/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/

La mecedora de mi abuela no debería moverse; llevaba dos semanas enterrada.
Pero allí estaba, chirriando contra el parqué mientras yo empaquetaba sus cosas en aquella casa sellada.
Al acercarme, se detuvo.
Bajo el cojín encontré un sobre con su caligrafía temblorosa:
“No abras el sótano.
Tu abuelo no murió en la guerra; lo traje de vuelta y no vino solo”.

Un golpe brutal sacudió el suelo.
No era una súplica, era el hambre embistiendo la trampilla.
La madera crujió y unas garras negras asomaron por la rendija.
Corrí a la salida, pero la cerradura estaba bloqueada por fuera.
Al girarme, la figura emergió: un saco de huesos con la piel gris de mi abuelo y ojos vacíos.

Mientras sus dedos helados se cerraban en mi garganta, lo entendí todo.
El problema no era que la silla se moviera sola, sino quién se sentaba en ella.
Mi abuela no estaba en el cementerio; estaba allí, de carne y hueso, balanceándose con una sonrisa atroz mientras su "experimento" terminaba el trabajo.
No lo trajo por amor, lo trajo como una mascota que necesitaba alimentarse, y yo era la cena de despedida.

Con mi último aliento, oí el portazo de la calle.
Se fueron juntos.
Días después, la policía solo halló mi cuerpo seco y una nota sobre la mecedora vacía:
“Gracias por el último servicio, nieto. Ahora ya podemos descansar los tres”.
La casa, por fin, se quedó en silencio.

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/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/

El cerrojo de la cabaña no era más que un trozo de hierro oxidado, pero era lo único que separaba a Martín de los alaridos que venían del bosque.
No era el viento.
El viento no rasga la corteza de los pinos con garras de tres palmos.
Escuchó un golpe seco contra la madera de la puerta, tan fuerte que las bisagras escupieron polvo.
Luego, un silencio pesado, roto solo por el goteo de algo viscoso que se filtraba por la rendija inferior.

Martín no se quedó quieto preguntándose si era un trauma de su infancia o una alucinación por el frío.
Sabía perfectamente qué era: esa cosa tenía hambre y él era lo único que quedaba en el menú.
Agarró el hacha de cortar leña, la sopesó con las manos sudorosas y se pegó a la pared lateral, lejos de la entrada.

La puerta cedió de un solo impacto.
Una mole de pelo ralo, extremidades demasiado largas y ojos amarillos que reflejaban la luz de la chimenea entró de golpe, olfateando el aire con un gruñido gutural.
La bestia saltó sobre la mesa, rompiéndola en dos, buscando su presa.
Pero Martín ya no estaba asustado, estaba harto.
Aprovechó el giro del bicho y descargó el hacha con toda su rabia justo en la base de ese cuello deforme.

Hubo un crujido de hueso seco y un alarido que se cortó en seco.
La criatura se desplomó pesadamente, manchando las tablas del suelo con una sangre negra y espesa que olía a azufre.
Martín no esperó a ver si se movía; le asestó dos hachazos más hasta que la cabeza rodó por el suelo.
Se sentó en el único taburete que quedaba sano, escupió al cadáver y encendió un cigarrillo mientras esperaba a que amaneciera.
El bicho estaba muerto, y él, por fin, iba a dormir tranquilo.

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