⚡Hace un par de meses ya os conté lo del vecino de la cara agria.
Ese que cuando te cruzas con él levanta medio centímetro la cabeza y te mira de reojo, como si le debieras dinero desde 1998.
Hace años tuve mi intercambio de palabras con él.
No es precisamente un ejemplo de convivencia.
Él mismo me confesó que lo echaron de otra urbanización por “molesto”.
Traducido: insufrible profesional.
Ha discutido con casi todos los nueve vecinos que somos.
A unos les escupe el coche, a otros les tira colillas a la terraza… el catálogo del maleducado lo tiene completo.
Desde aquella bronca no he vuelto a tener problemas directos con él.
Pero ahora hay algo que me revuelve el estómago.
Tiene dos hijas: una de 11 años y otra de 8 meses.
Y el trato… es duro de escuchar.
A la mayor la insulta, la encierra, la ridiculiza mientras llora.
Se oye pedir auxilio.
Y no es una vez aislada.
Es patrón.
Ahora repite la escena con la pequeña.
Le grita para que deje de llorar, con insultos incluidos.
La mayor la defiende.
Y hoy otra vez: gritos, la niña llorando en el balcón.
Y ese tono… ese tono de hombre amargado que no educa, descarga.
Curiosamente, esto solo pasa los fines de semana por la mañana, cuando la madre no está.
Y ella tampoco es que ayude mucho: les habla con ese tonito condescendiente absurdo, como si las niñas fueran tontas.
Un desastre educativo con banda sonora de gritos.
Me dan ganas de salir y darle dos voces al individuo.
Pero sé que no puedo meterme en cómo “educa”.
Aunque hay una cosa que tengo clara: todo eso un día se le va a volver en contra.
Las niñas crecerán.
Se irán.
Y no mirarán atrás.
Y lo sé porque eso no se olvida.
El tono se queda grabado para siempre. (por experiencia maternal)
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