Reunión
Nada que no se haya contado, que no se haya visto ni escuchado. Por cada comienzo del mundo, los humanos imaginamos su final. Lo escribimos, lo filmamos, lo profetizamos.
A ella la había conocido en internet, esa heredera de un medio de comunicación que en el siglo pasado Orson Welles había usado para anunciar un falso fin del mundo. En ese entonces fue solo un engaño contado en la radio por un genio precoz. Cuando pasó de verdad, nadie llegó a decir nada, pero todo terminó. Solo se sentía en el aire, como cuando uno da vuelta las últimas páginas de una novela que le gusta. Yo antes escribía, pero ya no tengo a quien escribirle. Ahora que me queda poco tiempo, me cuento esto a mí mismo.
Primero quedamos pocos. Luego menos. Y por último todos se esfumaron. Los satélites cayeron del cielo como estrellas muertas. Vi morir al último vecino desde mi ventana. Se desplomó mientras barría su vereda. Recién ahí me largué a llorar.
Las máquinas seguían funcionando. No solo los autos circulaban vacíos. La guerra, que pensamos que sería el final pero no lo fue, impulsó la industria de miembros sintéticos. En las calles, los implantes robóticos de los muertos todavía arrastraban sus cuerpos. Podías verlos deambular, pudriéndose erguidos en piernas artificiales. Una mañana, un esqueleto con traje raído y portafolio cruzó la avenida.
Creí que era el único sobreviviente. Hasta que la vi conectada. Antes ella me había bloqueado en esa aplicación. Y enseguida yo en otra.
Entre los dos nos menospreciamos todo lo que pudimos. Llegué a empujarla el día que, mientras discutíamos caminando tomados de las manos, ella me clavó las uñas. Sin embargo, cuando partió con sus cosas nos dimos un beso que es el único que recuerdo de esa larga e intensa relación.
El último beso, la última caricia en la espalda en la cama antes de la separación, como si rasquetearas todo tu pasado, aunque estés desesperado por tener a esa persona ya lejos, con el tiempo siempre parecen el principio. ¿Qué decir de estos inicios que son finales?
Este ser que me había criticado tanto, limando mis virtudes, atizando mis defectos hasta hacerme arder en el fuego de mi propia locura, este ser que me había empujado al vacío, al que había maltratado, claro que sí, sin darme cuenta hasta que era muy tarde, y que me había abandonado mucho tiempo antes de que se fuera, silente y firme, este ser que se había pegado a mí como una garrapata, sofocándome como un hada que nada sabía de la vida pero sí del final de su propio cuento, que era tan capaz de ponerte el pie sonriendo, este ser peligroso, inteligente, este ser era el último resorte de la humanidad para mí, la única manera de escuchar una voz humana después de tantos meses de soledad. Y de ver a una mujer, de olerla y sentirla.
Cuando tuve eso claro, el instinto me empezó a jugar una mala pasada. Quería acercarme. Pero ni bien arrancaba el auto, mis pies no querían pisar el acelerador. Volvía y me daba la cabeza contra la pared de mi casa.
Pronto manejaba a toda velocidad por la ruta sin destino buscando un precipicio al que ofrendar mi auto caro y mis músculos trabajados.
Sopesaba las ramas de los árboles que yo mismo había plantado para colgarme. Me acercaba el cuchillo a la garganta como quien no lo va a retirar y piensa hundirlo. Mezclaba todo lo que encontraba en el botiquín con vodka y me lo tomaba para terminar vomitando. Merodeaba a los animales del zoológico para que me devoraran. Pero los pobres leones no tenían ni fuerzas y apenas se arrastraban. No había nadie para bajarme el pulgar en ese coliseo que se había vuelto el mundo. Nadie que pudiera apretar el gatillo más que mi mano renuente, nadie que pudiera darme el último empujón más que el viento. Pero lejos, bastante lejos, estaba ella.
El día que intenté ir hasta su casa quise tirarme del puente. El río hervía en olas y los cuerpos flotaban como huevos duros sobrecocidos. Me bajé de la baranda y volví a mi casa.
Pensé qué sentiría ella. ¿Querría verme?
Tiré el teléfono, rompí la computadora. Ya nada me unía con el mundo y menos con ella. Pero al otro día de despojarme de mis dispositivos lloraba como un nene. ¿Qué fantasma había creado? ¿Había dejado otra vez que ese demonio insidioso me poseyera?
De las posesiones hijas de la ficción el amor es la peor. No hay sacerdote que lo ahuyente, no hay médium que lo materialice, no hay espíritus guías que lo acompañen para que deje este mundo, no hay ángeles que puedan salvarlo, ni enviado que se haya sacrificado por él, no hay crucifijos que lo ahuyenten, ni balas de plata que lo maten, no hay manera de taparse los oídos, tenemos ojos en la nuca para mirarlo siempre a la cara; no hay espaldas, el amor te juega y te demanda, en el límite está la ficción más grande creada por el hombre, porque la muerte, tal vez la segunda, pudre, pero el amor persiste. Es impalpable como el tiempo. Y se escapa para siempre. Uno lo busca con parsimonia y lo encuentra con locura.
Ese amor, que en realidad es una guerra implacable que nutrió de hombres a los ejércitos y rellenó las tumbas tempranas de los cementerios, no destruyó a la humanidad, pero casi me destruye a mí. Y con eso me bastaba.
Pero sabiéndome último, empecé a pensar otra vez, esta con razón, que ella era la única mujer en el mundo, que el destino de la humanidad estaba en encontrarla, en reproducirme, y rompiendo mi teléfono había eliminado la única señal de humo que me mantenía atado a ella. El futuro dependía de que nos uniéramos, pero a mí me había importado un pepino. Nunca esperé que ella viniera a buscarme.
Hoy caminé hasta el borde de la terraza, pensando en ella, con más ganas que nunca de tirarme de cabeza. Pero me detuve. En ese momento alguien clavó los frenos de un auto que derribó el cesto de la basura y se subió a la vereda. No quedó estacionado en medio de mi living de milagro. Como un rayo salió, dio un portazo y me clavó la mirada. No era la mirada de una sola mujer.
Recién acabamos de tomar un té. Ella tiene el maquillaje corrido, varios cortes en las muñecas y una marca en el cuello, como si algún trastorno de la personalidad la hubiera llevado a lacerarse y colgarse, pero intuyo que no era un trastorno, sino el mismo instinto que me había dictado que me ahogara y que casi había logrado esparcir mis sesos por el suelo, todos mis recuerdos una mermelada grisácea frente a mi casa, y después los gusanos, que por suerte eran indiferentes, como los leones, a ese impulso contradictorio que nos había vuelto a juntar, me hubieran borrado de este planeta para siempre.
Yo no tenía implantes que me hicieran caminar muerto, más que estas ganas de que me quieran y amen, que no se van con nada, y de querer y amar, que me hacían temblar las piernas cuando pasaba frente a ella, antes de que lograra conquistarla. No creo en los fantasmas, pero me puedo imaginar a un fantasma enamorado.
Frente a mí, unta el pan con manteca.
Hace un rato hicimos temblar la casa con una pasión comprensible.
Su sonrisa es tan brillante como la hoja del cuchillo que empuña.
—Tenemos tantos planes —dice.
Asiento, sin dejar de entrechocar una rodilla con la otra.
Afuera, más allá de la ventana, hay mucha gente. Con poca o nada de carne, torsos vencidos o aún erguidos sobre piernas de metal, brazos de lata que buscan rascarse la picazón de una piel que ya no existe.
Adrián Fares
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