Tengo esa mezcla encantadora entre ternura y catástrofe que a veces confunde hasta a quien me conoce bien.
Cuando alguien llega de verdad, cuando siento que merece la pena, soy ese tipo de persona que se entrega sin filtros; pongo toda mi atención en los detalles, en ese cariño que busca cuidar y sostener al otro, y soy capaz de convertir un día cualquiera en un refugio lleno de calidez.
Para quien se gana ese lugar, soy una constante de apoyo, de palabras justas y de gestos amables que, como una nieve de limón en pleno verano, refrescan el alma sin hacer ruido.
Pero esa misma intensidad tiene su reverso, y ahí es donde aparece la parte que no suele verse en una vitrina.
Cuando me siento traicionada, o cuando mis límites se tambalean, esa ternura se transforma en una tormenta que quema todo lo que toca. No soy de medias tintas: si algo se rompe, se rompe de verdad, y mi capacidad para ser "mala" no nace de la crueldad gratuita, sino de una defensa a ultranza de mi propia paz.
Es una lucha constante entre querer ser el refugio y ser, a la vez, el incendio que limpia el terreno cuando las cosas ya no son honestas.
Al final, convivir conmigo es aceptar que no tengo máscaras; puedo ser el abrazo más necesario un día y, al siguiente, la realidad más dura y sin filtros de la que quizás quieras apartar la mirada.
Es un juego de espejos agotador, sí, pero al menos no vivo atrapada en la ficción de un personaje que necesita aplausos para mantenerse en pie.
Prefiero ser esta contradicción humana, con mi malestar de barriga cuando escondo mi verdad y mis días de intensidad, que ser una versión perfectamente editada de alguien que no siente nada.
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