Relato “Siete números y un borrón pendiente”
Fulgencio observó el décimo de lotería con idéntica intensidad con la que un arqueólogo examina una tablilla maldita. Esos números ahí estaban, impasibles: el 5, el 24, el 31… una secuencia que, durante muchos meses, había sido su amuleto contra la fotocopiadora que siempre se atascaba en la planta tres. Pero el bombo no entiende de jerarquías administrativas. El Gordo cayó en una administración de Albacete, y a Fulgencio solo le quedaba un pedazo de papel térmico que valía, exactamente, lo mismo que una servilleta usada.
—Es justicia poética —murmuró, mientras sellaba una instancia de baja por paternidad con un golpe seco que resonó en toda la oficina—. Si me hubiera hecho millonario, habría tenido que presentar la dimisión, y el formulario de cese voluntario es un infierno de tres páginas.
A sus cuarenta y dos años, Fulgencio ya era todo un especialista en la gestión del fracaso moderado. Su vida era un Excel con una estructura perfectamente definida pero sin fórmulas de crecimiento. Al salir de la delegación, el aire gélido de diciembre le golpeó la cara, recordándole que aquella noche era la cena familiar. Y lo peor: su ex, Elena estaría allí.
El protocolo de la cena
La cena en casa de su hermana fue todo un despliegue de luces LED de dudoso gusto y canapés de salmón que desafiaban las leyes de la física. Elena, su ex mujer, estaba sentada frente a él. No se hablaban desde que Fulgencio decidió que “estudiar la oposición a Técnico de la Administración General” era un plan de ocio válido para los fines de semana.
Ful, ¿Te ha tocado algo? —preguntó ella, con esa media sonrisa que siempre le hacía sentir como si estuviera pasando una auditoría externa.
—El reintegro de la dignidad, supongo —respondió él, atacando un langostino—. Perdí veinte euros, pero he ahorrado en el impuesto de sucesiones que habría tenido que pagar si me muero de la impresión.
A mitad de la cena, mientras la cuñada discutía sobre el precio de la luz y el sobrino intentaba meter un polvorón entero en la boca, sucedió algo extraño. Elena le pasó la sal y sus dedos se rozaron. No hubo chispas de película, pero sí un entendimiento silencioso.
—Sigues con los libros de Derecho Administrativo en la mesita de noche, ¿verdad? —susurró ella.
—Para el insomnio crónico, una maravilla sinceramente —admitió él—. Aunque ahora estoy en el tema de los contratos del sector público. Es… apasionante. Como un thriller, pero sin el riesgo de que alguien muera, solo de que alguien se quede sin presupuesto.
Elena soltó una carcajada auténtica, una que no recordaba haber oído en los últimos tres años. Hablaron. No de su ruptura, sino del absurdo de la existencia, de cómo el jefe de Fulgencio seguía enviando correos con “URGENTE” a las seis de la tarde de un viernes y de cómo la vida, a veces, parece un trámite que nunca llega a ventanilla. Al despedirse, ella le dio un beso en la mejilla que olía a vainilla y a “quizás el próximo martes”.
Inversión a sangre fría
De regreso en su apartamento, un estudio donde el minimalismo era una necesidad y no una elección estética, Fulgencio se sentó frente al ordenador. La adrenalina de la conversación con Elena le había dejado un resto de valentía residual.
Abrió su cuenta bancaria. Quedaban cincuenta euros de libre disposición tras pagar la calefacción y la cuota del gimnasio al que nunca iba.
—A la mierda la suerte —dijo en voz alta—. Vamos a aplicar la lógica del funcionario: diversificación del riesgo y paciencia infinita.
En lugar de comprar otro décimo para la lotería del Niño, decidió invertirlos en bolsa. Buscó una empresa de energías renovables con un gráfico de crecimiento tan estable y aburrido como un informe de gestión presupuestaria. Cincuenta euros. Una cifra ridícula para un bróker de Wall Street, pero para Fulgencio era un acto de rebelión.
“Operación confirmada”, dictó la pantalla con una frialdad administrativa que le resultó reconfortante.
El espejismo de diciembre
Fulgencio se acostó con el temario de las oposiciones abierto por la página 452. A través de la ventana, las luces de la ciudad parpadeaban. Se sentía extrañamente ligero. Tenía cincuenta euros trabajando en algún lugar del éter digital, una posible cita con la mujer que mejor conocía sus defectos, y una pila de folios que, si todo iba bien, le garantizarían una vida de aburrimiento asegurado hasta la jubilación.
¿Era eso la felicidad navideña? ¿O era simplemente el alivio temporal de quien ha dejado de esperar que le toque la lotería para empezar a aceptar que la vida es, en el mejor de los casos, un borrón que todavía se puede corregir?
Cerró los ojos. Mañana era día 23. Había que sellar setenta expedientes antes de las dos de la tarde. El mercado de valores abriría a las nueve, y Elena quizá respondería a su mensaje. O quizá no. Pero, por primera vez en mucho tiempo, Fulgencio sintió que el formulario de su vida no estaba mal cumplimentado del todo.
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