerdo como se llamaba. Un tipo fornido, joven pero con la cara llena de arrugas. Tenía una cajita. Verde y negra. O negra y verde, no sé. Y el tablero de ajedrez. El cuaderno, un lápiz.

Luego de un forcejeo con la cerradura, la madera cede con un quejido seco y altera la calma del barrio. La luz entra en el comedor. Mi casa de la infancia. El hogar de siempre de los viejos. El espacio es más chico, falta la mesa redonda en el centro, las sillas de madera y los almohadones a cuadros. Sobran los recuerdos. Sin cerrar la puerta, abro uno de los ventanales y la luz espanta las penumbras.

En una de las paredes hay un almanaque del Almacén. El año del mundial de fútbol, círculos marcados en el mes de junio, la fecha de mi cumpleaños. También la de Pauli y mamá.

Giro a la izquierda para toparme con la cocina. Abro la puerta que da a la pequeña galería, con sus cerámicos blancos y negros. Apoyada contra la pared está la bocina gris, el armatoste que el viejo colocaba arriba de la coupé Renault, para recorrer las calles del barrio y anunciar las novedades del almacén.

¿Sabés lo que hacía ese catalán porfiado? Nos enseñaba a leer en las barracas. A la luz de las velas. De noche. Y a jugar al ajedrez. No sé si porque yo era más avispado o porque le prestaba atención, pero aprendí rápido, me tenía cierta simpatía. Pero lo bueno no dura. Nunca. Alguien lo delató. Y una noche, cuando llegamos agotados de trabajar la caja verde y negra estaba destrozada en el piso, las piezas de madera rotas, el lápiz quebrado. Levantó un peón negro del piso y me lo regaló. «Para que no te olvides», dijo. Luego recogió las piezas que encontró y se tiró en el camastro.

Miro la bocina muda, a la espera de alguna revelación. Me veo al lado del viejo, en el asiento delantero mientras él manejaba con la mano derecha y con la izquierda impostaba la voz. «Batata, papa, remolachas, señora. Aproveche las ofertas señora, también tenemos los últimos números de Para Ti y Gente». Yo le ayudaba con el cambio y no había nada más importante que pasar por la casa de Malena, tener la suerte de encontrarla afuera con su pelo negro y largo hasta los hombros.

Imagen: de este sitio.

Al fondo la enredadera. «¿Me vas a ayudar a ordenar sus cosas? No puedo entrar», Pauli y el temblor en su voz. Nos abrazamos. No quiero mirar de reojo, temo encontrarme al viejo en su mecedora.

Al otro día lo echaron. Por lo menos eso fue lo que nos dijeron. Y nadie salió a defenderlo. El trabajo en la finca no duró. Papá cambió de pago y se deslomó para que termináramos esta casita en la barriada. Y bastante tuvo que ver esta pieza de ajedrez. Sí, no te rías. Fijate si no, a vos se te dio por eso de la lectura, y por enseñar. Como el catalán. Verde y negra era. O Negra y verde, no me acuerdo tanto.

Regreso a la habitación. Todavía está el tubo de oxígeno, las sábanas revueltas. La cara sonriente de mamá que lo mira desde la mesa de luz. ¿Él comenzó a apagarse cuando se fue? Un libro de cuentos y una foto de la familia como marcador. El placard abierto, su ropa. Quizás esto sea más difícil de lo que pensé.

El maullido me sorprende. No sé si de bienvenida o reproche, pero se pasea entre mis piernas. Vení, vamos a ver qué encontramos. Dejo la leche sobre la mesada y lo veo. Descascarado y valioso, entre la cafetera y la radio, está el peón negro.

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#Ajedrez #Cuento #MisTextos

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Primeros minutos del día. Silencio, la mañana y sus olores que llegan desde el patio. Mempo y una cita para aprovechar los intersticios del tiempo, buscarse el hueco a la hora de escribir. Un lado de acá que conspira contra cualquier instancia creativa. Iba a escribir destello.

Sigo leyendo, conciliar (por no escribir consuelo) con la importancia de los progresos de un texto, en una novela con un protagonista acorralado y en un clima irrespirable, en un país que está de olvido, siempre gris, cantaría el “Polaco” en Sur.

Hay tanto déjà vu que espanta. Y memoria de una mosca.

Si se trata de progresos del texto, el propio:

