/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/
La mecedora de mi abuela no debería moverse; llevaba dos semanas enterrada.
Pero allí estaba, chirriando contra el parqué mientras yo empaquetaba sus cosas en aquella casa sellada.
Al acercarme, se detuvo.
Bajo el cojín encontré un sobre con su caligrafía temblorosa:
“No abras el sótano.
Tu abuelo no murió en la guerra; lo traje de vuelta y no vino solo”.
Un golpe brutal sacudió el suelo.
No era una súplica, era el hambre embistiendo la trampilla.
La madera crujió y unas garras negras asomaron por la rendija.
Corrí a la salida, pero la cerradura estaba bloqueada por fuera.
Al girarme, la figura emergió: un saco de huesos con la piel gris de mi abuelo y ojos vacíos.
Mientras sus dedos helados se cerraban en mi garganta, lo entendí todo.
El problema no era que la silla se moviera sola, sino quién se sentaba en ella.
Mi abuela no estaba en el cementerio; estaba allí, de carne y hueso, balanceándose con una sonrisa atroz mientras su "experimento" terminaba el trabajo.
No lo trajo por amor, lo trajo como una mascota que necesitaba alimentarse, y yo era la cena de despedida.
Con mi último aliento, oí el portazo de la calle.
Se fueron juntos.
Días después, la policía solo halló mi cuerpo seco y una nota sobre la mecedora vacía:
“Gracias por el último servicio, nieto. Ahora ya podemos descansar los tres”.
La casa, por fin, se quedó en silencio.
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