Ya va siendo hora de dejar de fustigarnos con esa culpa cristiana de tener que perdonarlo todo o sentir lástima por quien nos la jugó a sabiendas.
Hay que ser claros: si alguien decidió dar el paso y hacer algo que sabía perfectamente que te iba a destrozar, en ese preciso momento tú le importaste un bledo.
No fue un error, fue una elección.
No se trata de volverse una persona fría o mala, se trata de justicia emocional.
No puedes ir por la vida regalando tu empatía a quien no tuvo ni un gramo de consideración contigo.
Forzarte a sentir pena por alguien que te traicionó o te falló con premeditación es, básicamente, volverte a fallar a ti misma.
La verdadera madurez no es perdonar a todo el mundo y poner la otra mejilla hasta que te duela la cara, sino marcar una línea roja.
Si no estuviste en sus planes mientras se divertían o sacaban provecho a tu costa, que no esperen encontrarte ahora con lágrimas en los ojos cuando las cosas les vayan mal.
La indiferencia es el lugar más sano donde puedes poner a esa gente.
Al final, cada uno se acaba quedando con quien se merece, y tú te mereces no gastar ni un segundo más de tu energía en quien no supo cuidarte.
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