Moisés

El pueblo era más grande de lo que pensaba y superaba las dos o tres manzanas alrededor de la plaza. Separado por cuadros con pastizales, algunas casas más modestas lo empujaban hacia los arenales que podían verse en el horizonte.
Se preguntó si podría vivir ahí.
Manuel volvería por ella al mediodía. No cruzaron casi palabras en el viaje desde el campo y en más de una oportunidad lo pescó mirándole las piernas, entre pozos y lomadas. La noche anterior había llovido y el camino vecinal estaba salpicado de pozos con barro. De alguna forma, le recordó a un viaje de la niñez. Ella y Ariel sentados en un auto, en el asiento trasero. No recordaba el modelo. Sí, la camioneta del abuelo delante, abriendo una huella inundada, lanzando el agua gris hacia los flancos, como Moisés en el cruce del Mar Rojo pero sin una vara.
Y quizás como Moisés, ella también huía de sus enemigos. Era el tiempo de ahogar los recuerdos, dejar a flote los que se construyen para sostenerse a diario. Pensó en su vida dedicada a la docencia, en el disfrute de la educación y el brillo en los chicos y chicas con un nuevo descubrimiento. Ni siquiera se trata de enseñar nuevos conocimientos, solo de la posibilidad de despertar la curiosidad y las preguntas, de rasgar el velo de lo que parece natural, como la pobreza, la violencia a las mujeres, las desigualdades.
Pero, más allá de sus chicos. ¿Había sido feliz? Un matrimonio fracasado con separación en malos términos al descubrir infidelidades y dos hijos a los que —anhelaba— haberles dado la posibilidad del discernimiento.
Se preguntó que habría detrás de los arenales. Ya habría tiempo de mayores caminatas. Tenía razón Manuel. Iba a quedarse un tiempo en La linda. Volvió sobre sus pasos y compró un pebete en el almacén, para disfrutarlo en las escalinatas del monumento al (supuso) labriego del pueblo.
Al mediodía, puntual, la chata estacionó en la plaza. ¿Le pareció o Manuel se había arreglado? Irradiaba otra luz al menos. Y un perfume muy dulce.
La pollera se le subió apenas al sentarse en la camioneta. Irina la dejó así y buscó en su cartera.
—¿Encontró todo lo que buscaba?
—Creo que sí —respondió ella y le ofreció un caramelo.
Tampoco cruzaron palabras camino al campo.

La sensación de que algo va tomando forma. Sin esperanza y sin desesperación.

Y comparto el fragmento de Mempo, de paso.

«Por entonces y todas las mañanas, las noches o los días, yo escribía disciplinadamente y aprovechaba todos los intersticios del tiempo como aconsejaba Filloy, el viejo sabio de Río Cuarto. Riguroso y sistemático, escribía yo una segunda ficción, una historia dura y seca ambientada en mi tierra con el río Bermejo, el ingenio Las Palmas y La Leonesa como escenarios en los que un maestro de escuela rural desencuentra su eje y padece la brutalidad de la selva y de los hombres. Era un argumento no predeterminado que se iba construyendo a medida que avanzaba la escritura. Quizás acabaría siendo una novela, pero no estaba seguro y no importaba. La escribía como a la primera: avanzaba escribiendo para saber qué y por qué. Como se escribe poesía o como yo creía y creo que se es poeta: de a saltos y furores, pasiones fugaces, concentraciones y extravíos, fogonazos de ideas, asombros extenuantes. Eso quería, porque así lo había soñado y eso era todo.

Quizás una contribución a la novela del futuro, pensaba también, una que se escribiese con decisión y Norte fijo, pero escueta, sutil, leve. Una novela a la moda europea, digamos, de esas más bien cortas como leería años después en Süskind, Baricco, Nothomb, Tabucchi, pero en plan sudamericano si es que yo llegaba a desentrañar qué y cómo era eso. Hoy los lectores quieren brevedad porque les parece que hay poco tiempo, pensaba mientras aporreaba las teclas sin poder acabarla, exultante un día y frustrado al otro. Pero poco tiempo para qué, me preguntaba. ¿Para saber que así serían todos los años que vinieran después, con uno diciéndose siempre lo mismo y soñando parecido pero a la vez avanzando, consciente del progreso del texto, que es lo que importa? Todo diferente de cómo son las cosas ahora, ciertamente; este siglo también problemático y febril lo cambió todo con su efecto lavarropas, lavacabezas. En el siglo XXI ya somos un mundo en el que tantos y tantas, y tontos y tontas, dicen lo mismo y lo difunden, lo amplifican y multiplican como seres desvelados por la carrera de necesitados que hoy somos en el planeta, entes atónitos que soñamos despiertos, insomnes, y planificamos y pasamos innumerables horas leyendo boludeces en los celulares y aislándonos del mundo convencidos de que en las llamadas redes sociales nos comunicamos más y mejor, jajá, no me hagan reír.

No recuerdo dónde habré leído que la novela del futuro apunta a estar más cerca del relato breve, la anécdota, el sucedido, la historia que no es cuento necesariamente. La narración sin reglas, algo así. Pero a la vez no, quizás no, ni ahí, en realidad no hay novela del futuro —me decía y dice una voz interior—, sólo hay novela nomás porque toda novela es, a la vez, una teoría de la novela y acaso ahí esté el secreto». (*)

(*) Giardinellli, Mempo, Esto nunca existió, Buenos Aires, Edhasa, 2022, pp 66-68).

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#CocinaDeLaEscritura #MempoGiardinelli #MisTextos #SobreElOficio

"La crueldad está de moda", el análisis del cierre de Telam por Martín Kohan

El escritor y docente arrojó luz sobre el incomprensible fenómeno de estos últimos tiempos y señaló un punto crucial en el análisis de la actualidad: "Milei se regodea con la crueldad".

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