Relato “El tercer invitado”
La invitación de Marcos y Elena siempre llegaba con el mismo envoltorio de piedad: «Vente, que no queremos dejarte solo este viernes». Como si la soledad fuera una enfermedad contagiosa de la que ellos, en su burbuja de años y rutinas, estuvieran felizmente inmunizados.
Héctor aceptó, como otras tantas veces, por inercia. Se sentaron en una mesa pequeña de una taberna con demasiada luz, una de esas donde las voces rebotan en los azulejos y no hay lugar para los secretos.
—Estás muy callado, Héctor —dijo Elena, mientras sus dedos no dejaban de deslizarse por la pantalla de su teléfono.
—Solo observo —mintió él.
En realidad, estaba haciendo un inventario de la decadencia. Observaba el gesto mecánico con el que Marcos le acercaba la carta a Elena sin mirarla, una coreografía ensayada mil veces para evitar el contacto visual. Observaba los silencios, que ya no eran cómodos ni cómplices, sino muros de hormigón armado donde rebotaba el ruido de la vajilla.
Durante la cena, el diálogo fue un ejercicio de triangulación. Ellos no hablaban entre sí; le hablaban a Héctor para no tener que reconocer que no tenían nada nuevo que decirse. Elena relataba una anécdota del trabajo mirando a Héctor, buscando su aprobación, mientras Marcos asentía con la vista clavada en un mensaje de WhatsApp, esbozando una sonrisa que no era para nadie en esa mesa.
—¿Ves cómo te venía bien salir? —insistió Marcos, guardando el móvil por fin, solo para empezar a juguetear con el borde del mantel—. Estar solo en casa un viernes acaba hundiendo a cualquiera.
Héctor miró el reloj de la pared. Eran apenas las diez y media. Sintió una punzada de asfixia, no por su propia vida, sino por la de ellos. Se dio cuenta de que él era el tercer invitado, pero también el escudo. Su presencia validaba su existencia como pareja, evitaba el abismo de una cena a solas donde el silencio se volvería insoportable. Él era el ruido blanco que ocultaba el estruendo de su desgana.
—Me voy a ir yendo —soltó de pronto, antes de que trajeran el postre.
—¿Ya? Pero si acabamos de empezar —protestó Elena con una alarma genuina en los ojos. Era el miedo a quedarse a solas con Marcos.
—Tengo algo que terminar en casa —mintió de nuevo, esta vez con una sonrisa ligera.
Pagó su parte, se despidió con dos besos rápidos y salió a la calle. El aire de la noche era frío y limpio, un alivio tras el vaho de la taberna.
Caminó hacia su portal sin prisa. Al entrar en su salón, no encendió la televisión. Se preparó un vaso de agua, se sentó en el sofá y escuchó el zumbido de la nevera. No había nadie preguntando por cortesía, nadie ignorándolo con un móvil, nadie usando su presencia como anestesia para un amor que se quedaba sin aire.
Se quitó los zapatos y estiró las piernas. En la taberna, rodeado de gente y de “compañía”, se había sentido diminuto y exhausto. Aquí, en la penumbra de su propia casa, se sintió dueño de su espacio. Comprendió, con una claridad casi mística, que la soledad que uno elige pesa mucho menos que la compañía que uno finge.
Esa noche, Héctor no estaba solo; simplemente estaba consigo mismo. Y por primera vez en mucho tiempo, era el invitado de honor.
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