"Nos quedamos a observar los cuerpos trastabillar y caer por los anchos escalones. Media ciudad estaba en llamas y en las granjas los esclavos aterrorizados arrastraban los cuerpos enfermos hasta gigantescas pilas mientras que los encendedores cubiertos con bufandas echaban aceite y prendían fuego a los montones de carne pútrida, hasta que las columnas negras marcharon como demonios por toda la región.
En los canales había tantos cadáveres que vimos a un niño harapiento evitar el puente para tratar de gatear a través, pero solo logró cruzar la mitad antes de caer, y lo último que vimos de él fue una mano agitarse desesperada hacia el cielo, antes de hundirse.
La mayoría de los bebés deformes y marchitos ya habían sido sacrificados, un acto más de misericordia que vergonzoso, aunque había muchísimo por lo que avergonzarnos, y ¿quién iba a decir lo contrario? Los animales ya no estaban, los cielos estaban vacuos de vida, las aguas envenenadas, y donde hubo una vez el paraíso ahora reinaba la desolación, y todo a causa de nuestra honesta voluntad.
El último par de políticos cayeron con las manos engarfiadas en la garganta del otro, seguidos de lamebotas frenéticos y apologistas profesionales que buscaban una salida, aunque no existía ninguna, y pronto se ahogaron en su propia mierda.
En cuanto a nosotros, dejamos nuestras picas ensangrentadas contra el pedestal del monumento derruido que estaba de cara a aquellos escalones, nos sentamos en las ruinas y charlamos sobre el clima.
El informe de Sadakar
La caída de Inderas"


