"—¿Recelos? ¿Acaso nuestra causa no es justa?
—Oh, por supuesto que lo es. Habrá justicia en nuestra ola de venganza. Pero también ha de haber crímenes. No perdonamos la vida de los niños. No les pedimos que rehagan su mundo, ni que se fabriquen un nuevo lugar de humildad, respeto y compasión. No les otorgamos oportunidad alguna de mejorar.
—Tal y como dicen claramente las lecciones de lo salvaje, a cada generación le es otorgada una nueva oportunidad. Y en cada ocasión, no hacen sino perpetuar los crímenes de sus padres y madres. «Desde el golpe que acaba con el niño inocente al que arrasa el bosque, aunque la magnitud del gesto pueda variar, la voluntad que lo mueve no lo hace». Eso es lo que diría lo salvaje, si tuviera la capacidad de hablar.
—¿Y no ves arrogancia alguna en ello?
—Nuestra arrogancia no tiene fin. Y sin embargo, si rechazamos o somos incapaces de comprender el sufrimiento de los inocentes, ya sean infantes o bestias, ¿qué será lo que reemplacen nuestras palabras, sino aquello que nos negamos a oír, aquello que no consentimos, no sea que nos obligue a cambiar nuestras costumbres, cosa que jamás haremos? Si hablamos en nombre de lo salvaje, hemos de empezar a hacerlo con la voz de la conciencia humana. Y cuando no se siguen los dictados de la conciencia, cuando se desechan, ¿qué elección nos queda?
—Claramente disfrutas del debate. Me haces pensar en otros días mejores... más pacíficos. Muy bien, reflexionaré sobre cómo sería el mundo, y todos sus contenidos, si la conciencia no fuese más que una voz susurrante. Si, de hecho, fuese capaz de alzar una mano de pura rabia. Y, cuando un mero latido no es suficiente, esa mano bien puede cerrarse alrededor de una garganta y arrebatarle la vida al transgresor.
—Esa es nuestra mayor arrogancia, que nosotros hayamos de ser la mano de la conciencia.
—Una mano que agarra una espada.
—Y que se ve obligada a usarla finalmente, sí.
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#malaz