𝑳𝒂 𝒑𝒐𝒆𝒕𝒂 𝒒𝒖𝒆 𝒆𝒔𝒄𝒂𝒑𝒐́ 𝒄𝒐𝒏 𝒔𝒖 𝒑𝒆𝒓𝒓𝒐: 𝒍𝒂 𝒉𝒖𝒊𝒅𝒂 𝒅𝒆 𝑬𝒍𝒊𝒛𝒂𝒃𝒆𝒕𝒉 𝑩𝒂𝒓𝒓𝒆𝒕𝒕 𝑩𝒓𝒐𝒘𝒏𝒊𝒏𝒈
A mediados del siglo XIX, en una casa elegante de Wimpole Street, vivía una mujer que parecía destinada a pasar el resto de su vida entre cortinas cerradas.
Se llamaba Elizabeth Barrett Browning y ya era una poeta conocida en Inglaterra. Tenía casi cuarenta años, una salud frágil y un padre con un carácter férreo.
Su padre, Edward Barrett Moulton-Barrett, había impuesto una norma extraña en la familia: ninguno de sus hijos podía casarse. Nunca dio una explicación clara. Simplemente lo prohibió.
Y lo cumplía.
Elizabeth llevaba años viviendo prácticamente recluida en su habitación. Leían sus poemas por todo el país, pero ella seguía allí, entre libros, dolores crónicos y dosis de morfina que los médicos le recetaban para aliviar sus problemas de salud.
Muchos pensaban que no viviría mucho más.
Pero Elizabeth tenía algo que no había perdido: la mente.
Escribía con una intensidad poco común. Sus versos circulaban por Inglaterra y llamaban la atención incluso de otros escritores. Entre ellos estaba Robert Browning, un poeta más joven que llevaba tiempo admirando su obra.
Un día decidió escribirle una carta.
Empezaba de una forma directa:
“Amo sus versos con todo mi corazón”.
Aquella carta inició algo inesperado.
Durante unos veinte meses intercambiaron cientos de cartas —se conservan más de quinientas—. No eran simples notas de admiración literaria. Hablaban de poesía, de política, de filosofía… y poco a poco también de ellos mismos.
Robert no la trataba como a una enferma. Ni como a alguien frágil.
La trataba como a una igual.
Cuando propuso visitarla, Elizabeth dudó. Apenas salía de su habitación. Su salud era inestable y, además, su padre vigilaba de cerca cualquier visita.
Aun así, finalmente aceptó.
Cuando Robert la vio por primera vez, no encontró a la mujer inválida que muchos imaginaban. Encontró a alguien brillante, irónica, apasionada por la literatura.
Y se enamoró.
No pasó mucho tiempo antes de que le propusiera matrimonio.
Elizabeth se negó al principio. Sabía perfectamente lo que significaría enfrentarse a su padre.
Pero Robert insistía en algo sencillo: que ella era mucho más fuerte de lo que creía.
Finalmente tomaron una decisión arriesgada.
El 12 de septiembre de 1846 se casaron en secreto en la iglesia de St Marylebone Parish Church.
Después ocurrió algo casi teatral.
Elizabeth volvió a casa como si nada hubiera pasado. Cenó con su familia, mantuvo la rutina habitual y durante unos días siguió actuando como la hija obediente.
Una semana después hizo las maletas.
Se marchó para siempre.
No se fue sola. La acompañaban Robert… y su perro Flush, un cocker spaniel que se había convertido en su inseparable compañero. El animal había sido un regalo de la escritora Mary Russell Mitford unos años antes, cuando Elizabeth atravesaba un momento especialmente difícil.
Flush, por cierto, al principio no soportaba a Robert.
Era bastante territorial y llegó a morderle alguna vez. Browning acabó ganándose su confianza con paciencia… y con algún que otro dulce en los bolsillos.
La relación entre los tres acabaría siendo tan peculiar que décadas más tarde Virginia Woolf escribió una biografía ficticia del perro titulada Flush: A Biography, contando la historia desde el punto de vista del animal.
Pero volvamos a la fuga.
Cuando Edward Barrett descubrió que su hija había huido, la reacción fue brutal.
No gritó ni la buscó.
Simplemente la borró de su vida.
Elizabeth le escribió muchas cartas desde el extranjero. Le hablaba de su nueva vida, de su salud, incluso del nacimiento de su hijo. Todas regresaron sin abrir.
Nunca volvió a dirigirle la palabra.
Mientras tanto, algo curioso ocurrió con Elizabeth.
Al mudarse a Florencia, su salud empezó a mejorar. El clima, la libertad y una vida muy distinta a la que había llevado en Londres parecían sentarle bien.
La mujer que apenas salía de su habitación empezó a viajar, a pasear por la ciudad y a escribir con más energía que nunca.
Durante esos años publicó una de sus obras más famosas: Sonnets from the Portuguese.
El título tenía truco.
No eran traducciones del portugués. Eran poemas de amor dedicados a Robert. Pero Elizabeth prefirió disfrazarlos de traducciones para evitar el escándalo que podía provocar publicar versos tan íntimos en la sociedad victoriana.
La pareja vivió quince años juntos.
Quince años que, teniendo en cuenta el estado de salud de Elizabeth, muchos habrían considerado imposibles.
SIGUE ↘️
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