🩰Anoche cumplí con el regalo de Navidad que me faltaba: el ballet de la Compañía Internacional en el Teatro Olympia.
Yo soy muy de musicales y me escapo a Madrid en cuanto puedo, pero el ballet… era la primera vez que lo veía, y lo de ayer fue… otra liga.
El escenario se les quedaba tan pequeño que parecía un vagón de metro en hora punta.
Entre lo amontonados que estaban y los saltos en puntillas, daba la sensación de que cualquier tropiezo podía acabar en tragedia, aunque no se dieran patadas entre ellos.
Y qué respeto me dan las bailarinas… aunque a veces me daban ganas de bajar y darles un buen plato de puchero.
¡Qué delgadez, por favor!
Si no llega a ser por el cartel, no sé si estaba viendo "La Bella Durmiente" o una versión libre de "Bridgerton", porque al cuento le dieron una patada fina.
Estaba yo en un palco lateral, medio girada y sentada en unos taburetes rarísimos que me tienen hoy molida.
Cuando te aburres, la mente vuela.
Aparece la bruja Maléfica, interpretada por un hombre con vestido negro y golpeando una vara… y yo solo veía al “tío de la vara” disfrazado de la Vieja del Visillo.
Me reía sola por dentro.
Lo mejor fue el final.
Cuando ya pensaba que aquello acababa, sale el príncipe OTRA VEZ a danzar.
No creía que lo iba a decir en voz alta, pero se me escapó un: “Otra vez no”.
Se oyeron risas y algún improperio mental hacia mi familia.
Mención especial a las mallas del príncipe… de un impúdico que no necesitaba imaginación ninguna.
Ni coquilla, ni protección, ni nada.
Allí estaba el repertorio completo.
En fin, una experiencia más.
En escenarios grandes como los de Madrid, todo es magia y te absorbe como un personaje más; aquí, en un espacio reducido, todo queda un poco ridículo.
Eso sí, el desfile de ropas del público no tiene precio: desde gente que parecía ir a los Grammy hasta otros que venían directos del sofá de su casa.
¡Habría que poner un protocolo medio, ya!
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